La aventura de la Prótesis ardiente

Una reminiscencia del doctor John H. Watson vertida al castellano
por Alberto López Aroca

Alberto López Aroca

—Watson, me he tomado la libertad de dar un no por respuesta. En su nombre.

—¿Qué?

—Lo que ha oído, amigo mío.

—Pero ¿de qué está hablando, Holmes?

Yo acababa de volver a nuestras habitaciones de Baker Street tras una terrible sesión de billar con Thurston, durante la cual había perdido la mensualidad de mi pensión de veterano del ejército. Sherlock Holmes estaba acuclillado junto a la chimenea, removiendo los rescoldos, donde ardía un puñado de papeles. En la calle hacía viento, y algunas pavesas aún encendidas revoloteaban peligrosamente por la habitación. No hacía ni seis meses que Holmes habíamos empezado a convivir juntos y empezaba a acostumbrarme a sus malos hábitos.

—¿No se ha cruzado en la entrada con el señor David G. Baker? —me dijo.

—¿Quién?

—Un caballero corpulento, rubio, corte de pelo militar, lentes metálicas, abrigo largo tachonado de remiendos, botas altas con la suela derecha ligeramente gastada, sombrero de copa de tercera o cuarta mano… estoy seguro de que mañana mismo volverá a llevarlo a la casa de empeños. No le sentaba demasiado bien.

—Eh… no, no lo he visto, Holmes.

—Pues ha sido por los pelos, entonces.

—¿Y quién es el tal Baker? ¿Un nuevo cliente?

—¡Ja! No exactamente, Watson… En realidad, el señor Baker venía con una propuesta para usted. Una muy descabellada.

—¿Para mí?

—Así es. Llegó hace un ratito, me tendió su tarjeta y me mostró un ejemplar de la revistita que él mismo edita. Quería que usted escribiera para él.

—¿Pero por qué? ¿De dónde ha sacado Baker la idea de que yo…? Y además, ¿acerca de qué podría escribir?

—Fantasías policiales, Watson. De eso trata la publicación del señor Baker: Fantasías policiales. Historias acerca de agentes de la ley tan astutos e implacables que jamás dejan escapar al asesino, nunca sueltan a su presa. Ah, el mundo sería mucho más aburrido sin nuestros amigos de Scotland Yard fueran tan eficientes como creen los colaboradores de Baker… ¿Se imagina usted una serie sobre “Las Hazañas del Inspector Lestrade”?

Me eché a reír. Aquello más que fantasías policiales serían relatos humorísticos.

—Bien, pero no encuentro sentido a la propuesta de Baker, Holmes. Yo no sé más sobre Scotland Yard que cualquiera…

—Pero es que, Watson, el amigo Baker no quería que escribiera sobre el Yard, sino sobre mí.

—¿Sobre usted?

—Sí, Watson; sobre mi trabajo. El señor Baker ha leído en la prensa acerca de aquel asuntillo de Lauriston Gardens, y ha tenido la ocurrencia de pedirle a usted que actúe como mi cronista. Por supuesto, le he explicado que nuestros asuntos no son incumbencia de nadie, que los casos criminales no son de interés para el público de Londres, salvo quizá para algunas mentes perversas, y que usted ya está muy atareado con sus propios pacientes (ahí he tenido que mentir un poquito, pero ya ve). También le he recomendado que deje de perder el tiempo con revistuchas e historietas y se busque un trabajo de verdad.

—Oh —dije—. Pero Holmes, quizá no sea una idea tan horripilante…

—Sí que lo es, Watson, sí que lo es. Una idea ridícula. Usted nunca podría acometer una labor de ese tipo; a fin de cuentas, no es más que un médico… Ea, será mejor olvidarse del señor David Baker y ocuparnos de cuestiones más serias, como la cena.

—¿Y la revista? —pregunté.

Sherlock Holmes se puso en pie, dejó el atizador apoyado en la pared y señaló con uno de sus larguísimos dedos a la chimenea.

Los papeles crepitaban.

Solté un largo suspiro y justo entonces, una pavesa enorme y candente descendió lentamente ante mis ojos. Logré atraparla sobre la palma de mis manos y pude leer un rótulo en tipografía grande y rojo brillante que decía: Prosthesis.

Después, se consumió y se convirtió en cenizas, como si nunca hubiera estado allí.

Más tarde, tras la cena, di las buenas noches a Holmes, que se quedó en la mesa jugando con sus productos químicos y me senté al escritorio de mi cuarto.

Y empecé a escribir sobre el caso de Lauriston Gardens. Pensé en llamar a aquella historia La madeja enmarañada, pero me pareció un nombre estúpido. Ya se me ocurriría algo mejor. Algo más colorido.

Me gustaba la idea de un título en color escarlata, con tipografía grande. Muy grande.