La sangre del Tequila (VII)

Novela por entregas

Félix Luis Viera

Me sentía abrumado, como la heroína de una novela de amor. En la misma medida en que dudaba, me retractaba, reanalizaba, tomaba una decisión a las 10 de la mañana y la decisión contraria 15 minutos después, y de nuevo la anterior tres minutos más tarde.  Comprendía que estaba clavando más y más mis piernas en la Nada. Perdí el gusto por algo que para bien y a veces para mal me había identificado siempre y que a la par tantos percances me había traído: mirar a las mujeres, observarlas, escrutarlas, imaginarme partícipe de sus células, olfatearles desde lejos sus interiores. Eso digo: solo paladearlas con la vista; hasta esa manía, antes incontinente, había perdido yo entonces, no hablemos ya del intento de acercarme a otra mujer, de intentar tenerla.

Una de mis obsesiones paradigmáticas había sido poseer una mujer policía, y aun amarla si era posible. Algo que desde púber me llenaba de campanas la cabeza. Un desquicie mental como tantos, como otros padecen de obsesiones del mismo rango para criar periquitos, recolectar sellos postales, tener el poder presidencial o el clerical. Ya ni me acordaba de que me había poseído esta fijación: el trance con Verónica Illescas, inconscientemente, me había desechado aquel empeño, antes presente casi a tiempo completo.

Dijo aquel sabio belga: “La realización del sueño te llegará cuando no puedas tocarlo”. Y así fue en mi caso.

Lucía Luévano era agente de la Policía Auxiliar y la conocí en uno de mis deambulares por el Parque Lira —un sitio hermoso, donde sin embargo las ratas, más que huir de un lado a otro, se pasean, altaneras—; buscando una pista, algún acontecimiento debería de haber en la Tierra, en esta ciudad, que me sacara del éxtasis –de aflicción— con Verónica Illescas. Lucía Luévano estaba sentada en una banca junto a la acera, tenía esa expresión de los humildes —nunca abren la mirada por completo, más bien parece que reflexionan con los párpados algo cerrados, la vista lisa, recta, indefinida, indefinible—, el cabello negro agarrado en un moño casi en el centro de la cabeza, lo que yo hasta entonces no había visto en alguna mujer de esta ciudad. Traje a mí aquellos bríos de cuando yo era, en realidad, un hombre, y —luego de sobreponerme a una suerte de potencia interna que, con saña, se enfrentaba a mis propósitos—fui hacia allí y me senté en la banca, junto ella. El sol caía, enfrente, deslumbraba la mirada. Lucía tenía la piel color miel —algo hermosamente singular en esas mujeres que desde pequeñas se la han acicalado, le han estimulado el lustre; no era el caso de Lucía–; de baja estatura; aparte del moño dicho, su cabello estaba peinado de tal modo que parecía encolado en ambos lados de la cabeza y en la nuca. Me llamaron la atención sus orejas, chicas y de tal armonía que daban la impresión de un dibujo, afinado por mano maestra.

Inicié esa conversación vacía que utilizan los hombres para acercarse a una mujer, como qué calor hace o exclamar con pesar que anunciaron lluvias para la noche, luego de pedirle permiso para sentarme en la banca; tratándola siempre de usted.

Ella vivía lejos de allí, en la colonia Barrio Norte, en el medio oeste de la ciudad, y donde ni la misma Policía se atrevía a entrar en la noche.

Ya de camino me confesó que podría contar en la memoria las veces que había viajado en taxi. No tenía ni teléfono celular ni computadora y, por consiguiente, tampoco correo electrónico.

En algunos momentos quise retroceder, bajarme del taxi después de pagar el viaje de ella al chofer, pero me potenciaba diciéndome que Lucía Luévano era una mujer singular, ella me rescataría del Holocausto Verónica.

“No se puede esperar que ocurra algo bueno en una ciudad donde los policías ganen tan poco”, dije para mí pero en alta voz mirando por la ventanilla. “¿Mandé”, inquirió Lucía. Lo repetí, bastante cerca de su oreja antológica, pero no dijo nada; estuve seguro de que era un dictamen muy lejos de su alcance, “de su alcance sociológico”, diría un especialista.

En la colonia Barrio Norte. Una casa bajita, de ladrillos desnudos pintados de un verde pálido (no claro), techo de planchas de asbesto. Estrecha en fin hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, hacia atrás. Pegada, empotrada casi contra un farallón. Allí vivía Lucía Luévano, entonces de 32 años de edad, madre soltera con un hijo de 8 años. Policía Auxiliar del Distrito Federal. También vivía allí la Madre.

Desde aquella tarde en el Parque Lira, cuando pronunció la primera palabra, surgió un hándicap: su voz era muy parecida a la de Verónica, solo que un poco más dulce, exenta del calor que la lengua de Verónica pondría a la pronunciación.

La Madre transó en irse con el niño a un parque cercano; un parque que, cuando lo vi por primera vez, me agallinó aun los huesos: tenía acaso dos farolas anémicas que daban una luz que, tal parecía, aportaba más oscuridad. Y seis o siete bancas de cemento rugoso.

