La esencia de la fe

Arturo González Dorado

Entonces el Rey dirá a los de su derecha:  Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
Entonces los justos le responderán diciendo:  Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento y te dimos de beber?
¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
Y respondiendo el Rey, les dirá:
De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.
Entonces dirá también a los de la izquierda:  Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.
Entonces también ellos le responderán diciendo:  Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, forastero, desnudo, enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?
Entonces les responderá diciendo:  De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis.

Mateo.  25. 34-45

Cardenal Jaime Ortega en mis. Caricatura: Garrincha.

Estamos solos, quizás esa sea la más clara señal que la reciente visita del Papa deja a los cubanos.  Solos en la espera, solos en la desesperanza, solos en la perdida de una perspectiva de futuro que pueda darnos la confianza de que las cosas pueden ser diferentes.  Solos entre el desaliento y la desidia, con los gestos, el valor y la devoción del puñado de valientes que asumen en sí la dignidad de toda la nación, y con la culpa, la tristeza infinita de no ser capaces de unirnos en una propuesta, una acción conjunta que diga ¡no, basta ya, el destino depende de nosotros!

Y sin embargo, desde ahí, desde esa soledad, desde esa complicidad interminable, esa desidia, esa decadencia, esa continuidad que semeja una maldición, la cuestión de la fe, de la pura esencia de la fe, aparece al desnudo.

El que el Papa no se haya reunido con las Damas de Blanco no tiene justificación alguna.  Es comprensible que no lo hiciera con líderes de partidos políticos, no con mujeres que representan la más pura esencia del mensaje cristiano, la fe de los humildes, la fe de los que sufren, aquellos para quienes El dijo: Bienaventurados los que tengan hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.1

La actitud de la jerarquía católica cubana ya ha traspasado los límites no sólo cristianos, sino de decencia, es la declarada complicidad con un estado de cosas que por definición niega la posición cristiana.  Porque la esencia de la labor pastoral, la esencia del cristianismo no está separada de la acción social, de una acción desde y por los que sufren; porque en momentos en que el Papa estaba en Cuba, el número de arrestos y detenciones fue la respuesta del gobierno a quienes intentaban expresar otra posición, quienes rogaron que su Santidad les concediera un minuto de su tiempo, y que recibieron el silencio, y la afrenta de que en la apretada agenda del Benedicto XVI si hubo tiempo para reunirse con un excomulgado, con Fidel Castro Ruz;  porque un médico está ahora en huelga de hambre exigiendo que se cumplan sus derechos, porque otro cubano puede que dentro de poco sea una nueva víctima de la intolerancia, del mal; porque un hombre fue apaleado por otro hombre que llevaba en su pecho el símbolo del cristianismo, la cruz, lo fue en la misa del Papa, lo fue porque clamó por justicia, y la iglesia vergonzosamente calló.  Ya no puede alegarse que el silencio era una manera de cuidar por la llegada del Vicario de Cristo, tampoco que es una manera de ganar espacios, porque el silencio es en este caso pecado contra el espíritu santo, porque lo que se gana es el espacio de la maldad, el espacio de la injusticia, de la mentira, de la negación de las tres virtudes teologales:  fe, esperanza y caridad, porque:  ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!  Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley:  la justicia, la misericordia y la fe.2

La esencia cristiana está basada en un mensaje, en una persona, en un mandamiento radical:  yo os mando que os améis los unos a los otros como yo los he amado3; la acción pastoral no queda nunca apartada de la acción social, es decir, de la caridad en su sentido más puro.  En el sentido cristiano la caridad, del latín caritas, no queda reducida a la caridad como ayuda al necesitado, sino que significa pura y simplemente amor, es la más importante de las virtudes teologales, es aquella de la que Pablo dijo:  Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo “caritas” (amor), vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe.  Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes y no tengo “caritas”, nada soy.  Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caritas, nada soy4.  La prédica de la fe es pues la prédica de una acción ética, en la cual la más intrínseca e irreductible naturaleza de la fe se expresa:  la caridad, el amor, es decir, la expresión cardinal del mensaje cristiano.  Porque el cristianismo es la creencia en que Dios se hizo hombre, en que el Reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán:  Helo aquí, o helo allí, porque he aquí que el Reino de Dios está entre vosotros5.  Es la asunción de una postura irreductible, en la cual la propia vida se pierde para ganar la verdadera vida, en la cual el amor, las caritas, es condición absoluta, es la esencia de la fe.

