Noveno círculo

(Fragmento de novela homónima)

René Fuentes

Leo y releo el libro que voy a escribir.
Edmond Jabès

The way we had come was all we could see.
John Ashbery

 

 

Canto I

Noveno círculo, novela de René FuentesAhora estamos aquí, Rampa abajo, en La Habana. Corto de un tajo mis pensamientos y trato de meterme en la sonrisa y en las conversaciones de los cubanos que pasan. No pensar, no representar, ir por la isla con los pies ligeros y como escudo un vacío firme. Ser extranjero: ésta debe ser mi meta. Así me ven, así me hablan, así me tratan en cada lugar que pregunto, en cada tienda, en el hotel. Así ven a la parte de mi familia que traje y me acompaña. Nadie antes de entrar me lo exigió, pero una parte de mí ya está domesticada y sabe que no debo quemar otra vez con palabras las comodidades del silencio obediente que, después de catorce años de castigo, me permitió entrar.

Llegamos en un vuelo con escala en Panamá. Llegamos con siete valijas repletas de regalos y esperanzas. Palabras comunes no. Lugares comunes tampoco. Llegamos para, por, porque… En fin, llegamos porque cubano fuera de Cuba es canario sin jaula, sin poder cantar. Llegamos y el viaje comenzó tantos años antes; cuando me quedé allá, como un bulto humano en otra parte. Ya escribí todo eso y no vale la pena revivirlo, contarlo, repetirlo.

Soy lo que quieras, lo que odies, cualquier cosa, me da igual. Soy el hijo de mis padres y el padre de mis hijos. Soy la ruina circular y la tercera orilla de mi sangre. Soy la otra Cuba y la otra cubanía: las que no están, no gobiernan, no generan compasiones ni compromisos patrioteros, tampoco héroes grandilocuentes. Soy la mala Cuba, la espalda sucesiva de los traidores. Soy la Cuba que la otra Cuba denigra, chantajea y, para dejarla entrar, le cobra lo que quiere y se la singa. También soy otra Cuba. La mía, la que sale todos los días por los ojos de mi hija cubaya: sangre cubana y judía; amor del amor que parí con mi mujer. La Cuba que nadie me pide ni doy.

Ahora uno baja en el aeropuerto José Martí y los mismos militares uniformados de antes dividen el tumulto en dos colas: cubanos y extranjeros. No importa de dónde vengas, no importa de dónde seas. No importa por qué ni hasta cuándo. Vienes y eres cubano o no. Porque en Cuba, los cubanos entran con pasaporte cubano y siguen siendo ciudadanos cubanos. Aunque no residan en Cuba, aunque nada pueden ser ni tener aquí. Treinta días es la estadía máxima permitida. Treinta días, y el cubano y su familia tienen que registrarse en la oficina más cercana de inmigración y poner cara de ternero manso. Treinta días y si quieres más, paga más. Aunque nunca lo suficiente para poder quedarte. Treinta días y prepara los bolsillos y el corazón para ponerte a tono con otras profundidades de la desidia. Treinta días y la palabra exilio no existe, no está permitida. Además, cuando el cubano descansa en la piscina de un hotel cubano y servido por cubanos, la palabra y la condición pierden sus razones. Treinta días para gastar y gastarse. Treinta días bajo una lupa cotidiana, en las viñas del señor.

Vamos Rampa abajo, en La Habana febril y casi a oscuras. Vamos como nunca antes estuve aquí: sin prisa, con mis hijos reunidos y en un auto alquilado. Vamos con aire acondicionado y escuchando una grabación casera de Gente de Zona. Ya se desintegraron, dicen que uno de ellos se fue a Puerto Rico, pero en las ferias venden los discos copiados como pan caliente. También aquí escuchan a Los Salvajes y a otros grupos de reggaeton cubano, pegajoso como ensalada de quimbombó y mediodía de agosto. Vamos mi esposa, mi hija, mi madre, mi hijo cubano y yo. Vamos tratando de sintonizar y aflojar nuestras diferencias. Vamos en silencio y a todo volumen antes de meternos un poco más en el túnel de la realidad y salir de viaje hacia Oriente. Vamos ahora por el Malecón y piso el acelerador porque quiero sentir, saber que al menos con algo puedo cortar la parálisis triste de esta brisa.

