Baja cultura

Rubén Sánchez Trigos

I

Es providencial, no se me ocurre otra explicación. La casa me parece hoy, justo hoy, que me instalo en ella, mucho más grande que hace dos semanas. O bien el tipo de la agencia ha hecho conmigo un trabajo de primera, lavándome el cerebro y convenciéndome de que me llevo una ganga, o bien es mi mente la que quiere auto-convencerse de que el dinero invertido, bien invertido está. El caso es que aquí estamos, Paula y yo, codo con codo por primera vez en muchos años. Para que luego diga que no hacemos cosas juntos. En menos de una hora hemos descargado todos mis bártulos, la parte material de mi vida que llevo siempre conmigo, como el caparazón de una tortuga. Hasta Paula ha dejado de quejarse. Al principio, la perspectiva de venir a Vallecas para visitarme se le hacía cuesta arriba; luego, cuando descubrió que el barrio ya no era ese nido de conflictos del que habla la mitología madrileña, se relajó un poco. Ahora, mientras recorre los pasillos y las habitaciones vacías, diseñando en su mente donde irá tal o cual cosa, hasta parece encantada. Se queda a dormir, dice. Como si también ella inaugurara el piso.

Cenamos unos filetes recalentados, la vitro aún no está instalada. Desde la minicadena del salón, la Filarmónica de Londres vacía la inconclusa de Schubert por todo el piso; algunas cosas no pueden cambiar, ya viva en Vallecas o en Bel Air. Esta noche, Paula y yo hacemos el amor como dos recién casados de los de antes, como si a partir del día de hoy empezara algo. Después me quedo dormido al instante, con su boca recostada en mi pecho, hablándome de lo harta que está de vivir con su hermana. Al final va a ser cierto que hoy empieza algo. Lo que sea.

¿Qué hora es? ¿Las tres? ¿Las cuatro? Acaba de desvelarme una bofetada de aire tibio en la cara. La puerta del dormitorio sigue abierta de par en par, tal y como la dejamos, enmarcando en su interior una panorámica del pasillo encharcado por la oscuridad. Ruedo sobre mi costado, buscando la espalda de Paula, que es toda seguridad, y entonces lo escucho. Una cacofonía de sonidos pastosos, incluyendo voces. Suena próximo, amortiguada por las paredes del dormitorio. El cuarto de al lado. Hay alguien en el cuarto de al lado. Joder. Intento mantener la cabeza fría, si se despierta Paula es capaz de ponerse a gritar antes de saber qué está pasando. Aparto las sábanas y me deslizo fuera de la cama con todos los sentidos concentrados en mi oído. Si el suelo está frío, yo no lo siento. Si en el dormitorio hace menos de diez grados, tampoco. Salgo al pasillo y avanzo hacia la puerta del cuarto contiguo mientras me concentro en decodificar los ruidos que escucho en mi cabeza. Una mujer grita. Pero hay algo repulsivo en la forma en que proyecta su voz, algo que no es del todo claro. No sé qué puede ser.

Ni siquiera pregunto si hay alguien ahí. Eso es para las películas. Para las malas. Y para los que quieren morir. Empujo la puerta, que golpea contra la pared con un crujido sordo, y penetro en el cuarto de un salto. Debo de tener una pinta ridícula. El cuarto es estrecho y alargado, casi un pasillo. Ahora lo recuerdo; apenas le presté atención cuando el tipo de la inmobiliaria me condujo por la casa. ¿Cómo lo llamó? ¿Sala de proyecciones? Debe de ser, porque aquí dentro no hay nadie, sólo un proyector encendido que cuelga del techo, vomitando su carga digital para un auditorio vacío: una película. En la pared del fondo, una sábana blanca hace las veces de pantalla. En ella, deformándose un poco sobre la superficie ondulada de la tela, una chica rubia bucea en lo que parece una casa sumergida. No una casa como las que yo he habitado, sino una casa de las que invitan a presumir. De proporciones chulescas. La chica bracea sumergiéndose cada vez más entre muebles, lienzos y espejos que le devuelven su imagen temblorosa. Por fin, alcanza lo que busca: unas llaves depositadas en el fondo, sobre una moqueta. No conozco esta escena, no he visto esta película en mi vida, pero algo en las imágenes, algo sugestivo como una promesa, me impulsa a seguir mirándolas. Por un momento, pienso incluso en una versión apócrifa de Titánic o algo por el estilo. Entonces sucede. La chica coge las llaves, y en ese instante es asaltada por una forma oscura que viene nadando hacia ella. Sólo que la forma no nada, sino que es arrastrada por la corriente. Un cadáver. Un cadáver sanguinolento, desollado, con una sonrisa de hueso de la que cuelgan tiras rojas de carne que ondean como algas. La chica grita y yo me doy cuenta de que ese es exactamente el grito que he escuchado hace sólo unos segundos. Esa cualidad repulsiva que creía percibir no es más que agua atravesada por un chorro aire. Agua y horror.