En las noches en que fui, digo, la Madre se iba con el niño a aquel parque.

Le atribuí mis varios fracasos consecutivos a tres causas: el condón, el calor del verano centuplicado por el techo de asbesto y la acumulación del sol en los ladrillos desnudos —fue en verano—, más la presión por el regreso de la Madre del parque.

Cuando volvía del parque, la Madre, más que en otros momentos, traía esa expresión de los resignados (la mirada baja, los labios apretados). Iba hacia la cocina después de dejar al nieto en el cuarto en que dormían los dos en la misma cama. Algo bebía y luego regresaba al cuarto, separado  de la sala, la cocina y la cama de Lucía Luévano por un tabique que no llegaba al techo. Se escuchaba una oración, y el asentimiento del niño.

El día que conocí a Lucía en el Parque Lira ella estaba vestida de civil, con pantalón azul de mezclilla, una blusa igual, una chamarra también azul, leve, de hule brillante. Creo que, en el mundo todo, las mujeres se han robado el pantalón para ellas; será porque es más cómodo, y aquí, en esta ciudad, además, de acuerdo con lo que consta en las actas policiales, porque con pantalones ellas no alebrestan a los “cerebristas”. Pero estoy seguro de otra causa: el pantalón oculta unas piernas sin volumen —algo que abunda en este valle—, rodillas huesudas, marcas, rasgones en la piel. Justamente la mezclilla, su textura, alcanza una consecución sin precedentes —lo afirman desde modistos hasta psicólogos, pasando por las más notables asesoras de imagen de América Latina—: realzan en las nalgas la masa que no hay.

Lo que quiero decir es que de primera vista no había podido ponderar —por ese espejismo de la mezclilla, que tal vez en mí, por razón de paradigmática sugestión, se centuplica— con justeza el cuerpo cual totalidad de Lucía Luévano.

Ceñido, diríamos. Los senos medianos a medio andar entre el levante y la caída; beige los pezones redondos, como estallados en las bases. Las nalgas, romas casi. Aún su cuerpo punteaba como jugoso: todavía la piel rezumaba algún jugo interior.

De las varias veces que intentamos en su casa, unas ella me esperó con el uniforme puesto, había regresado del trabajo hacía poco; otras se vistió con el uniforme, pistola incluida, para esperarme. Son caprichos de los hombres, le respondió a la Madre cuando esta le preguntó por qué.

Como debía suponer según mis estadísticas, mi pene naufragó repetidamente sumido en el látex. Cuando habíamos acordado el condón, ella había dicho “sí, tantito, hasta más ver”. Algunas noches de tanto calor-vapor entre las paredes de ladrillos desnudos (desnudos por fuera y por dentro), la erección resultó nomás que un ímpetu sumo, fulminado de inmediato. Me anegaba ese sudor que no es consecuencia de la temperatura ambiente, sino de la rabia. Cuando pareció que mi pene contribuiría al máximo, preparaba yo la frase obsesiva que había ensayado durante tantos y tantos años para ese momento en que poseyera a una mujer policía: “Por favor, echa la pistola a un lado”.  Quedaba tendido sobre Lucía Luévano, quien me pasaba la mano por el cabello, me acariciaba la espalda repitiendo “ya, ya, no es nada”.

En los finales, la escena se repitió igualmente, aun con las mismas palabras. El único cambio: el condón más texturizado, saborizado, frutalmente lubricado, calorífero que había en el mercado, que costaba lo mismo que cinco balas calibre 9 mm en el barrio de Tepito.

Le pedí el riesgo —para ambos— de hacerlo sin condón. Pero yo ya tenía una rasgadura en esa muesca del cerebro donde, según los psicólogos, se aloja el circulito blanquecino que ellos llaman Sugestión. Apenas el falo cabeceaba en el umbral de la vagina de Lucía Luévano, era la voz de Verónica Illescas la que me animaba allí en la cama traqueteante de Lucía “tú puedes, tú puedes, mi niño”. Así, haciéndolo a piel libre, había sentido —aunque mediante suma levedad—, por medio de mi falo a medio cocer,  el calor vaginal de Lucía. Sólo eso.

Cuando yo la visitaba, fuese de noche o de día, ella me acompañaba dos cuadras más allá, por donde pasaba el microbús. “No hay que confiarse”, decía. Dos o tres veces recorrimos, de día,  buena parte de la colonia Barrio Norte; ni a la luz del sol aquellos sitios dejaban de ser sombríos; ni entonces dejaban de sugerir que la muerte se podía sobreponer a cualquier voluntad.

Del Autor

Félix Luis Viera
(Santa Clara, Cuba, 1945). Poeta, cuentista y novelista. Ha publicado los poemarios: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC, 1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas), Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba), Poemas de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba) y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010); los libros de cuento: Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición 1986) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003), la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005) y El corazón del Rey (2010, Innovación Editorial Lagares, México). Su libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos, de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura. En México, donde reside desde 1995, ha colaborado en diversos periódicos con artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado como asesor de variadas publicaciones periódicas.