Patpong Road

Fragmento de Novela

José Luis Muñoz

Patpong Road, José Luis MuñozOriente no tiene una explicación racional, no se entiende a primera vista, entra por los sentidos y sale, a la misma velocidad, por la razón, pero fascina. A mí. Ocurre como con las mujeres, no se puede razonar porque te enamoras de ellas. Es su olor, la amalgama de ruidos, la terrible humedad, la estática belleza de sus muchachas, el caos de sus ciudades, su música electrizante.

Nos alojamos en Bangkok, en el hotel Asia. Desde este viaje será nuestro hotel de referencia en Tailandia. Su precio es asequible, las cucarachas no salen por los conductos del aire acondicionado si fijas en 16 grados el termostato y el buffet del desayuno es tan contundente que te permite patear la ciudad sin más necesidades que detenerte de vez en cuando a tomar un agua mineral para evitar la deshidratación.

La primera impresión que Bangkok le produce a Claire es desaliento e irritación. Le aturde su caos, le repugna la suciedad de sus calles, le asquea el mal olor de sus canales y, sobre todo, no aguanta su brutal humedad. Lo de la humedad, confieso, yo también lo llevo mal.

— Regresemos a Barcelona – me ruega, el primer día, desfallecida y sudorosa, en el Templo del Buda Esmeralda, la joya más exquisita del arte religioso tailandés, el orgullo de la capital del reino de Siam, al borde del desmayo, toda ella una gigantesca gota de sudor.

Pero se habitúa, como me habitúo yo, y pronto queda, a su pesar, enganchada al embrujo de la ciudad, entra en el juego del regateo interminable y agotador, participa de su alegría ruidosa de gran bazar y se aficiona a la comida picante que asocia a las ganas imperiosas que tiene de hacer el amor conmigo, a todas horas.

Restringimos las salidas del hotel a las horas bajas del atardecer, cuando el sol es agónico. Jugueteamos con indolencia en la cama, una vez que las camareras la han hecho y nos han colocado el delicado presente de una flor de loto sobre las sábanas y frescas rodajas de piña sobre un plato en la mesita de noche. Nos amamos. Constantemente. Nos amamos en la cama, sobre la verde moqueta que cubre el suelo, ante el espejo del lavabo, contra la puerta del armario, en la ventana, en la terraza, y tiembla su cuerpo, bajo mis embates, con la misma emoción de los primeros momentos. Salimos al atardecer, cuando el sol mengua, cuando en las calles encharcadas se evapora el agua del último aguacero del día, y acudimos a extasiarnos con el espectáculo del atardecer desde la terraza del hotel Shangri La con las manos cogidas como si fuéramos recién casados. Queremos estar siempre en contacto, que exista un vínculo físico. Su mano me recuerda siempre cuando la conocí, cuando me la dio y yo la toqué durante décimas de segundos en aquella discoteca al aire libre de La Escala y me alteré para siempre.

En los hoteles siempre se hacen relaciones si uno es algo abierto. Claire se fijó en un compatriota al segundo día. O mejor habría que decir que fue él quien se fijó en Claire. Era natural. Había que ser muy ciego para no mirar a una muchacha tan hermosa como ella y a mí no me importaba sino que me llenaba de orgullo que los hombres se volvieran locos mirando a mi mujer. Era un parisino distinguido y no tardó en relacionarse con Claire. Durante un desayuno no tuvo rubor en explicarnos que sus viajes a Tailandia tenían por objeto fundamental apropiarse de algunas de las formulas magistrales de su cocina y aplicarlas al restaurante que regentaba en el Barrio Latino de París. Una mañana no pudo más y se sentó a nuestra mesa. El rito se repitió todos los días, hasta que emprendió vuelo de regreso a su querida capital.

Frank Montigani. Gastrónomo. Nacido en Toulouse el 9 de septiembre de 1939, pero criado en las orillas del Sena. Regenta un restaurante en el Barrio Latino que se llama Le riz de l’Orient. Vivió toda su juventud en Vietnam. Allí tuvo el honor de conocer a Margarite Duras.

— ¿La señorita Duras? Era una niña depravada, aunque he de reconocer que me gustaba su aspecto travieso y sus ojos eran francamente hermosos, hablaban por sí solos. Coincidí con ella un par de veces en el Club Francés de Saigón. La familia pasaba por penalidades financieras. La mía tampoco estaba en una situación muy boyante, que digamos. El mito del colono rico sólo lo he visto en las películas. Los colonos eran labriegos miserables pendientes de las cosechas con unos cuantos trabajadores nativos mal pagados que les llamaban sir y madame.

Siempre me gustó la prosa de Duras, y la personalidad de la propia Duras. El amante y esa reedición que hizo con El amante de la China del norte. El dolor, quizá su novela más controvertida, la más audaz, cuando cuenta la satisfacción que le producía la tortura. Novelaba su atribulada vida, convertía en literatura cada una de sus miradas, los cigarrillos que se fumaba, los vasos de whisky que ingería, sus coitos. Era una especie de Edith Piaf de la novela francesa, pero más culta y elegante, aunque tan canalla como El ruiseñor de París. Había vivido de forma intensa, sin límites, y las novelas eran los testimonios de esas vivencias.

— ¿Escribía cuando la conoció?

— ¿Margarite Duras? Creo que sí. Sí, escribía, para desespero de su familia que estaba convencida de que ésa era una actividad estúpida, una chiquillada.

— Cuidado con lo que dice, Frank: está hablando con un escritor – le advirtió Claire.

