Humanista y criminal

Fernando Cámara

 

–Me he hecho humanista, querido– me confiesa Panadero hace dos o tres años, así, a bocajarro. Y me quedo mirándole, a la espera de que se le escape una sonrisa que delate la broma. Pero solo muestra una mirada feliz, de tipo inteligente, orgulloso de su conversión. ¡Será posible que, de un encuentro a otro, el tótem del género negro se nos haya reblandecido hasta ese grado!

Pero en realidad nada ha cambiado en él. Quizá que el rango de sus lecturas se ha ampliado y que entre sus bolsilibros, ahora tienen cabida hasta los de Corín Tellado. El paladar, gastado del mismo sabor a pólvora necesita de nuevos registros, pero ¡ojo!, no tanto para abandonar el nido en Prótesis como para acumular unas cuantas energías, contemplar a sus semejantes desde otros ángulos y, así, volver con más pasión si cabe al mundo negro, a ese espacio de crímenes cuya definición se va ensanchando. Porque, desde entonces, él y yo coincidimos en que son muy pocas las novelas que, a la postre, se escapan de esta calificación.

Las historias de género tradicionales se centran más en el hecho que en la persona. Aunque, tras esta mirada simplificadora, uno puede apreciar que los verdaderos autores lo son por su magistral conocimiento de la condición humana y no tanto por dibujar tramas más o menos eficaces. Yo siempre pienso en Simenon, Highsmith y García Pavón, que además riman.

Panadero funda su Prótesis bajo la mirada de finales de los setenta de Andreu Martín. Y esa novela no es solo una trama, ni una simple venganza. Se centra en un puñado de tipos, cargados de detalles y actitudes, horneados con violencia y grandes chorros de almíbar salado. Humanismo.

Y lo sé porque Panadero me regaló la novela hace un mes, cuando charlábamos sobre la adaptación de Fanny Pelopaja. Panadero no dice regalo sino obsequio, que suena más contundente y personal. Te obsequia con libros, como hacía el añorado Truffaut con sus colegas y conocidos. Porque para Panadero, la amistad es un tránsito de ideas, de recomendaciones y de estados de ánimo, todo ello aderezado con comida china. Tengo la suerte de pertenecer a este club, donde la vida se te ensancha, porque es una reunión humanista. Pero cuidado, porque entre los rollitos vietnamitas puedes descubrir una bala. Al fin y al cabo, también somos criminales. Y Panadero, además, profesional.