Las palabras del gran teólogo suizo Hans Küng, colega durante un tiempo de Joseph Ratzinger, el papa que en estos días ha callado ante el infierno en que vivimos, aparecen con una actualidad trágica para nosotros:  “Iglesia de abajo no es solamente una salida a la crisis en un tiempo de creciente ceguera de la Iglesia oficial frente a la realidad y de arrogancia jerárquica; no es solamente una operación de urgencia.  Iglesia de abajo no es tampoco solamente un traslado de la comprensión moderna e ilustrada de la democracia a las estructuras de la Iglesia, aunque nada de eso sea ajeno a la Iglesia.  Iglesia de abajo es, más bien, algo fundado en el origen neotestamentario de la Iglesia misma, es una exigencia originariamente cristiana: en tanto que la Iglesia es esencialmente pueblo de Dios, comunidad carismática, comunidad de los creyentes en Cristo, es esencialmente, con todos sus ministerios, Iglesia de abajo.  La Iglesia de abajo, por tanto, no usurpa el poder, sino que insiste en sus legítimos derechos frente a los actuales detentadores del poder en la Iglesia.”

Cuando la jerarquía católica cubana calla ante los desmanes del sistema, cuando no sólo calla, sino que abiertamente colabora con el estado de cosas que niegan la misma esencia del mensaje neotestamentario, estamos ante la evidencia de esa soledad de que hablaba más arriba, estamos ante la absoluta necesidad de asumir la fe, la fe que puede transformar, que en última instancia dignifica y sostiene la acción política que apunte y sostenga la libertad, estamos ante la esencial elección del ser humano, no sólo el cristiano.

Lo que tenemos es pues el enfrentamiento a una decisión vital, que abarca a la nación y abarca a los que creen que su sentido personal está a prueba, los que creen que la soledad de la nación refleja su propia soledad.  Aquí irrumpe sin tapujos, cruda y sin afeites, la dimensión de la fe, de esa fe que no sólo sustenta la propia y fundamental esencia del cristianismo, sino de la condición humana.

La acción entonces queda desde y frente a una decisión radical:  no podemos esperar, tenemos que actuar.  No podemos confiar en que las cosas cambien por sí mismas, en la ayuda de factores externos que vengan a aligerar la desgracia que padecemos, sino propiciar las condiciones para que esos cambios ocurran.  No podemos callar, ni sucumbir al desaliento.  No hay alternativas:  o es el mal, el pecado como elección u omisión de una responsabilidad, o la acción.  Esa es la opción de la fe, la que la iglesia ha traicionado, la que queda entonces como alternativa a la muerte, al desastre, al fracaso.

Küng dice también que:  “La fe en Dios vive de una confianza radical últimamente fundada:  con el sí a Dios yo mismo me decido confiadamente por un primer fundamento, por el soporte más profundo y por la meta última de la realidad.  En la fe en Dios mi sí a la realidad resulta últimamente fundamentado y consecuente:  es una confianza fundamental anclada en la más honda de las profundidades y en el fundamento de todo fundamento, y orientada hacia la meta de todas las metas.  Mi confianza en Dios, en cuanta confianza fundamental, cualificada y radical, es capaz de precisar la condición de posibilidad de la problemática realidad.  En este sentido, y a diferencia del ateísmo, muestra una racionalidad radical, que no puede confundirse con el simple racionalismo.”