Mi esposa se llama Silvia. Ella estuvo en Cuba varios años antes de conocerme; algo que, desde que llegamos, siempre explico a quienes no nos conocen. Lo hago por todo ese rollo de las jineteras y los jineteros que se van de Cuba a través de un matrimonio por conveniencia. ¡Una verdadera estupidez de mi parte! Todos los que nos fuimos y los que se quedaron somos jineteros. Todos hemos vendido una parte o toda el alma para estar y sobrevivir donde estamos. Y a los peores, como yo, nos acosa el más estúpido ideal: la honradez. Mi esposa se llama Silvia, prefiere que su pasaporte diga que es empleada, pero es socióloga. Ella ve a Cuba a través de su experiencia y sus expectativas de pequeña burguesa, con estudios universitarios, que trabaja nueve horas diarias y simpatiza con la izquierda de un país pobre pero democrático. También ve a Cuba a través de las expectativas de nuestra hija, que ahora va junto a su hermano y apenas se hablan. También ve a Cuba a través de la patria de mis libros y las intimidades de mi dolor.

Mi madre es otra madre cubana, viuda, trabajadora y militante comunista. Ella cobra 12 dólares de jubilación y se niega a aceptar todo rastro de la realidad que califico de miserable. La miro por el espejo retrovisor y piso el acelerador, meto el alma en el reggaeton, avanzamos con este modo higiénico de sonreír. Llevo lo que queda y puedo de mi familia. Nadie habla de eso. Ni ellos ni yo. Vamos por el Malecón, bajo este cielo plomizo de diciembre. Ayer hizo frío. Hoy no. Un bache, otra esquina oscura. El mar está revuelto y en algunos recodos las aguas saltan sobre el descascarado muro. Vamos hacia ninguna parte. Ayer, cuando llegamos, en el aeropuerto nos revisaron y pesaron las valijas. Yo por ser cubano no podía traer más de 25 kilos. Los extranjeros verdaderos sí, los que aquí no tienen familia ni vecinos ni amigos sí pueden entrar lo que quieran. Pero los cubanos no, 25 kilos es la cantidad máxima. Y si quieres traer más, paga más. Como si aquí alguna cosa sobrara. Como si al gobierno cubano le costara dejar entrar lo que en otra parte del mundo ya uno pagó. Medicamentos y alimentos no se pesan. Pero siempre existe la posibilidad de un tajo o  que un funcionario mire con demasiado cariño una valija. Y si no te gusta o protestas, tómate el mismo avión de vuelta.

Otra ola cruza el muro y me obliga a poner el limpiaparabrisas, que pasa y pasa y dice: no, no, no… Mi madre va atrás y abraza a sus nietos, estos hijos dispersos que tengo y le di. Mi madre es mi madre, pero no me perdona gran parte de lo que soy. Ella no entiende mis tres matrimonios, mi vida fuera de Cuba. Mi madre hace una pausa ante mi ropa nueva y limpia, admira el buen carácter de mi esposa y cuida el sueño de mi hija nacida en las entrañas de sus negaciones; mientras, con el otro brazo, resguarda otra dimensión del silencio del hijo del padre que, mientras el auto avanza, me corresponde ser.

Así llegamos al túnel real y al salir damos una vuelta en u para evitar el peaje y no seguir hacia Habana del Este. Estamos paseando. Por poco dinero y en menos de dos horas ya podríamos estar en Varadero. Pero no. Eso será mañana. Ahora nos espera una primera noche en La Habana. Como lo planificamos desde el invierno, tantos meses antes, cuando un día, después de tantos años, Silvia me dijo: ¿Por qué no preguntas otra vez en la embajada para ver si ahora te dejan ir? Y yo, bajando la cabeza, un viernes cualquiera, fui. Me trataron como si no hubiera pasado nada. Cortesía, sensibilidad, respeto y hasta un café cubano me sirvieron.

