Mala noche para los zombies

Manuel Nonídez

 

La borrasca se revuelve con furia de amante despechada, salpica de sustancia efímera los charcos de luz en las esquinas y muere en los impensables mapas de nostalgia que destilan los escaparates, vacíos y opacos a esas horas de la noche. El resto es una cortina pesada y oscura que de tanto en tanto rasgan los faros de los coches con ansia insana por llegar a ninguna parte.

David, a sus asuntos, baja la persiana. Un poco, apenas lo suficiente para que Bárbara no se enfade con él por permitir que un aguacero urbano le arruine el trasluz de los cristales. Bárbara… Ha llamado; llegará tarde del trabajo. Tengo que preparar algo de cena.

En la calle, la vida se retrae como si no fuera el agua quien la propicia. Alguien pasa corriendo con una maldición en los labios, que se adivina pero no trepa hasta la ventana. Las maldiciones son íntimas, se musitan entre dientes, y dañan menos a la víctima que a quien las pronuncia. Los pasos terminan por perderse en la distancia. Silencio; aislamiento; soledad… Buena noche para escribir, pero pésima para los zombies. Se sorprende, ¿por qué le ha cruzado un pensamiento así? Sonríe y enciende la lámparita en su rincón de trabajo. Sí, mala noche para los zombies.

Ojea «Terror en píldoras», un hijo que le ha salido pequeño. Un opúsculo, apenas un apunte de su, según se refiere en el mundillo, enorme potencial como antólogo. Uno de tantos que posee. Un libro curioso, ameno y sugestivo que no ha crecido cuanto debiera. Qué sabe nadie de los motivos, se hastía David. «Las películas episódicas de terror», anuncia el subtítulo bajo un frasco verde lleno de grageas tan fosforescentes como la silueta de Karloff en «Die, monster, die!» El tema interesa al estudioso y ameniza el pasar del prejubilado; tiene garra, crea hábito, sabe a poco. Se lee a punta de lágrima con el recuerdo puesto en la rodilla femenina, compañera y adolescente, de una tarde de sesión continua en el cine de barrio, y prende en la boca el regusto a beso robado a espaldas del acomodador. Es lo que le ha llegado de cuantos lo han leído. Por eso prepara una tercera edición que será diferente de la segunda más que ésta lo fuera de la anterior. No importará el número de páginas, ni el espacio que ocupen las ilustraciones. Nada de acotar y resumir hasta lo imprescindible. Un trabajo amplio, como requiere el tema, donde «La noche de Walpurgis» no se nombre de pasada, y que recoja la filmografía de Jacinto Molina travestido en bestia mediática, no por la luna llena, sino por virtud del foco cinematógrafo. ¿Por qué olvidar el cine ibero-luso de «La noche del terror ciego», o «El ataque de los muertos sin ojos»? Esta noche vencerá la tiranía del espacio, el rígido corsé del papel, y el ensayo nacerá libre, saldrá adelante por su propio pie y, como cuanto merece la pena, habrá quien lo publique. Y si las editoriales se duermen, echará mano del crowdfunding, porque el tema puede ser retro, pero los tiempos que corren, no. Lo tiene claro.

Una vorágine en su cabeza. Habrá que definir capítulos y diseccionar el miedo como un nuevo Destripador: el horror de la garra y el colmillo. Primigenio, incrustado en los genes; el pánico victoriano a la muerte y los aparecidos, de cuando las mansiones se recorrían bajo luz de candelabro y cualquier abrigo mal colgado podía ser un espectro, o una bestia al acecho. Lástima que la luz eléctrica acabara con todo aquello; los cuentos al amor de la lumbre, del tiempo en que aúlla el lobo y en la nieve aparecen huellas imposibles; la interacción del cine y la literatura de terror. Los campos que la imagen le abre al escritor; el pánico inmarcesible al ente desconocido, venga o no del espacio exterior; los monstruos de nuevo cuño reconvertidos en gourmets, sibaritas inteligentes, despiadados y elegantes…

Ante todo, y a manera de inicio, tiene que elaborar la lista de películas que no pueden quedarse en el tintero. La relación será larga incluso aplicando un criterio aséptico. ¿Aséptico? ¿Por qué? El libro es mío; son mis emociones.