Pero esta fe no descansa sólo en una creencia en Dios, sino que más bien Dios es el nombre que le damos a la expresión de aquella dimensión por la cual el hombre asume la confianza fundamental.  Esta es la fe que desde el puro infierno, desde el puro absurdo mantiene la esperanza del sentido, afirma la última esencia del ser humano.  Esta fe es una carga y una liberación.  Llama, justo porque todo ha sido perdido; clama, justo porque el silencio parece ser la respuesta, y ahí, en ese clamor desesperado, encuentra la voz que permite el milagro.  Ahí, en la paradoja última, la muerte puede ser derrotada.

En nuestra historia esta confianza está en entredicho, en lo que hemos visto en los últimos días ha sido de nuevo puesta a prueba; pero también justo ahí, en esa prueba, queda la posibilidad de su afirmación, de la acción.  Porque la esencia de la fe no es sólo la huida, no es sólo la caída, no es sólo el descanso en Dios.  Más bien es la presión que desde el fundamento indica la raíz del ser humano, y desde ahí, hace la historia.  La imagen bíblica del combate entre el Bien y el Mal se actualiza en cada hombre cuando es llamado por esta fe, que es siempre un rostro de la “caritas”, del amor; cuando en el dolor, o en el estasis, mira más allá de las trampas del mundo.  Cuando, usando de nuevo la imagen cristiana, descubre que Su Reino no es de este mundo, y sin embargo, es lo que permite que la historia humana pueda encontrar sentido en el mundo.

Otra vez hemos sido abandonados, y otra vez constatamos que el curso de las cosas parece ser en nuestra historia un incesante hundimiento en el pantano de la decadencia, la mentira, en el infierno.  Las traiciones duelen, la soledad agosta, la desesperanza seca a las naciones y a los hombres.  Y sin embargo, la cuestión de la fe permanece intacta.  Y más profundo aún, queda como la única cuestión importante, como la única elección radical, como lo impostergable, como la tozudez y la afirmación, como el no al desastre que afirma el sí por el cual puede resurgir la nación, y puede, al menos en aquellos que la asumen y al fin hacen cambiar la historia, hacer posible la redención, la salvación nacional, y la auténtica salvación existencial.

Estamos solos, nos consta, pero asumirlo en su desnuda realidad es la posibilidad de que la fe, sin la cual no puede haber cambios verdaderos en la nación, ocupe su espacio esencial, resuene en lo más hondo de quienes sienten que no puede ser el absurdo la respuesta última, que no puede ser la mentira, el desaliento, la derrota la solución final; de quienes, aun rabiando, gimiendo, aullando o simplemente asolados por la fatiga, sienten que algo subsiste, y que en la asunción de esa última posibilidad puede estar el fundamento de toda futura posibilidad.

No son las mayorías quienes seguirán o asumirán semejante reto.  Nunca lo han sido, y probablemente nunca lo serán.  No es la demagogia ni el populismo la respuesta.  No, la nación cubana está destruida, no se puede ocultar, no se debe disimular con justificaciones demagógicas o de cualquier índole.  Los cubanos dentro de Cuba, es difícil llamarles ciudadanos, no pueden ni saben actuar diferente, algunos sienten el horror hasta el extremo, otros simplemente ya son sólo masa, rebaño en el peor sentido.  Los cubanos en el exilio tampoco pueden ni saben, y por desgracia al parecer no quieren, asumir la acción que les corresponde en el momento; la opción que está clara, y que no puede seguirse ocultando con justificaciones mezquinas, con odios, egoísmos, intereses pequeños:  hay que unirse y actuar.  Y sin embargo, con urgencia todos necesitan de esa fe, de esa acción que pueda dar sentido, revertir el desastre, romper la soledad, realmente convocar.  Todos, aun a su pesar, están enfrentados a la esencia de la fe, y de nuevo usando la imagen cristiana, enfrentados al mayor pecado, el pecado contra el espíritu santo.