Ahora, en el tiempo de la narración y de la vida pre-literaria, estaciono el auto frente al hotel y le pregunto al portero si podría tener algún problema. El portero ríe, como evitando explicar. Sólo me responde: Déjelo ahí, señor. ¡Ese carro es del Estado, y aquí eso no se toca!

Subimos. Damos los regalos a mi madre y a mi hijo en nuestra habitación. Regalos y más regalos que son ropas, zapatos y otras pertenencias básicas que compramos mes a mes, a veces en cuotas, otras en efectivo, pero siempre guardándolas y acomodándolas varias veces; para calmar la ansiedad, para aliviar la culpa inevitable de disfrutar de lo que sólo trabajando allá uno tiene. Mi esposa y mi hija también reparten regalos. En medio de la euforia, destapo una de las botellas que compré cuando llegamos, después del encojonamiento de estar ahí discutiendo por el equipaje, viendo gente llorando, contando billetes arrugados, pidiendo dinero prestado, llamando por teléfono… Bebo el primer trago sin hielo y respiro. Corto la película del melodrama en el aeropuerto; y mientras mi madre y mi hijo siguen rompiendo papeles de regalo, miro por la ventana hacia la piscina. Respiro. Silvia me pregunta con un gesto qué me pasa y trato de sonreír. En este momento pienso que estoy subiendo otro escalón en nuestra fauna autóctona: ya no soy un gusano; ahora, después de tanto cargar y arrodillar las patas y la dura testa, soy algo así como un mulo. Otro mulo que sabe cargar un susurro como un velamen, una tierra donde el hielo es una reminiscencia; otro mulo que, entre callar o gritar, prefiere izar un pájaro y quemarlo en una conversación de estilo calmo.

Bajamos. Vamos a la piscina. Hay un poco de frío, pero nos sobran las ganas de sabernos felices y juntos en esta primera noche. Como un padre padrino, luego del primer chapuzón, los reúno alrededor de una mesa y pido a un mozo el menú… ¡Y otra vez de cabeza al agua! Y otra vez salir, saber el desespero de la noche en la piel, la risa de otros, el sosiego momentáneo de las angustias propias y ajenas, calladas y ciertas. Otra vez pagar y dejar propina con alegría. Otra vez una habitación de un hotel tres estrellas. Otra vez en Cuba y otro viaje al corazón del lugar, mi lugar.

Me ducho. Lavo con buen champú y buen jabón mi cuerpo de siempre. Mi hija duerme, mi mujer se viste y me pregunta dónde cenaremos. Mi hijo y mi madre descansan en otra habitación. Hay canales extranjeros en los hoteles cubanos. Y, cuando llamo para decir a qué hora saldremos a cenar, mi madre me dice que mi hijo está muy ocupado con los partidos de la liga italiana. El sol termina de hundirse detrás de unos edificios derruidos. La noche comienza.

                                                                                                             

 

 

 

Canto II

Ahora sí. Hoy sí. Después de desayunar, cargamos el auto con todo el equipaje y nos vamos.

Antes de salir de la ciudad, por confusión y otro tanto por verdadero placer, nos perdemos en La Habana Vieja. Nunca había vivido esta experiencia. Vamos paseando por todas estas calles de fachadas sin dientes; sedientas de pintura, de bienestar, de todos los remedios posibles contra la escasez. Hay un enjambre de turistas en cada esquina, también yendo o volviendo por calles empedradas. Hay vendedores informales, guías turísticos oficiales y clandestinos, putas con delicados anzuelos en la mirada, gente común que viene o va, otros esperan la muerte o el purgatorio en cada parada de guagua. Conozco esto. Quizás por eso disfruto verlo, del otro lado del parabrisas. Me descubro y me acepto cínico. Sin argumentaciones, sin sacar el pie del acelerador.

