Retrato y efigie de David G. Panadero

Luis de Luis

 

Ya desde el momento inicial se veía venir. Apenas recién destetado, marcó su territorio con el poderoso chorro de salfumán de su primera meada y dejó claro -para aviso de navegantes y alerta de cariacontecidos-  que siempre sabría su lugar y que nunca lo abandonaría. Siempre  supo donde quería estar y que, ya de por vida, limitaría al sur con Vallekas (con k), al oeste con el último cowboy, Pérez Marinero; al este con el chop suey  del chino de la esquina y al norte, siempre al norte, con Bárbara, siempre Bárbara.

Bien es cierto que, para deambular por eso que se viene a llamar la vida, Cthulhu, el Dios de los Plantígrados, le otorgó sus máximos dones (un abrazo de grizzly para exprimir lo mejor de los demás y un cuore de Winnie Pooh  para embaucarles) con los que no tardó –ni dudó– en impresionar a quienes a él se acercaran para involucrales en propósitos tan disparatados e insensatos como -relatados por él- veraces y plausibles.

Y es que, ya que sacas el tema y te paras a pensar, su entusiasmo nunca ha aflojado. Como el mejor Rocky nunca se ha concedido el antojo de rendirse; ha recibido (y encajado), hasta en el carnet de identidad, obleas de tamaño de hogazas que le han puesto (más de una, y más de dos veces…)  contra las cuerdas pero jamás, jamás, se ha permitido ni esa mariconada de “tirar la toalla”, ni esa cobardía de salirse del ring.

A pesar de atesorar –en los recovecos de sus gallinejas y en los zócalos de sus entresijos-  una desolación buzzatiana, nunca ha dejado que se le note, ni que le distraiga o desvíe del destino que el arco de aquel precoz pis sentenció irrevocable: ser David G. Panadero.

Y, a fe mía, que nada se le puede achacar: ha cumplido.

Con creces.