La historia es un acto de la voluntad humana más que de factores económicos o externos, son las ideas quienes realmente cambian las cosas, las que construyen la realidad; son las mentalidades las que permiten la subsistencia del desastre o simplemente no le dan espacio de supervivencia.  La batalla de las ideas está perdida para el sistema cubano, la de las mentalidades no ha sabido ganarse.  Y esta, la de las mentalidades, es la decisiva.

Por tanto, quienes crean en un fondo de sentido último, quienes pese a no creer no pueden entregarse al mal por completo, quienes sientan que la historia puede y debe hacerse más que seguirse desde la pasividad, quienes con su acción y creencia pueden cambiar las cosas, tienen ahora el reto radical de asumir la soledad de la nación, no huir más, encontrar esa fe de la que nunca a la postre se puede escapar, seguir, y vencer.

No es una tarea fácil, especialmente desalienta ver la complicidad masiva, la estupidez, la ceguera, la negativa a la acción, la soledad, el peso de una fatalidad que insiste en perpetuarse como un destino trágico.  Pero es justo una necesidad, ineludible necesidad; es justo la pura esencia de la fe, lo que queda cuando todo está en entredicho, y en última instancia, lo que es capaz de cambiar el mundo, la historia, la vida propia, lo que devuelve al hombre a aquello de lo cual no puede escapar al fin: a sí mismo.

La iglesia cubana claramente ha abandonado a los cubanos, lo que ha hecho puede y debe servir para que la auténtica fe de los que aún pueden cambiar las cosas quede como la última y obstinada realidad.  Es una tarea imperiosa, y una tarea que no puede seguirse postergando.  No basta la denuncia, no basta la espera, no basta saber que la inmensa mayoría tanto dentro como fuera de Cuba no es capaz ni desea el sacrificio de enfrentarse a un cambio radical.  Es sin embargo un hecho.  Porque cuando la fe, la fe que hace la realidad de la historia, que anuncia y produce lo imprevisible está viva, se puede decir con San Pablo que: estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos.6

Ahora la alternativa está clara, sabemos cuál es el escenario más predecible en el futuro cercano, quizás incluso a largo plazo:  más de los mismo, más reacomodo de un sistema que no va a cambiar en lo esencial y que logra proseguir con su labor de destrucción sin que aparezca ningún obstáculo que realmente lo obligue a variar.  Sabemos también que no llegará ayuda de nadie, sabemos que la complicidad con el mal es plena, y que no se puede esperar por el milagro, no se puede segur eludiendo la responsabilidad.  Pero sabemos también que la posibilidad otra está ahí, y que es ineludible asumir el dilema:  desde esa triste realidad, desde la soledad, dejar de una vez de seguir esperando, tan solo denunciando; dejar de estar divididos y actuar, buscar consensos, unir, y sin odios, mas sin temor, hacer de veras posible un cambio.  Podemos asumir la fe, o podemos sucumbir a la realidad que no supimos o pudimos cambiar; podemos escoger entre la salvación personal y nacional o la perpetuación del desastre.  Y no hay opciones intermedias, no hay justificaciones, lo esencial se reconoce en lo profundo del ser, como se reconoce la muerte, como ante el horror se derrumban todas las falsas seguridades y queda desnuda, como siempre ha sido, la opción radical:  o hacemos o somos cómplices, o sentimos la esencia de la fe, o nos perdemos como hombres y como país.

Notas del artículo

  1. Mateo. 5. 6
  2. Mateo. 23. 23
  3. Juan. 13. 34
  4. Corintios I. 13. 1-3.
  5. Lucas. 6. 20, 21
  6. Corintios 2. 4. 8,9.

Del Autor

Arturo González Dorado
(Cienfuegos, 1971). Narrador y ensayista. En 1991 fundó en su ciudad natal, junto con un grupo de amigos, un movimiento artístico llamado “Movimiento Extropista”. A causa de ello fue expulsado de las universidades cubanas definitivamente. Ha obtenido numerosos premios en concursos literarios dentro de Cuba. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de España y Estados Unidos. Actualmente reside en Londres.