Dentro del auto, con aire acondicionado y unas buenas vacaciones por delante: el Parque Central, El Capitolio y su espalda pobre, el Teatro Federico García Lorca, la calle Obispo, El Floridita, el museo de Bellas Artes y hasta el Yate Granma tienen otro brillo, otro modo de pasar cómodamente frente a los ojos. Dentro del auto, también va una parte de mí que conoció esta Habana a pie, con los zapatos rotos y una croqueta seca en el estómago. Avanzamos despacio. Por el tráfico, por curiosidad, porque continúo pensando que La Habana sigue igual. Lo único nuevo que encuentro son algunos hoteles y recintos para turistas, también las evidentes diferencias de las clases sociales y esa cómoda señalética que ayuda a manejar o pasear sin mucho esfuerzo. Hay tanto deterioro, que las edificaciones nuevas y las remodeladas resultan demasiado evidentes. La ciudad parece un museo antiguo dedicado a mostrar este escenario donde lo viejo se enorgullece de ser resistente y piezas de la resistencia, mientras que lo nuevo se enorgullece de ser austero y piezas necesarias para mostrar el control estatal de la prosperidad. Todo está y ocurre en las mismas manzanas, en el mismo tablero. Y cada uno ve y juega a creer lo que quiere.

Estos policías que ahora nos saludan al pasar, esta dicha de ir en segunda, poner tercera y volver a primera sin prisa, sin ruido, con los vidrios cerrados y sin el calor de una guagua… En fin, pienso y pienso en las estaciones de una rabia que no quiero explicar. Cuando paro frente a un semáforo, trato de asomarme en los ojos de algunos peatones, pero no. No nos ven. Sólo reconocen a gente de otro lugar. Extranjeros, nos ven como extranjeros. O peor, nos ven como cubanos que vienen del extranjero como extranjeros. Y eso duele. Y a pie y con hambre es más difícil entender y perdonar.

Mi hija reclama que hace rato estamos dando vueltas y no salimos de la ciudad. Mi mujer está feliz y quiere bajar para caminar un rato por todos esos lugares que mi hijo, mi madre y yo sabemos que juzgarlos de una manera sensible y crítica le costaría años. O no, quién sabe. Pero es demasiado fácil verlos así: bajando de un auto, camino a Varadero. Por supuesto que no lo decimos. Otra parte de mí se separa del Yo chofer; que siente culpa, vergüenza… Otra parte me grita: ¡No seas comemierda, chico! ¡Disfruta! ¡Cualquiera que pudiera, lo haría! Otra parte de mí sabe y me dice que La Habana es una ciudad en ruinas y hermosa como tantas otras; que el auto y las fotos, la compasión y el rencor, la curiosidad y el hastío, la razón y la sinrazón no importan. Es La Habana con sus habaneros, sus orientales quedados, sus extranjeros. Es el día que así y aquí avanza. Cada quien paga una cuota de amor y obediencia. Con mis sienes atestadas de un enjambre discursivo, le digo adiós al Morro y piso fuerte el acelerador.

Cuando uno sale de La Habana por la costa y hacia Varadero, a medida que el mar se muestra, es un placer irresistible encontrar ese punto, la velocidad exacta en que el auto avanza sin esfuerzo y uno puede manejar y participar de las conversaciones recurrentes o cuidar el sueño de los demás. Todo un sistema de atenciones y tensiones que no impide lo mejor: mirar el Caribe. Esa línea de aguas que aparece y desaparece, pero siempre está cerca de la ruta y me recuerda que estoy en una isla, mi isla, con su olor a salitre y sus montes cercanos.