Ya es suficiente, me digo. Detengo la película de un manotazo en el mando a distancia, apago el proyector y vuelvo al dormitorio. Gracias a Dios, Paula no se ha enterado de nada, sigue ovillada en su lado del colchón. La casa es una tumba y yo soy su guardián. Y como guardián me pregunto: ¿quién coño ha encendido el proyector? ¿Quién ha puesto la película?

 

II

 Desayunamos dos cafés y gracias. Hemos remoloneado demasiado tiempo en la cama.

En el trabajo me siento vigoroso. Me paso media comida tratando de convencer a Pablo de que vaya a ver De ratones y hombres. Paula y yo estuvimos hace dos semanas, tercera fila; han pasado once años desde que la vi por primera vez, en otro escenario, con otros rostros, otras voces, y la obra sigue conmoviéndome. Qué hondura en los personajes, con qué aspereza retrata el conflicto de clases de este y de todos los tiempos.

Esta noche ceno frugalmente un binomio de ensalada preparada y afrutado de Borgoña, y me siento ante el televisor apagado a leer el Babelia que dejé a medias este viernes. La Bagatela sin tonalidad de Liszt se derrama desde los altavoces, apuntalando que hoy es hoy y que ahora es ahora. Este es mi momento, me digo. Y cuando me dispongo a abrir el suplemento por la página marcada –una entrevista a Vila-Matas-, algo cae al suelo. Un objeto pequeño, brillante, lo suficientemente pesado como para sobresaltarme. Una revista. Estaba escondida entre las páginas, como un suplemento del suplemento. La recojo y leo en su portada: Prótesis. No me suena. No he oído hablar jamás de una publicación con este nombre. En la cubierta, una chica de larga cabellera morena sostiene un cuchillo ensangrentado y se vuelve hacia el lector, es decir, hacia mí, con cara de yo no he sido. Podría ser la misma persona que desolló al cadáver de la película de anoche, pienso. Y me pongo a reír en silencio. Entonces ojeo la revista como por instinto, sintiéndome, todo hay que decirlo, gozosamente culpable, como el niño que ojea las revistas porno de su progenitor recién descubiertas: un reportaje sobre policías escritores y escritores policías, otro sobre Henning Mankell, un ranking de las mejores películas negras de la historia del cine, una entrevista a Alejandro M. Gallo -¿quién cojones es Alejandro M. Gallo?-. No me extraña que no haya oído hablar nunca de la tal Prótesis: no es mi rollo. Desde hace años, supongo que lo más parecido a literatura negra que leo es la sección de Nacional de El País. Entonces, ¿de dónde ha salido la revista de marras? Es decir, ¿quién…?

He sido yo, dice la voz de Paula. Estaba ojeándola y la guardé entre la prensa.

Segundo sobresalto del día. Está en la puerta, aguantando como puede una enorme caja de cartón entre sus brazos raquíticos y nudosos. Nota mental: quitarle sus llaves. Pero eso es inviable. Paula está tan instalada en mi vida como yo en esta casa.

Le pregunto qué es eso que lleva en las manos.

No lo sé, dice ella, regalándome una sonrisa ratonil, supongo que perteneció a los anteriores inquilinos. La encontré el día de la mudanza. Estaba en el cuarto de proyecciones, dentro del sofá. Está hueco, ¿sabes?