— ¿Escribe libros, René? ¿En serio? Siempre he admirado a los escritores aunque soy un pésimo lector. Me gusta el ensayo, porque creo que la novela es una frivolidad, una forma de evadirse. ¿De qué vive si ya nadie lee? Haga programas para televisión, guiones para series. Creo que el último libro que leí fue uno de cocina hace cinco años.

Escribía regularmente desde hacía diez años. Un poco de todo. Novela, ensayo y artículos periodísticos. Nadie me reconocía por la calle, pero tampoco lo deseaba. Tenía un cierto reconocimiento en los círculos literarios a raíz de haber conseguido algunos premios. Estaba dentro de un pelotón formado por unos mil escritores que se estrujaban cada día el cerebro para comer caliente, una tribu mal avenida y cainita que nos apuñalábamos en cuanto nos dábamos la vuelta. Escribía porque no sabía hacer otra cosa y porque me divertía hacerlo. Una habilidad como otra cualquiera.

— ¿Está casado, Frank?

— Lo estuve. Ella era vietnamita. No estaban bien vistos los matrimonios entre occidentales y orientales. Había una actitud vergonzante. Sexo con ellas todo lo que se quisiera, pero no matrimonio. ¿Han visto El mundo de Suzie Wong?. William Holden se enamora perdidamente de Nancy Kwan, pero finalmente desiste de su relación porque ella es distinta, de otra raza, y no hay acuerdo posible entre culturas. Una hipocresía esa de que las mujeres exóticas servían para la cama pero no para casarse. Mi mujer era extraordinariamente bonita y fuimos muy felices en Vietnam, pero murió de cáncer en cuanto nos trasladamos a Francia. Creo que el cáncer le vino de la añoranza de su país. El Sena no es el Mekong, me solía decir, y se enfadaba cuando le decía, Claro que no, es mucho más bonito porque pasa por París.

Frank es de esas personas que hablan y necesitan ser escuchadas. No admite un contertuliano pasivo e inquiere siempre su opinión para certificar que le está siguiendo. Aparenta tener unos sesenta años pero parece estar en excelente forma física gracias a que hace natación cada día, incluso cuando está de vacaciones, incluso en el hotel Asia cuya piscina de reglamento está en la última planta, a cielo abierto, con las aguas repletas de insectos que se ahogan en ellas. Me confiesa, en un momento en que Claire se levanta para llenarse de nuevo el plato de pollo y arroz basmati, su fijación por Patpong Road y sus chicas. Es la primera noticia que obtengo del barrio caliente de Bangkok antes de saber que va a marcar mi futuro. Le escucho con atención.

— No son esa clase de profesionales que hay en Francia y supongo que en España. No parece que lo hagan por dinero, ¿me entiende? Son actrices formidables. Te transmiten la engañosa sensación de que es la primera vez que lo hacen, y de que les gusta tanto hacerlo que solo lo harán contigo. Así pescan a muchos de sus clientes estas habilidosas sirenitas. ¿Ha ido? No, claro, a usted no le hace falta: tiene una mujer hermosísima, bribón. ¿Cuántos años tiene su Claire?

— Veinticinco.

Claire vuelve con un plato atiborrado de carne y arroz. A esta edad uno se puede permitir cualquier exceso, del tipo que sea, porque la grasa busca el mejor sitio para ubicarse. Frank me da un codazo.

— ¡Cuánto le envidio! ¿No hay chicas en su país que se ha tenido que fijar en una francesita? ¡Bribón!

Claire devora. Bajo el influjo del potente aire acondicionado la comida especiada entra sin dificultad en su estómago. Dentro del hotel estamos a dieciséis grados mientras afuera, en la calle, la temperatura ronda los cuarenta y la humedad es del cien por cien, como si toda la ciudad fuera una inmensa charca. La comida repone a Claire lo que quema durante los coitos interminables, esos ejercicios extremos de placer que nos damos sin tregua, una gimnasia de flexiones, frotamientos y golpes de pelvis contra riñones. Esa comida se distribuye luego con inteligencia en su cuerpo, en las zonas que a mí me apetece tocar, rehúye, de momento, el abdomen, los muslos, se concentra en nalgas y pechos siguiendo las pautas de mi deseo. Es como si yo guiara sus alimentos por el interior de su organismo.

Del Autor

José Luis Muñoz
(Salamanca, 1951). Estudió Filología Románica en la Universidad de Barcelona durante los años de las revueltas estudiantiles contra la dictadura franquista y militó en grupos de oposición democrática hasta la muerte de Franco. Es escritor, novelista, articulista, apasionado del cine y viajero. Entre los numerosos premios literarios que ha obtenido a lo largo de su carrera destacan el Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón y Camilo José Cela. Publicó en Etiqueta Negra, la mítica colección policial de Paco Ignacio Taibo II para Júcar, sus dos primeras novelas policiales: El cadáver bajo el jardín (Júcar, 1987) y Barcelona (Júcar, 1987). Autor de una larga obra sus últimas novelas publicadas son todas de género negro: Lluvia de níquel (Algaida, 2004), Último caso del inspector Rodríguez Pachón (Algaida, 2005), La caraqueña del maní (Algaida, 2007) El mal absoluto (Algaida, 2008) y El corazón de Yacaré (Imagine Ediciones, 2009). Tiene en la red el blog literario La soledad del corredor de fondo. Acaba de ganar el IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona con La Frontera Sur (Almuzara, 2010).