Un hombre sin bigote es como una mujer con bigote

Juan Ramón Biedma

 

—… todos los grandes héroes de la historia del cine llevan bigote -me decía David Panadero-; una prueba más de que se han perdido los grandes héroes, los grandes hombres.

—     Un hombre sin bigote es como una mujer con bigote –aduje yo, citando a Chéjov, por contestarle algo.

Acabábamos de conocernos, paseábamos por su Vallecas de su alma, y me hallaba en uno de los peores dilemas de los que me han asaltado a lo largo de mi vida.

En aquel momento nos encontramos con una multitud que frenaba nuestro avance; tan pendientes estábamos de la charla que no habíamos reparado en las llamas que salían por las ventanas de uno de los edificios del barrio.

Una anciana, al percibir nuestro asombro, nos explicó que los bomberos, a los que señaló con desprecio, acababan de darse por vencidos, dejando abandonada a su suerte en su interior a una pequeña discapacitada mental ante el temor de que el inmueble se les viniera encima.

Algo más allá, los padres de la niña, una joven pareja de inmigrantes, lloraban con desconsuelo.

Panadero se disculpó entre dientes y tomando de la trasera de una furgoneta el caldero de un guiso de caracoles que formaba parte de las viandas que el conductor estaba descargando para proveer una taberna andaluza, se vertió encima de la cabeza el caldo del mismo, procurando empaparse bien todo el cuerpo.

Después, con ese gesto suyo de estar escuchando siempre una música celestial a través de unos auriculares inexistentes, se perdió dentro de las lenguas de fuego que surgían del portal.

Por esos días, David dirigía la colección Calle Negra, en La Factoría de las Ideas, editorial a la que había llegado el manuscrito de mi primera novela a través de un alambicado proceso; Panadero ya me había respondido a través del correo electrónico que, evaluada la novela, estarían encantados de publicarla bajo su sello. La causa de mi dilema estribaba en que, en los días que habían necesitado para tomar su decisión, el mismo alambicado proceso que hizo llegar mi manuscrito a su poder, había enviado una segunda copia a Ediciones B -empresa de primera fila que me auguraba una promoción, una difusión y unos ingresos fuera del alcance de la Factoría, mucho más modesta-, que también estaba sopesando su posible edición. Y allí me encontraba yo, indeciso sobre si debía atenerme  a lo seguro y aceptar la primera oferta, o esperar la última palabra de Ediciones B para, si ésa era negativa, enfrentarme a la posibilidad de perderlo todo.

Envuelto en ese conflicto había optado por presentarme ante mi posible editor y exponerle abiertamente el tema; y en esas estábamos cuando aquel incendio se interpuso ante su respuesta.

Pasaban los minutos y no salía.

Los testigos gritaban aterrorizados.

Un individuo trajeado que parecía esgrimir una opinión más que autorizada, sentenció que el edificio estaba a punto de desplomarse.

Hasta que al fin, cuando todos habíamos perdido la esperanza de que hubiera supervivientes, vimos aparecer a Panadero con la chiquilla en los brazos, algo chamuscados pero en buen estado los dos, tatareándole con su cavernosa voz una de las canciones secretas de su repertorio para evitar que se asustara.

Entre los vítores y aplausos de los asistentes, entregó la niña a los padres y se dirigió hacia mí, visiblemente incómodo ante las muestras de agradecimiento.

Fue en ese momento cuando se produjo el derrumbe del bloque de viviendas y con un gesto aprovechó para indicarme que nos quitáramos de en medio aprovechando la distracción de todos.

—     Biedma –me dijo mientras nos perdíamos por las calles de su barrio- respecto a tu novela, no tienes por qué preocuparte; estoy seguro de que los de Ediciones B la publicarán -como así fue-, pero si tuvieras algún problema, siempre podrás editarla con nosotros.

—     David, deberías dejarte crecer el bigote.

Abril, 2012