Eso es imposible, le digo. Yo mismo miré dentro del sofá. Allí no había nada.

Pues mirarías mal.

No. Te digo que allí…

Anda, ven. Mira todo lo que tiene.

Examinamos el contenido de la caja de rodillas en el suelo, dos ladrones repartiéndose el botín. Hay una buena colección de películas en DVDs, algunas hasta me suenan de oídas: Al caer la noche, La criatura, Mátalos y vuelve, Las tres caras del miedo, Memorias del ángel caído… Cine de serie B, supongo, hecho por y para enfermos. No hay más que ver las carátulas, los títulos. Una de ellas me llama la atención sobre el resto. Reconozco el rostro de la mujer, aunque esté seco y no grite de pavor ante la inminencia de ningún cadáver sumergido que viene hacia ella. La película de anoche. Infierno se llama. Hay que joderse.

Mira, dice Paula. Aquí hay más.

Se refiere a las revistas. En efecto, aquí están. La colección completa de la tal Prótesis. Por aquí un especial James Bond, por allí una entrevista a Carlos Aguilar, por allá un texto de Juan Madrid acerca de cómo escribir una buena novela policíaca… Juan Madrid enseñando a escribir algo, por el amor de Dios.

Ya he leído bastante, le digo. Hay que devolver esto a la agencia, y que ellos lo hagan llegar a sus antiguos dueños.

Pero Paula no me escucha. Está absorta en su nuevo descubrimiento: una camiseta negra, enorme, tres o cuatro tallas sobre la suya. La extiende para mí triunfante, como si acabara de cazarla en la sección de saldo de una importante cadena. Una joya. Lleva impreso un frasco alargado repleto de pastillas, iluminado en un tétrico color verde. En lo alto, la tipografía supuestamente fúnebre del mismo color reza: David G. Panadero presenta: Terror en píldoras. 2ª edición.

No sé quién demonios es el tal Panadero. No sé qué es Terror en píldoras. Tampoco sé qué está pasando aquí.

 

III

 Sueño. Sueño que yo soy el cadáver. El cadáver de la película de anoche, la tal Inferno. Me desplazo flotando entre muebles sumergidos, hasta encontrarme con la protagonista, que grita cuando me ve. Y descubro que estar muerto duele, y que no tener piel duele todavía más. El agua entra en mis cuencas vacías y me provoca convulsiones de dolor… bueno, quiero decir si pudiera moverme. De pronto, la voz de Paula me llama.

Cariño, mi amor.

Me llama desde otro sueño

Mi amor, despierta, despierta.

Otro sueño que es más real.

Abro los ojos y allí está ella, con gesto compungido, las manos en mis hombros. ¿Qué está pasando? Estoy en la antigua sala de proyecciones de la casa. ¿Cómo he llegado hasta aquí? No lo sé. Todo está a oscuras, a excepción del haz de luz que brota del proyector y estalla en la pantalla, en forma de película: esta vez, un par de cadáveres andantes, que parecen surgidos del mar –tienen algas en la cabeza, su piel luce azul como el océano- se arrastra hacia un anciano que trata en vano de derribarlos disparando sobre ellos. Las balas penetran en los cuerpos, pero sólo consiguen que la carne expulse más agua turbia por los agujeros que provocan.

Tampoco sé qué película es esta, y no tengo la menor curiosidad por averiguarlo.

¿Qué ocurre?, le pregunto a Paula, jadeante.

Ella se inclina sobre mí, me abraza.

Otra vez como anoche, repite, mascullando contra mi pecho. Como anoche.

¿Como anoche? ¿Qué quieres decir? ¿Qué ocurrió anoche?

No quise decirte nada, pensé que no volvería a pasarte, que no valía la pena que te preocuparas. Te despertaste de madrugada. Yo te llamé, pero estabas sonámbulo.

Yo no soy sonámbulo, le juro, el corazón martilleando en mi tórax.

