Sin Título, de X Alfonso:
un documental “invisible” para la TV cubana.

DC Kelday

X AlfonsoEjercer el criterio (el honestamente propio) es una actividad que agota. No sólo porque uno (o todos) está(mos) acostumbrado(s) a no complicarse la existencia, sino porque cuando se ejerce un criterio, se enuncia un juicio personal, se está en la casi obligación de explicar por qué es así, por qué caminos escabrosos ha llegado la conclusión que muchas veces no llega a concluir nada porque hasta para eso somos tímidos (ah, esa raigal resignación-costumbre de que las decisiones vienen enlatadas)… y también (y sobre todo) porque la mayoría de las veces toca hablarle a personas más parecidas a los muros, a las paredes que o no escuchan, o no saben, o no quieren escuchar.

Sin Título se llama el acusado, y X Alfonso el cómplice. Irónicamente, no se me antojaba un título ni un cómplice mejor. Dista de ser una obra maestra audiovisual, aunque la verdad, no anda tan tan lejos: fotografía a ratos excelente, una banda sonora extrañamente balanceada y agradable (no podía ser de otra forma viniendo de donde viene), mixtura de sonidos cotidianos con una música que nunca pretende atronar sino acompañar, ser cómplice en una especie de armonía, a diferencia de casi todo el audiovisual cubano que no muestra un buen balance sonoro, o ni siquiera unos niveles técnicos de sonido medianamente decorosos. Cierto, abusa de algunos planos largos. Cierto, la estructura no llega a ser del todo orgánica y el ritmo se resiente notablemente, amén de que su dramaturgia sufre de excesos “líricos”, se parlotea demasiado allí donde quizá sólo se debiera sugerir. Le sobran al menos 15 minutos de metraje, y se estira, sobre todo hacia el final, con más de un anticlímax innecesario (hemos de decir en su defensa que las imágenes que sobran son de esas, difíciles de arrojar, de las que un realizador siempre se enamora). Incluso, y no sé si verlo como virtud o defecto, en lo personal le encuentro notables paralelos con esa Suite Habana que es, a mi juicio, el mejor poema que se ha escrito, el mejor cuadro que se ha pintado, la mejor canción que se ha compuesto y por supuesto la mejor película de cualquier género que se ha hecho en la Cuba del siglo XXI. Sí, las manchas de ST son visibles. Pero son pecadillos menores, todos. Perdonables con menos de un responso. En fin, que si somos justos, y hablando en buen cubano, semanalmente (y hasta diariamente a veces) nos “espantamos” bodrios con muchísima menos calidad, poesía y factura.

Entonces, ¿dónde radica el pecado de Sin Título? No en la forma, sino en el contenido. El sempiterno tema de las dificultades de la vida diaria en Cuba, las interioridades poco agradables de un lugar que se anuncia paraíso, y de lejos realmente lo parece. Un llevado y traído asunto que correo el peligro de malinterpretarse cada vez que se roce siquiera con el pétalo de una flor. Cierto es que ha devenido casi una moda tratar el tema de la cotidianidad, la difícil cotidianidad del de a pie, para salir a flote y hacerse notar. Pero esquivarlo supone también un riesgo: el de ignorar la propia realidad, esa que se nos estruja en las narices y, al decir de Marx, existe, ajena a la conciencia. Y como dice cosas algo incómodas, ST sufre a la hora de ser parametrado. Y pasa en silencio bajo el puente, como el agua sucia y la abuela negra de los tiempos republicanos.

Analicemos la política de programación del ICRT. A primera vista saltan sus objetivos:

influir en la formación y orientación político-ideológica,

participar en el proceso de superación educacional, histórico, científico y cultural de la población, intervenir en la formación de hábitos y gustos de elevado rigor estético,

promover el arte, la literatura y la cultura universal,

contribuir a generalizar la educación formal y propiciar formas sanas del deporte, recreación y esparcimiento.

A simple vista nada de ello contradice la transmisión de una obra como ST, que además se precia de comulgar directamente con la idea de la difusión de los valores culturales (todos los entrevistados son artistas que se enfrentan a obstáculos para hacer realidad sus proyectos, ya sea que lo logren o no). Por ahora, punto a favor. ST uno, censura cero.

En los Lineamientos Generales también hay varias señales de esperanza para materiales como ST, por ejemplo:

Garantizar que la vida del país sea reflejo obligado y mayoritario en los medios.

Reconocer que la presencia de la vida nacional se garantiza no sólo por la producción nacional del programa, sino porque su temática y lenguaje responden a nuestra identidad e idiosincrasia, en forma y contenido.

Profundizar con rigor y seriedad en conflictos propios de los diversos sectores sociales del país, sin descuidar el reflejo en ellos del contexto universal.

Propiciar la creación de espacios de opinión que por su carácter reflejen diversidad de criterios y sugerencias que nutren la conciencia colectiva y representan el pensamiento individual como contribución a la sociedad.

