Fechorías perfectas

Juan Aparicio-Belmonte

 

Aquel día mi mujer me estaba abroncando, como de costumbre. Fui con ella al retrete.

–¿Dónde, dónde está la puñetera zurraspa? –le grité.

–Aquí, maldita sea… ¿Es qué no la ves?

–¿Dónde? No la veo.

Y cuando se agachó, lo hice. La ahogué.

Al día siguiente, habíamos quedado a comer un cocido en casa de mis suegros.

–¿Y dónde está Carmen? –me preguntaron.

–No lo sé.

–¿Cómo que no lo sabes?

–No tengo ni idea de dónde está Carmen. Soy su marido, no su papaíto.

A los postres, después de una comida en la que nos habíamos mantenido en un silencio tenso, lo confesé todo:

–Ayer me cargué a vuestra hija… ¿Algún problema? La ahogué en el váter. Con mierda y todo.

Es imposible describir el alborozo que provocó la noticia.

–¡Aleluya…! ¡Por fin…! –gritaron.

–Yo pensaba… –me dijo mi suegra mientras brindábamos–. ¿A que lo ha hecho? ¿A que sí? Ay, qué emoción… Ay, qué alivio. Perra. Ya nunca más estará a nuestro lado. Que amargue la vida al diablo.

Días más tarde denuncié la desaparición de mi mujer en comisaría. Mi suegro me recibió en su despacho de inspector jefe y fingió muy bien el llanto, el dolor…

–¡Dios mío! –gritó–. La han raptado, la han raptado unos narcotraficantes para vengarse de mí.

Lo escuchó toda la comisaría a través de la puerta entornada.

 

Una semana después, mi suegra redactó en el juzgado un auto de prisión para el único sospechoso de la desaparición de mi mujer: un gitano rumano que pedía limosna junto al semáforo que hay debajo de su despacho de jueza.

 

Durante un año mis suegros se pasearon por los platós de todos los canales de televisión. Abrieron una cuenta pública para solicitar donaciones y mi suegra pudo prejubilarse y llevar una vida cómoda sin el estorbo de su hija. Y luego hay policías listillos que dicen que el crimen perfecto no existe. Ja. Que me pregunten a mí y a mis suegros.

 

Bueno, a mi suegro mejor que no se lo pregunten.

 

Quien fuera mi suegra ahora es mi amante. Es mayor y algo inquietante, pero tan inteligente y, sobre todo, tan, tan ardiente y atractiva. Por la noche hacemos el amor hasta el amanecer. Y en el desayuno, leemos Prótesis, una revista que siempre nos aporta ideas nuevas para más fechorías perfectas. Su director es un tal David Panadero.

 

Gracias, David Panadero, decimos entre risas, mientras devoramos el cadáver –pelín salado– de quien fuera mi suegro.