Anoche sí lo eras. Viniste aquí, a la sala de proyecciones, buscaste en la caja y pusiste una película. La viste entera, cariño, de principio a fin…

Inferno…

No recuerdo su nombre. Cuando acabó, dejaste el proyector encendido, la película puesta, y volviste a la cama. No quise despertarte. Dicen que a los sonámbulos no hay que despertarles de golpe, que es malo, pero esta noche, cuando has vuelto a hacerlo, cuando has venido aquí y te has puesto a ver otra película, me he asustado, me he asustado, mi amor…

Está bien, le repito, me miento a mí mismo. Está bien, has hecho lo correcto. No te preocupes.

Paula apoya la cabeza en mis rodillas y deja que le acaricie el pelo, mientras solloza. En la pantalla, delante de mí, el proyector sigue reproduciendo esa abominación de película. Los muertos han enterrado al anciano en la playa. Sólo han dejado su cabeza al descubierto, y la marea crece, crece y seguirá creciendo hasta ahogarlo. Y a esto lo llaman cine. No vería algo así ni en un millón de años. Ni en sueños. Pero resulta que sí, que en sueños soy capaz de ver ésta y todas las películas de la caja. ¿Qué me está ocurriendo?

 

IV

 Al día siguiente, aprovecho la hora de la comida en el trabajo para acercarme a la agencia cargado con la caja de marras. No está el tipo que me atendió.

Está en la calle, me dicen, haciendo visitas. Si puedo ayudarle yo.

Sí, guapa, seguro que puedes, pienso.

Le digo que el antiguo propietario se dejó olvidadas sus cosas, que vengo a devolvérselas. Para él sus películas de muertos vivientes, sus revistas de mierda.

No puede ser, dice ella, conservando la sonrisa pero repentinamente inquieta. Acaba de abrirme un resquicio por el que colarme y es consciente de ello.

¿Por qué no? Yo se la dejo aquí, ahora mismo, y ustedes se la envían por Seur o por lo que sea. ¿Por qué no pueden hacerlo?

Ella traga saliva antes de seguir hablando. Antes de lanzarme la revelación a la cara.

Verá señor, el antiguo propietario falleció. Murió en la casa. Hace menos de un año.

En la sala de proyecciones, le digo.

Sus ojos se abren de par en par, mirándome con un punto de admiración.

¿Cómo lo sabe?

Ya ve. De todos modos, eso no cambia nada. Voy a dejarles la caja. Por mi, como si quieren quemarla. Yo no puedo tenerla.

Me temo que no es posible.

Si no la quieren, la tiraré yo mismo, amenazo.

Eso tampoco es posible, señor. No puede… bueno, no puede tirarla.

¿Y por qué no?

Por el testamento. El anterior propietario dejó escrito que la caja siguiera en su casa. Fue su última voluntad. Por eso no nos la llevamos, señor. Las últimas voluntades hay que respetarlas. Son innegociables, ¿no lo sabe?

Lo que me faltaba. Por un instante, pienso seriamente en acercarme al Punto Limpio más cercano y arrojar allí toda esta podredumbre de seudo-cine, seudo-libros y seudo-todo. Pero resulta que toda esta mierda constituye la última voluntad de un muerto. Y que no me queda otra que llevármela de vuelta conmigo. Puta muerte.

Paso la tarde buscando en Internet información del tal David G. Panadero. Al parecer fue todo un personaje. Escribió libros y montones de artículos sobre toda esta basura: cine de serie B, Z, de la letra que fuera menos la A, literatura de quiosco, cultura que no es cultura, en fin. Terror en píldoras fue uno de ellos. También editó una revista. La famosa Prótesis, cómo no. Desde allí, contribuyó durante años a difundir autores y obras consagradas al género negro, como un ventilador esparciendo excrementos por doquier. Lo peor es que hubo quien le siguió el rollo. Mucha gente. Encuentro un artículo elogiando la revista, firmado por Luis Alberto de Cuenca, y casi se me sale el corazón del pecho. No puedo creerlo. Una cabeza como la de Luis Alberto entregada a la infra-cultura. Es el fin de todo en lo que creo. Este Panadero, me digo, debió de ser un tipo persuasivo, una mente parásita. En vida, su amor por esta inmundicia contaminó las más altas sensibilidades. Ahora trata de hacer lo mismo conmigo. Por eso, en su última voluntad, pidió tener la caja en la casa. Ahora lo entiendo. Veo su foto en Internet y allí están sus ojos, disparando contra los míos mientras se balancean sobre una sonrisa que parece toda inocencia. Lleva puesto un sombrero de ala negro, la camiseta con el frasco repleto de píldoras. Pero no podrá esta vez. Por Dios que no. Esta noche, cuando vuelva para poseerme en sueños, estaré preparado.