Escribe rápido, con letra nerviosa, sincopada, dudando de que su mano diestra sea capaz de mantener el ritmo de las ideas. En la contraria, aventa un ejemplar de la segunda edición de «Píldoras» —pulgar en las hojas, índice sobre cubierta, y el resto de dedos haciendo resorte en el lomo—. Es un movimiento repetitivo, mecánico que sólo busca el crujido de las hojas al entrechocar, enervante, evocador: «Nosferatu», de Murnau; el Drácula de Bela Lugosi para la Universal; Karloff, la momia y su Frankenstein; Charles Laughton y el jorobado de Notre Dame; las pelis de la Hammer; «La invasión de los ultracuerpos»; «La noche de los muertos vivientes»…

El sonido de la lluvia en el cristal. No es noche para zombies… Rie ahora y sabe el porqué: los zombies y el agua se llevan mal. Los tradicionales, porque la sal marina los destruye, y los de celuloide porque un exceso desmonta el maquillaje. Por eso hay tan pocas escenas de zombies con paraguas. Pobre gente esta. Drácula, con sus maneras aristocráticas y Franky, tan víctima de la ciencia, como el licántropo de su maldición. Cada uno de ellos, por sus condicionantes particulares, exime de la contaminación a parte de la sociedad. Los zombies, no. Ser zombie puede tocarle a cualquiera, por eso sobrecogen. Son los proletarios del “monstruonariado”. Lo dijo Manu Loureiro, el de «Apocalipsis Z», en una charla al amparo de la Semana Negra de Gijón.  A un zombie se le puede tildar de cualquier cosa menos de clasista. Ni habla, ni se moja, pero últimamente está aprendiendo a disparar ametralladoras. Tampoco es algo nuevo: en las noticias de televisión a diario aparecen tropas de estos individuos haciendo lo mismo. Sigamos.

Cristina Galbó en «No profanar el sueño de los muertos»; «La residencia», de Chicho Ibáñez Serrador y música de Waldo de los Ríos; «El alimento de los Dioses», con Marjoe Gortner; «De repente, la oscuridad», de la mano de Fuest; «El grito del fantasma», con Vincent Price…

Y continúa la relación, una tras otra, cien, mil, películas y series. Que no se olvide alguna, que resulte una obra completa, de consulta. Luego habrá que comprobar los datos técnicos y visionar los filmes para refrescar recuerdos y emociones, y escribir sobre ellos con las escenas aún colgadas de la retina. El lector nunca sabrá que paga por algo que recibiría gratis.

El bolígrafo deja de escribir pero no se detiene. David apenas advierte que la punta incide en el papel dibujando un surco incoloro y profundo. No se ha terminado la lista, pero sí la tinta. Busca otro, verde, porque viene en el estuche de cuatro diferentes, o rojo, para corregir texto. Qué más da, el caso es que no se interrumpa el manantial abierto en su cerebro: «El diablo vino de Akasawa», de Jesús Franco; «La novia ensangrentada», de Aranda…

Lleva tanto tiempo anotando que se le duermen los dedos. Suelta el bolígrafo, y el flujo de títulos se detiene de inmediato. La mano y la mente estaban conectadas y se acaba de romper el hilo. Repasa el listado. Respira hondo. Busca aire con avaricia de sprinter al final de los cien metros. Sonríe. No están todas las que debieran, pero la muestra comienza a ser significativa y por delante queda un trabajo extenso y gratificante. Buen momento para un cigarro, si fumara. Luego, un desasosiego inmediato. Sí, un punto que se queda en el tintero, eso debe de ser, y que le inunda de desazón. Algo se me olvida…, se incomoda.

Cuando separa los ojos del papel y se conciencia del entorno, la casa está más oscura que nunca. El tiempo se ha escapado en un es y no es volátil. Consulta la esfera luminosa del reloj: un par de minutos para las doce, la hora en que se despiertan todos los terrores. Pero él tiene otros asuntos en mente: Bárbara está tardando. El pensamiento nace y muere como una chispa sin peso porque fuera, al final del pasillo, se escucha un roce en la madera. Suspira aliviado y enseguida un sobresalto: Coño; la cena… El santo se le ha pirado de copas sin dejar nada previsto. Un respingo, y a la cocina. Por lo menos que la contraria lo encuentre a la labor.

Pulsa el interruptor y la luz no se presenta. Extraño, porque el ojo luminoso de la nevera le hace guiños desde el fondo. Comprueba alguna más para darse cuenta de que no es la única que ha dejado de funcionar. También han muerto las farolas en la calle y la lluvia sólo se reconoce en el repiqueteo nervioso de los cristales. La lámpara de trabajo también permanece encendida. Un puñadito de vatios que recorta el círculo de la mesa y poco más. Fuera de ello, oscuridad. Y el ruido en la puerta que va en aumento. Bárbara…

Con paso vacilante, palpa las paredes y atraviesa el corredor. Las llaves permanecen en el vaciabolsillos de la entrada, junto al sombrero de fieltro gris y el ejemplar de «Prótesis», décimo aniversario, que desplaza en su búsqueda. Al roce de madera se le ha sumado ahora un gruñido sordo, un regurgitar profundo e ininteligible que le obliga a vacilar un instante. No puede ser Bárbara… Es una expresión dubitativa porque no se plantea otra opción. Gira el picaporte y la puerta cede con violencia. Por el resquicio se introduce algo que, antes que mano, es una garra negra, huesuda, de dedos como garfios, que araña pared y cerco.

