Misericordia

Poesía

Alejandro Querejeta Barceló

1.

Éramos, quién lo recuerda,
quién con tanta embriaguez
en tiempo de densas sombras.

Éramos todos como perros
de paja para el sacrificio.
Opacos, como el agua turbia.

Perros a los que golpean,
cuyos lamentos nadie oye,
simples ofrendas de su tiempo.

Perros de paja para el sacrificio,
en el cofre lujoso de la fiesta,
llevados entre burlas al altar.

En  tiempos de incertidumbre
ardimos en una hoguera ajena.
De la nada, nada puede salir.

La luna y el agua vaciándose
en los sombríos acantilados.
Así aquellos  días del hombre.

Creímos las mentiras de los viejos,
aquellos recurrentes fariseos,
y  descreídos volvimos a la casa.

Éramos como un flauta vacía,
extraños al amor y la cordura,
animales torpes de matadero.

Aquellos recurrentes fariseos,
con el engañoso sésamo
de sus normas y sus prédicas.

Ellos hicieron arder los sueños,
sus cenizas las dispersaron.
Obedientes, crueles fariseos.

Éramos, quién lo recuerda,
quién con tanta embriaguez
es capaz de recordarlo ahora.

 

2.

Talaron el pequeño bosque.
El cardenal de rojo pecho
va de aquí para allá desolado.

Con él la lámpara del cuerpo
se extinguió en agonía y dolor.
Densas son estas tinieblas.

Trajeron higueras de Berbería,
el extraño y punzante agave.
Ocultaron lo que era y ya no es.

Todo al revés, todo sin sentido.
Bosque  que sólo existe en mí,
el bosque perfectamente vacío.

Nadie nos dice cómo ni cuándo.
El pequeño pájaro de rojo pecho
insomne desgaja sus horas.

Largo el ayer, hoy con mañana.
Los montes ahora lo sustentan
al pájaro del bosque de entonces.

Verde sobre verde y su sangre,
apenas una gota sobre su cuerpo,
una simple huella, un simple latido.
Ciego pájaro engañado por el sol,
como si el cielo no lo quisiera ya,
vuela a  los tilos vacíos de follaje.

¿Dónde su tesoro, su corazón?
Con el bosque se fue la plenitud,
el viento  al cruzar entre los cedros.

 

3.

Flotas sobre las olas a la deriva,
no basta con preguntar quién es,
cuando te toco o me aparto de ti,

Sé que nada queda por hacer.
Todo está vacío en exceso.
En tu caída no hay oscuridad.

El invierno resiste en su sustancia,
severo el tiempo, dulce y odioso,
sin rastro de lo que entonces fue.

Es el viento de hojas amarillas
esperando en el cauce desolado.
Su camino allí donde es invisible.

Vergüenza, espanto del alma,
baja su rostro con nostalgia.
Sé que nada queda por hacer.

En un rincón extraño y mudo
sólo la vieja taza del espumoso
y humeante té que nos sostiene.

 

4.

Este es el mejor de los hombres,
fluye igual que el lecho de ese río.
Y como él esconde  su misterio.

Fluye y esos otros lo desdeñan,
no busca luchar,  permanece libre,
hay miedo escondido en su interior.

Esperamos debajo del manzano,
lento su perfume nos envuelve.
Esperamos y no ansiamos luchar.

Y así se tensa el arco hasta el límite,
así al máximo se afila la espada,
al borde de la fortuna y el desastre.

Perseguimos el ideal del corazón,
una sombra poderosa que canta.
Dios es todo y el sueño es Dios.

Del Autor

Alejandro Querejeta Barceló
(Holguín, Cuba, 1947). Poeta, narrador, periodista, editor y docente. Profesor del Colegio de Comunicación de la Universidad San Francisco de Quito, investigador del Centro Cultural Benjamín Carrión, y Subdirector del diario La Hora. Desde 1993 reside en Ecuador, donde ha publicado el poemario Álbum para Cuba (Quito, 1996) y recientemente Periodismo de Investigación (Quito, 2011).