Es él o yo.

¿Me escuchas, Panadero?

Esta noche, ven a por mí si sigues hombre en el otro mundo.

 

V

Paula no puede creerse lo que estoy haciendo. Lo entiende, pero no termina de creerlo. Me sigue por todo el salón con una batería de preguntas mientras yo dispongo todo: mi colección de música clásica en la minicadena, la filmografía completa de Godard y Ozu junto al DVD, libros de Delibes, Vila-Matas, Stendhal o Dostoievski sembrados por todas las mesas, en el suelo, en las sillas, apilándose como torres ante la batalla inminente.

Si ves que cierro los ojos, le digo a Paula, que me acerco aunque sólo sea un momento a esa caja, en busca de uno de sus libros o de sus películas, por lo que más quieras, despiértame.

Pero es perjudicial despertar a un sonámbulo, responde ella. Lo dicen…

Me da igual lo que digan los médicos. Como si caigo fulminado en el acto. Paula, ese tipo quiere seguir viviendo a través de mí. Quiere usar mis ojos para seguir leyendo su colección de terror de Bruguera, por el amor de Dios, como hacía en vida. No puedo permitirlo. Y tú tampoco, mi amor.

Son las doce de la noche cuando agarro mi ejemplar del Ulises de Joyce y, como un sacerdote entregado a un exorcismo que expulse al demonio de la casa, comienzo a leer fragmentos en voz alta, que viajan con mi voz por todos los rincones del piso, mientras de fondo suena la nº 41 en re mayor de Wolfgang Amadeus Mozart.

Soy un guerrero, me digo.

Un integrante de la Sagrada Orden del Buen Gusto.

Y tengo una misión.

A la una dejo a Joyce e introduzco en el lector de DVD La palabra de Carl Theodor Dreyer. Y el tal Panadero, si todavía conserva los huevos en la otra vida, que venga. Más o menos a la media hora de película, los párpados empiezan a arderme y a pesarme, y un hormigueo desesperado se extiende por la carne de mi rostro. Paula me pide que lo deje ya, que ceda al sueño y me vaya con ella a la cama, pero yo sé cuál es mi cometido aquí, sé que él espera, agazapado en su guarida de ectoplasma donde quiera que esté, y que es mi deber, en nombre de la sagrada cultura, impedir que me posea.

A duras penas puedo acabar la película, así que en cuanto empiezan a desfilar los títulos de crédito –qué extraordinario lirismo el de la banda sonora de Poul Schierbeck- voy al baño, meto la cabeza bajo el grifo de la ducha y me atizo un buen chorro frío que alimente mis energías para el resto de la noche.

Es hora de recurrir a la maquinaría pesada, de invocar los santísimos poderes de La Biblia. Cambio a Mozart por La dama de las picas de Tchaikovsk y a Joyce por Javier Marías. Así, en una mano mi ejemplar de Corazón tan blanco, y en la otra el puño en alto, presto a adoctrinar al espectro, ingreso en las cuatro de la mañana.

Mi voz ruge entre las paredes de esta casa, quebrada por el sueño pero firme.

Empiezo en la primera página (No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas) y no pienso detenerme hasta la última, me digo. Desde mi atril imaginario voy desgranando uno a uno los larguísimos párrafos de Javier, que adquieren en mis labios la solemnidad de un salmo o de un versículo. Seguiré así (Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía) toda la noche, y si él se atreve a acercarse, si piensa por un momento en poseer mis sentidos, aquí me encontrará…

… hora tras otra…

(De pronto, desde el balcón, a través de él y no ya del muro)

… página tras página…

(La adalid británica se quedó pensativa, con la palabra suspendida en los labios)

… inmune a las trampas del sueño. Firme. En pie. ¿Me oyes, Panadero? Firme ante tu hechizo. Mis libros y yo. Mis discos y yo. Mis películas y yo. Contra ti.