Es mañana abierta y el sol abrasa. Poco a poco los demás se duermen. Incluso mi madre, que hasta hace un rato venía haciendo el inventario de todos los familiares vivos y muertos. Un ejercicio que, durante estos catorce años, lo repetimos un par de veces allá, cuando pudo visitarnos. Nunca he acompañado a mis muertos. Mi abuela Aleida, madre de mi padre, la primera en morir, se fue mientras yo estaba en Holguín, becado, terminando los exámenes del octavo grado. Mi abuelo Chichín, el padre de mi madre, el Moro, como le decían, murió mientras yo estudiaba en La Habana; aunque la última vez que lo vi ya no era el hombre fuerte que siempre recordaré. Mi tío Amparado, mi tía Josefa y mi tía Elisa se murieron cuando yo pendía de cualquier día incluso en la intemperie de La Habana. Y mi padre…

Bajo a cuarta. El verde de las palmas y las guásimas del otro lado de las cercas del camino me parten la tranquilidad de la mirada. No sé cómo se llama, pero desde esta pendiente ahora veo un pequeño valle. Acelero. Quinta otra vez. Sigo pensando en mi padre, mi padre enfermo del corazón y de angustia por mí, por su único hijo varón y traidor. Mi padre y su resignación de saberme pobre en la pobreza de otra parte. Mi padre y aquella carta de invitación que recibió tres meses después de muerto. Mi padre y su gravedad. Mi padre aquí y yo allá, yendo a la Cruz Roja y llamando a la embajada de Cuba para que me dejaran viajar y despedirnos. Pero no. Aquel domingo 16 de diciembre, a las cuatro de la tarde, en Cuba, sentado en un balance, desgatado pero con digna calma, él murió. Yo, sin que nadie en ese momento me avisara, lo supe. Mi padre y el recuerdo de los dos juntos en una motocicleta, acompañándolo en sus recorridos por las vaquerías y los criaderos de cerdos y ovejas que él atendía como médico veterinario. Mi padre y mi cuerpo con la forma de sus brazos, sus espaldas anchas, estos gestos y esta voz, esta voz mía que me sale y me asusta y me parece a veces que hablo para escucharle. Mi padre…

Estamos llegando a Santa Cruz del Norte. Mi madre despierta y bajo un poco el vidrio automático de la ventanilla para escapar un momento del aire acondicionado. Entra el polvo sucio, húmedo, silencioso, lleno de calor. Freno. De detrás de unas matas de mango salen unas reses que cruzan  la carretera, más atrás y sin prisa aparece un campesino callado y montando un penco triste. Cruza también y lo saludo. Ni siquiera me mira. Primera. Entramos en un pueblo sin señas particulares. Segunda. Evito chocar con unas bicicletas. Primera. Una carreta con una pipa de agua va delante. Segunda. Nada de frente y paso. Tercera. Mi mujer despierta y pregunta por dónde vamos. Cuarta. Le respondo y le pido la botella de agua. Bebo un par de tragos. Quinta.

Antes de llegar a Matanzas ya todos están despiertos. Entonces pongo uno de los discos que compré en La Habana. Es Guajiro Natural, de Polo Montañez. ¡Un fenómeno! Mi madre me comenta que era campesino y carbonero, que nunca estudió música, pero que unos productores colombianos lo encontraron en Pinar del Río, se lo llevaron a Colombia y al poco tiempo volvió famoso. Mi madre dice también que en Cuba la gente lo adoraba, pero sólo dejó tres discos, porque al poco tiempo tuvo un accidente de tránsito y murió. ¡Qué lástima!, digo. Y cuando comienza la canción “¿Dónde estará?”, mi hijo despierta y me cuenta cómo toda Cuba aguardó su gravedad y lloró su muerte. Si pudiera volar y estar con ella un minuto más… canta Polo y subo el volumen hasta que Silvia y mi madre se quejan. Entonces bajo el volumen y lo dejo en una medida que ellas conversan y yo manejo escuchándolo, viendo los campos, sin el mar pero cerca del mar.

