A pesar de las circunstancias adversas, David Panadero
recibe una subvención para rodar una película,
se la sueña en una noche y al amanecer escribe un guión
en endecasílabos libres con final abierto por si acaso

Jesús Urceloy

 

Vivían en un mundo hecho puré
devastado por guerras y catástrofes
sin fin, y nadie se acordaba cuándo
empezó todo y lo peor, si un día
todo se acabaría de una vez.
(Eso era lo terrible: Que llegase
el final y tuvieran que vivir
como hermanos de nuevo). Mientras tanto
se cocinaban unos a otros, fuego
y miseria, reconquistas y hambre.
Entonces llegó un tipo con su nave
solitaria, un robot y cuatro chicas
que no eran de verdad, sino hologramas,
y comenzó la juerga de verdad.

 

Después de algunos meses repartiendo
bombas a discreción, matando gente
de un bando y otro bando, después de
aliarse y romper pactos, protegido
por un escudo armado e invisible,
se adueñó del planeta, puso en orden
las cosas, construyó un palacio, dijo
que no era dios, pero a partir de entonces
mucho cuidado con quien arme bulla.

 

La vida fue pasando. Algunas tardes
salía a pasear por sus dominios
y por placer o mero aburrimiento
jugaba al tiro al blanco con sus súbditos
o les hacía un pantano. Eso depende
de si hacía calor o si llovía
o alguna de sus chicas le cansaba.
Pero el pueblo le amaba, tanto como
él se amaba a sí mismo: eran felices
con sus pequeñas muertes, sus fantasmas,
sus pequeños placeres cotidianos.

Abril de 2012