David, temeroso, retrocede y la hoja termina por abatirse. Ahora puede ver a su visitante en todo su esplendor. Rosemary… musita mientras el engendro avanza hacia él con los ojos inyectados en sangre, el cabello, largo hasta los hombros, erizado y revuelto, y una baba verde y fosforescente deslizándosele por la boca abierta en un balbuceo agónico. Entre todo, dientes y colmillos blanquean inmersos en un rugido infrahumano. Al ser parece complacerle el reconocimiento y avanza con paso zambo, gruñe de nuevo y alguien, una fémina aterrorizada, grita a su espalda por el hueco de la escalera. Otro alarido le responde en el piso superior y a David se le llena el cerebro de imágenes contradictorias, de recuerdos que pugnan por escapar: Rosemary atacando a los espectadores de un cine con las puertas cerradas a cal y canto. En el escenario, su amiga grita entre el dolor y el pánico a lo irreparable, y sus alaridos se mezclan en pantalla con los de la protagonista, perseguida por una cámara subjetiva montada sobre la mano que maneja el cuchillo que poco después acabara con su vida. Sin prisa alguna, prolongando su agonía ante la mirada impersonal del ojo que la está filmando para el espectador. Todos los gritos —prota, amiga del monstruo y público en el cine— se mezclan en la imaginación de David con los que resuenan en la escalera mientras Rosemary gana el terreno que pierde él reculando hacia la salita.

—No me quieres como antes —escucha al monstruo, o cree adivinarlo en el gorgoteo espeso que surge de su garganta.

—Espera, sí…, dame tiempo —David avanza la palma de la mano como si con ello pudiera desbaratar la voluntad del enemigo.

—Me has abandonado.

El joven tropieza y se derrumba sobre la alfombra arrastrando consigo cuantos muebles se le cruzan en el camino. Sin tiempo para recuperarse, nota de inmediato el aliento pestilente de la mujer, de la que alguna vez lo fuera, y su secreción, espesa y tibia, empapándole el rostro. Un alarido final recorre toda la casa y alcanza la calle…

 

—¡¿Qué narices haces tirado en el suelo?! —Bárbara pronuncia “narices” cuando es otra la palabra que se le ha quedado enganchada en la lengua. Dulce, serena habitualmente, no parece la misma. Sólo ha tenido que dar la luz y ver el estropicio casero para que su carácter sufra la transformación.

David la observa estupefacto y luego, temblando aún, busca en derredor con la mirada.

—¿Dónde se ha metido?

Incrédulo, su recorrido visual termina en el rostro airado de la pareja.

—Tendrás alguna explicación para esto —se reafirma ella sin aliviarle la duda.

—Claro —balbucea David mientras se pone en pie a duras penas porque él parece recuperado de la impresión, pero sus piernas no. Y a continuación clama—: ¡Damned! —con su acepción de “¡mierda!” en el cine policial, negro y americano que también suele ver, olvidándose del castizo “¡Dita sea!” mientras se golpea la frente con la mano abierta y corre hacia la mesa de trabajo abandonada poco antes.

Escribe apresurado, frenético, sin permitir que se le pase alguno de los datos que almacena en memoria. Es importante, mucho, que no ocurra:

«Producida por Darío Argento. La dirige Lamberto Bava que, ni en la forma de narrarla, ni en el manejo de cámara, posee la maestría de su padre. Fiore, la hija de Argento, es una de las protagonistas. Los efectos especiales a cargo de Sergio Stivaletti…» Y prosigue anotando hasta que se vacía. Indeciso, se detiene sin soltar el bolígrafo por si le quedara algún mensaje rezagado. Se relaja, no puede continuar, pero rememora una de las escenas que se le prendieron la primera vez que vio la película: sobre el escenario, la amiga, a quien Rosemary acaba de arañar el cuello, brama entre convulsiones de transformación, y su queja se mezcla con la de la actriz que asesinan en el film. Chica y chico en el patio de butacas:

¡Esos gritos son de verdad! —exclama ella.

Qué dices. Es el sistema Dolby.

«Demons; Démoni; Demonios…, con toda su saga: dos, tres y cuatro…», escribe David como en un estertor, y subraya el final de la lista con tanto impulso que rompe el papel.

Pura serie B. Es mi preferida. ¿Cómo se me ha podido olvidar?