Con el segundo disco de Polo llegamos a Matanzas. Antes de cruzar el puente y la bahía, atravesamos un barrio de casas muy humildes. De pronto, media cuadra más adelante, veo un cuerpo enorme, blanco, gordo y otra vez enorme, sobre una mesa. Tres hombres con cuchillos lo rodean. Unas mujeres atizan el fuego de una olla sobre la acera. La sangre corre entre sus piernas y se pierde en la alcantarilla. Voy en segunda y bajo a primera. Los demás en el auto, menos mi madre, comentan curiosos. Entonces pasamos muy despacio y vemos que es un cerdo. Un puerco, como le dicen aquí. Ya es casi fin de año y la gente de toda Cuba los mata para celebrar o vender la carne, la manteca, las morcillas, los chicharrones… Mi madre ahora explica, habla con la parsimonia de quien conoce el tema. Dice: ¡Ay, mijo, el cubano cría sus machitos para poder luchar! Salimos de Matanzas escuchando sus explicaciones de cómo la gente cría cerdos en el patio, en azoteas, en dormitorios y hasta en la bañera. Porque de ese animal, menos la mierda y el pelo, todo lo demás se come. Mi madre dice que los crían para comer, pero también para venderlos y poder reparar la casa, comprar un electrodoméstico, para festejar o recibir a los que vienen o se van… Mi madre vuelve a reparar en el pasado de nuestros disgustos. Pero rápidamente le digo que no se preocupe. Y empezamos a hacer cuentos de puercos. Cuentos que abundan tanto como estos animales en cualquier ámbito de la cultura nacional.

Yo nunca estuve en Varadero. Lo cual no fue un problema dentro de Cuba, porque la mayoría de los cubanos no conoce esa playa. Fuera de Cuba sí es un problema; vaya, porque… más que un problema, cuando uno dice que es cubano y que no conoce Varadero, el tema se convierte en un asunto de orgullo nacional. Así que ahora veo el cartelito que anuncia la playa, el desvío y el montón de gente que coge botella para entrar… Entonces sé que estamos llegando y empiezo a ajustar mis sueños con la realidad. Yo sí, a todos los que me preguntaban, les hablaba de lo hermosa que es Varadero. Porque sí, coño, ¡linda de verdad! Porque aunque no la conocía, no me daba la gana de renunciar a la oportunidad de decir que Cuba tiene la playa más linda del mundo. ¡Y sí! Porque Varadero tiene algo bueno que no se compara con nada de este jodido país: es para siempre, desde siempre y sin la política mediante… ¡También es esa playa sabrosona que a todos les gusta! Oye, por eso cuando me dieron ese pasaporte cubano por el que tanto pagué, le dije a Silvia: Vamos a Cuba, pero pasamos por Varadero. ¡Coño, sí! Porque cualquier sanaco de izquierda o de derecha… ¡pasa por Varadero! Y en las agencias turísticas lo primero que tratan de venderte de Cuba… ¡es Varadero! Y si todos quieren que lo mejor de Cuba sea una playa, pues bien, una playa será. Pero ahora, aunque sea tres días, la quiero mía y de mi familia. Y Varadero está ahí. Tomo el desvío y entramos en la breve península. Vamos de punta a punta, pero el gran monumento sigue siendo el agua, la belleza del agua. Hay hoteles, calles, casas, turistas y cubanos sirviendo en cada negocio o local; pero Varadero real no llega ni a la mitad de mis sueños.

Es mediodía cuando llegamos al hotel. Otro tres estrellas, es lo que podemos pagar y nos sobra para intentar ser más fraternos y felices. Pedimos las habitaciones que tenemos reservadas, todo está en orden. Pero el check in es a las tres de la tarde. Tampoco podemos bajar las valijas porque el maletero está almorzando. Esperar, esperar, esperar. Esperar hasta que mi hija corre demasiado entre las plantas y los muebles, grita, dice que tiene hambre y entonces nos ponen el cintillo del all inclusive en la muñeca y vamos a almorzar.

Cuando volvemos, el maletero sigue sin aparecer. Otro empleado dice que podría hacernos el favor, pero que no quiere tener problema con su compañero de trabajo. Hacemos el check in, tomamos las llaves y un tipo flaco y de lo más simpático nos sube por cinco dólares todas las valijas. Es maletero también, pero el otro es quien está de turno, aunque sigue sin aparecer. Mi madre y mi hijo se acomodan en su habitación, nosotros en la nuestra. Mi madre y Silvia quieren dormir la siesta. Yo voy con mis dos hijos a la piscina. Entonces entro en otra realidad. Para mi hijo, por más que los dos nos esforzamos, soy un imperfecto extraño. Para mi hija, soy el padre ocupado y solitario de todos los días.

