Armandito

(Cuento)

Jorge Chavarro

 

Me llamo Armandito, así me bautizó Don Armando desde el día en que pasé a ser propiedad suya en la tienda de fierros.  Don Armando es el más experimentado de los carniceros en muchos kilómetros a la redonda, sé que me quiere a pesar de mi vejez, porque sigo cortando bien y puede decirse que mi vida no ha sido inútil como la del puñal de Borges, aunque existen peros y cuestionamientos, en fin, no todo puede ser perfecto, no todo puede limitarse a la nítida pureza de los cortes que hago, ni a la exactitud con que logra Don Armando calcularlos, en error de unos pocos e imperceptibles gramos.  Don Armando  y yo hemos caminado juntos nuestras vidas, la suya de carnicero y la mía de cuchillo suyo por años y años, unas vidas de un paralelismo tal que ha puesto los puntos de las dos líneas tan cerca que podría hablarse de una sola vida en una sola línea.

Me gustan mis funciones, porque he sido su instrumento de trabajo además de amigo y confidente.  Don Armando ha sabido transmitirme de su mano esos sentimientos suyos cuando estamos conversando, lo que ocurre varias veces al día, anuda su mano sobre mí en la empuñadura y me guía en el suave deslizar sobre las carnes, mientras siento la sangre corriéndole en las venas, trayéndome sus cuitas y alegrías, sus amores y odios que como todos tiene y de a montón.

Cada mañana Don Armando me limpia, ése es mi baño matutino, primero un poco de agua en la piedra de amolar, aguzando la calidad del filo, lo que es para mí como un lavar los dientes, luego más agua con un poco de jabón y esponja,  escuchando de la radio las noticias y música, eso sí boleros y rancheras con algún que otro pasillo, y en la tarde salsa, cumbias, vallenatos y merengues, al menos así fue hasta el día de la tragedia, desde entonces solo escucha boleros rancheros y corridos.  Es que también hemos pasado malos ratos y alguno que otro día en la cárcel, por fortuna no muchos, el juez y el abogado supieron entenderlo en su dolor extremo y lo dejaron libre pronto sin violar ley alguna, porque las leyes de entonces consideraban atenuante la ira y el dolor intensos, lo que sonaba más a exculpación total, pero las leyes están para cumplirlas y no fueron hechas por Don Armando, con él solamente se cumplieron, claro, no sin la protesta de algún grupillo feminista, que por entonces ya existían, pero en fin, luego que reabrimos el negocio poco a poco regresaron los clientes que son  mayoritariamente las, es decir las clientes o las clientas si lo prefieren así.  Han pasado muchos años desde el día aquel de la tragedia, y muchos más desde que empezamos a trabajar juntos en el negocio de las carnes,  tantos que últimamente hemos estado haciendo los inevitables planes del retiro.

No quisiera hablar de eso, pero haciendo una excepción por su pedido amable, voy a contarles esa parte de la historia nuestra, el mal rato o la tragedia, como quieran llamarlo.   Don Armando es un hombre como todos, lo que quiere decir que alguna vez amó.  La quiso por linda y por esa forma de vestir que la hacía provocadora  aún en la sencillez de sus vestidos, mostrando su exuberancia pero dejando a la imaginación el espacio suficiente para actuar, y adornándose solo con collares y pulseras simples, el reloj y el caminar sensual, la idolatró por sus caderas ondulantes al ritmo de sus pasos que le ascendían rítmicamente desde la punta de los pies y los talones, siempre montados en zapatillas de colores llamativos con tacones altos, y al descubierto la mayor parte de los pies, se prendó de sus pasos y su sonrisa plena, la veneró con devoción también por creerla suya solamente, al fin y al cabo es un hombre de la época en la cual una mujer era solo de un hombre y así la quería él, y a lo mejor ella también lo amaba, hasta el día en que otro consiguió enamorarla y ahí fue Troya, porque pueblo chiquito infierno grande y a Don Armando desde siempre lo conoce todo el mundo, por eso no faltó quien le llevara el chisme.  Antes de eso él era un hombre risueño, llegaba a la carnicería silbando de contento y me contaba de las noches deslumbrantes con su amada, a cada cliente le daba el buenos días adornando sus rígidas facciones con una sonrisa que se le borró para siempre desde el día que le contaron el cuentico triste, entonces empezó a enterarme de sus planes, quería matarlos y romperle a él su corazón cuando estuvieran juntos.  Después su plan cambió, quería matarlo estando solos, extraerle el alma buscándola a ella para hacerla nuevamente suya, por eso planeó el supuesto viaje de negocios para comprar ganado en otros pueblos donde estaba más barato, de tal manera que ella se lo contara a su amante y acordaran una cita.