Contra ti.

Contra…

… ti.

 

Me despierta Paula. O a lo mejor me despierto yo solo, alentado por su presencia. Siento la lengua pastosa, un pedazo de carne muerta en la cavidad de mi boca, y lo primero que escucho es el sonido del tráfico –muy tenue, amortiguado por la distancia- procedente de la calle. Ya es de día. Ha amanecido y yo estoy sentado en el sofá, en la puta sala de proyección. Me yergo con un respingo. En la pantalla, refulgiendo como una mala aparición, se desgranan los últimos fotogramas de una película italiana de la que, por supuesto, no he oído hablar en mi vida. El director es un tal Enzo G. Castellari, rezan los créditos.

¿Qué ha ocurrido?

Paula me mira en silencio, con una mezcla de piedad y de alivio, como miraría una madre a un hijo que al final ha evitado meterse en más peleas. Y antes de que mis ojos se escurran torso abajo, en busca del libro que sostengo entre las manos, la derrota entumece mi cuerpo, como un bálsamo dulce y conciliador.

No es tan malo, cariño, dice ella. Piensa que no es tan malo.

No grito sólo porque ella me está hablando, y sus palabras me mecen con el influjo secreto de una nana.

Llevo puesta la camiseta con la tipografía de Terror en píldoras impresa en letras verdes; en la cabeza, calado, un sombrero negro de ala. En qué momento de la noche mis manos de sonámbulo me han vestido así, eso da lo mismo.

Porque esas mismas manos ya no sostienen libro alguno de Javier Marías.

En su lugar, reposando en mis rodillas como una leal mascota, descubro la ilustración, tosca y pasada de moda, de un pistolero del salvaje Oeste, la mirada fija en un enemigo que queda fuera del dibujo, los brazos en jarra a ambos lados de las caderas, en el punto inminente en que se dispone a desenfundar el arma.

Leo el nombre del autor y la evidencia se me atraganta como si me hubiera tragado una mosca. El corazón se me acelera. Silver Kane. He estado leyendo en sueños un jodido libro de Silver Kane.

Es el fin.

VI

 Paula tenía razón. No es tan malo, pero ha tenido que pasar un mes para empezar a entenderlo. Con los días, he acabado aceptando lo baladí de luchar contra algo que, de todos modos, está en la naturaleza humana. No es que el fantasma de Panadero haya revelado un lado oculto en mí, por Dios no, sino que se ha adherido a mi existencia como un apéndice silencioso y hasta educado. Todo un caballero este Panadero. Hemos aprendido a respetarnos mutuamente, y hemos establecido un pacto no escrito que sospecho me perseguirá durante toda mi vida: por el día, permite que goce de mi Mozart, de mi Marías, de mi Joyce, de mi Ozu, de mi Dreyer, de mi mundo, en fin, cuidadosamente construido a lo largo de más de treinta años; por las noches, Panadero posee mi cuerpo, mis músculos, y me hace levantarme en sueños. A través de mis ojos, lee sus novelas de Silver Kane, de Ralph Barby, de Mallorquí, visiona sus películas de Castellari, de Argento, de Fulci y pone a Los ramones a todo volumen para desgracia del vecindario, que de todos modos está mayormente compuesto por viejos sordos como tapias. Me levanto algo cansado, es cierto, y a veces me escuecen los párpados como si me hubiera pasado toda la noche nadando en cloro, pero es un mal menor que no me impide trabajar en la oficina.

Podría mudarme, nada me lo impide. Podría venderle esta casa a la agencia, aunque fuera por un precio menor, marcharme lejos y dormir de un tirón cada una de las noches que me quedan. Pero Paula me ha pedido que no lo haga. En realidad, sólo me lo ha insinuado. Sospecho que me encuentra más atractivo por las noches, cuando me convierto en un sonámbulo consumidor de infra-cultura. Hasta es posible que me haga el amor, seguro que con más pasión y entrega que cuando lo hace conmigo de verdad.

Encima eso.

Encima se trajina a mi chica.

El puto Panadero.