Ahora los dos están en la orilla. Ella se empeña en que yo la ayude a flotar. Él ve que me acerco y se aleja nadando. Quizás trata de entender por qué está aquí con un tipo que su madre y su familia materna siempre le dijeron que lo abandonó cuando tenía dos años. Un tipo, un hombre ahí que lo llama, que le manda dinero y cosas; pero no. De ningún modo me siente ni me quiere como padre. Con mi hija en los hombros llego hasta él. Trato de forzar una conversación. Me cuenta que el año pasado vino a Varadero con su tía Lorena, hermana de su madre; pues alquilaron una casa. Trato de generar un juego que nos una a los tres. Las palabras se cortan. Volvemos en silencio a la orilla. El sol de la tarde comienza a ceder.

Dejo a mi hijo cuidando a su hermana y voy a la barra más cercana para beber un trago. Me sirven. Sin que ellos me vean, bebo, los miro y respiro de una manera amarga. La brisa que viene del mar comienza a ser espesa. A mi alrededor, la mayoría son extranjeros europeos y canadienses; también hay algunos cubanos como yo, con sus familiares, se ven felices y disfrutan del dinero que pueden gastar con los suyos, aquí. Pido otro trago sin hielo y dos refrescos para llevar. Bebo despacio y los miro. Él quiere nadar. Ella sigue con sus flotadores en los brazos y le pide que la ayude. Escucho el primer llanto de mi nena, apuro el trago, regreso.

Mi hija sale del agua. Nos acomodamos bajo una típica sombrilla de guano. Se escucha música salsa por los parlantes. Ella tiene ahora un poco de frío y la envuelvo en una toalla, me echo en una reposera y la acomodo sobre mi pecho, donde aprendió a dormir cuando era una beba.

Mi hijo nos mira y en silencio se zambulle.

Del Autor

René Fuentes
Nació en Bayamo, Cuba, 1969. Es poeta, narrador y dramaturgo. En su país de origen se graduó en la Escuela Nacional de Teatro (1990) y obtuvo varios reconocimientos literarios: Primera Mención 13 de Marzo, por El ojo de amo (poesía, 1993); también ese mismo año recibió el Premio 20 de Octubre y una Primera Mención Manuel Navarro Luna, por Las confesiones de Jerónimo (poesía). En 1994 ganó dos premios Abril, por Los gallinazos (poesía) y La bufanda (teatro), ambos libros fueron publicados en 1995. Los gallinazos, además, fue seleccionado en 1995 por el Instituto Cubano del Libro para la segunda edición de la colección cubano-argentina Pinos nuevos. En Uruguay, donde reside desde 1996, ha publicado Las trampas del paraíso (novela, 1996), La ida por la vuelta (novela, 1998), Una oscura pradera va pasando (poesía, 2000), Postales que nadie pedía (poesía, 2004), El mar escrito (novela, 2006; Primer Premio de Narrativa Inédita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay, 2004, y Mención Honorífica en el concurso literario de la Intendencia Municipal de Montevideo, 2005) y Silbidos dispersos (Premio de Poesía de la Intendencia Municipal de Montevideo, 2009). En el 2006 fue uno de los poetas iberoamericanos invitados a las Segundas Lecturas de Primavera, organizadas por el Ministerio de Cultura de Argentina y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. En el 2008 ganó el Segundo Premio del MEC de Uruguay, por el poemario Hebras del adiós. Su obra de teatro Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos fue finalista del Premio de Teatro Breve, España, 2009. En el 2002, la Facultad de Comunicación y Diseño de la Universidad ORT Uruguay, donde es profesor de redacción desde 1998, le otorgó el Premio a la Excelencia Docente. René Fuentes también ha colaborado como periodista cultural en varias publicaciones uruguayas y es editor técnico y corrector de estilo.