Para despistar nos levantamos más temprano, esa noche yo no dormí en la tienda, dormí con ellos en la casa aunque ella no lo supo, en la mañana la despedida fue normal y hasta con beso y que tengas un buen día mi amor y tú también mi vida,  a mí me envolvió en mi funda de cuero y escondido en su saco salimos,  luego cuando ellos esperaban que ya estuviéramos viajando, regresamos a casa  La encontró luciendo su mejor vestido, maquillada y perfumada, engalanada como para irse de fiesta, sorprendida al verlo llegar  no supo contestarle a dónde iba, entonces Don Armando la enteró de lo que le habían contado, resentido de traiciones, con las lágrimas sirviéndole de prisma a sus pupilas para dibujarle en las retinas la imagen más hermosa que recordara de ella, agarrándola de los cabellos  me sacó de mi escondite, su mano derecha firmemente crispada en mi empuñadura hacía visible la tensión de cada ligamento desde los dedos hasta el brazo, y engrosadas las venas, prolongándose todos sobre la vellosa piel al igual que los músculos también tirantes y evidentes, los nudillos como si fueran ojos para guiarme en la mortal tarea que me había asignado, listos para asestar el golpe, apuntando al abdomen, queriendo hacerme entrar por todo su centro, en el ombligo donde antes se regodeó con besos infinitos y ahora imaginaba la confluencia vital, el elemento a apagar para terminar con esa vida ahora odiada, su mano izquierda contraída sobre la larga cabellera, inmovilizándola más por el pánico que su actitud y su mirada le estaban produciendo, que por la fuerza, de hecho ella tenía las manos libres, pero era como si estuviera atada por la parálisis que el terror le produjo, entonces lanzó la cuchillada, y fui entrando en su abdomen como si no existiera obstáculo, la tela del vestido y la piel parecieron blanda mantequilla, así traspasé tranquilamente la barrera de los músculos y seguí mi viaje destrozando vísceras hasta frenar contra las vertebras después de seccionar arterias y venas, que en segundos vaciaron su contenido hasta dejarla exangüe, solo hasta entonces la soltó de los cabellos y me retiró de su destrozado vientre.  Su palidez y su rictus le dieron la señal de la tarea concluida, la dejó caer y observó como permanecía escultural y majestuosa en la ausencia de vida, espléndida aún después de muerta, irremediablemente bella hasta más allá del odio.

Después fuimos por él, a cumplirle la cita que tenían, cuando vio a Don Armando entendió que algo estaba mal pero sin sospechar lo sucedido a su amante. Don Armando avanzó, le tendió la mano diciendo buenas tardes, he venido en lugar de ella, y él por la misma sorpresa no pudo contestar nada, su rostro intentó disimular el temor que le cubría los ojos y le bajaba al pecho haciéndose visible sobre la camisa que estrenaba y el pantalón de lino también nuevo. No quedaba duda de que la esperaba.  Yo aguardaba de nuevo escondido bajo el saco, listo como siempre, y otra vez sin aplazar sus intenciones y sin más mensaje que mi presencia, me asió con firmeza y me empujó con toda la fiereza de su odio y sin remordimientos, buscando destrozarle el corazón de un solo tajo, para no prolongar más esa jornada despiadada.  Rodó por el suelo, cayendo a sus pies como una piedra, sin tiempo para transpirar el miedo, con solo unos segundos para entender el porqué, después me sacó tratando con un giro de destrozarlo todo, queriendo borrársela del alma.

Del Autor

Jorge Chavarro
Médico Colombiano actualmente residente en Houston, Texas. Su artículo sobre el conflicto Colombiano es un escrito presentado a la Universidad De Sam Houston en Huntsville, Texas, para ingresar a la maestría en español que actualmente cursa.