Contribuir con objetividad al debate cultural que se desarrolla en nuestro país, ejerciendo el derecho de réplica cuando el cuestionamiento de nuestra línea programática así lo requiera.

No parece, hasta ahora, haber motivos en estos lineamientos para una censura radical. ST dos, censura cero. Pero aquí no nos detendremos, puesto que el documento que rige la política de programación continúa dándonos esperanza.

El documental es un género informativo (verdad de Perogrullo que no enuncia nada nuevo). Veamos, pues, cuáles lineamientos de la programación informativa pueden defender mejor a ST:

En el socialismo el hombre tiene derecho a la información, a conocer las decisiones y directivas del Estado y el Partido (…), todos los aspectos de la vida económica, política y social del país, así como del mundo en que vivimos.

(Información nacional) Fortalecer la credibilidad de nuestros medios. Erradicar la apología y el triunfalismo, así como el hipercriticismo y el sensacionalismo.

Seleccionar temas y proyectos que aborden los conflictos esenciales del hombre, que contribuyan a dignificar los valores y virtudes más bondadosos, genuinos y universales del ser humano.

(Destinatario juvenil) Inculcar el amor al trabajo, el combate contra el egoísmo, el individualismo, la ostentación, la inmodestia, el acomodamiento y la indolencia. Exaltar el heroísmo, la destreza física, la audacia, el valor, la inteligencia y la capacidad.

Contribuir a elevar la capacidad de análisis en torno a problemas como la política, la moral, la economía, la cultura y la sociedad sin sacrificar el carácter recreativo, la calidad artística y el disfrute estético.

Estos elementos que pueden amparar a ST, son a su vez de los más deteriorados en la práctica diaria. ¿Acaso no ha invadido el triunfalismo todos y cada uno de los espacios de nuestros medios, al punto de que nuestros periodistas no saben o no quieren expresarse de otra manera, a despecho de lo que el propio Raúl Castro tantas veces ha repetido y repetido? ¿Acaso no se mantiene el secretismo sobre decisiones del estado y el partido, y las deformaciones triunfales de la vida económica, política y social, que pululan en ese paraíso (des) informativo que es el NTV, donde todos los cubanos quisieran vivir porque jamás falta nada y jamás hay problemas, donde todas las dudas tienen explicación, donde todos los cuadros y dirigentes son honestos?

¿Es acaso la “vida del país” esa utopía de cristal que se presenta, con tanta voluntad y tan poco poder de convencimiento vemos a diario por la caja mentirosa? ¿Contribuye una censura irresponsable y corta de miras, permitidora sólo del aplauso servil (como suele abundar) al debate cultural, al intercambio de opiniones que enriquezcan nuestra sociedad? Y sobre todo… ¿dónde se pierde el derecho de réplica cuando la política programática, o su aplicación, lastran el desarrollo social o cultural de un país? ¿Por qué hace más daño un documental polémico, honesto (e imperfecto, sí) que la avalancha de películas norteamericanas de tercera y cuarta categorías que nuestro ICRT vomita y nosotros devoramos de lunes a lunes, de enero a enero?

Volvamos por un momento al principio, a los objetivos esenciales de la política de programación. Parecen ser loables. Ideales. Pero honestamente, a lo largo de los años quienes deben aplicar o interpretar dichos documentos rectores han conseguido casi siempre el efecto contrario. En lugar de “influir en la formación y orientación político-ideológica” de la población, han formado generaciones de fingidores que conocen el problema, pero se han entrenado en simular que no existe. En vez de “intervenir en la formación de hábitos y gustos de elevado rigor estético, promover el arte, la literatura y la cultura universal”, han conseguido que seamos un país muy instruido, pero también muy inculto, poco lector a pesar de comprar muchos libros en las ferias, y que prefiere mayormente el reguetón antes que lo mejor de nuestra música y cultura. En vez de “contribuir a generalizar la educación formal y propiciar formas sanas del deporte, recreación y esparcimiento”, asistimos a una sociedad donde la educación formal está más perdida que el uranio, a un movimiento deportivo que por una u otra causa ha perdido en un lapso de menos de diez años a mayor cantidad de atletas que en más de 40 años anteriores, incluyendo la década de los 90, y donde cada vez son menos sanos la recreación y el esparcimiento.

La realidad jamás espera por los discursos oficiales de un gobierno. Siempre anda un paso por delante. La censura de un material como Sin Título, amparándose en supuestas contravenciones de la política de programación, no resiste un análisis serio. A todas luces es evidente que la interpretación arbitraria, errónea y desigual de textos que se suponen rectores de cosas tan delicadas como lo que un pueblo escoge frente a una pantalla, porque lo prefiere para ver. Y para colmo en estas épocas, cuando no se pestañea ni se duda un segundo para cambiar de canal o consumir por la izquierda, en un DVD o una PC (o hasta por la misma TV) materiales de buena factura y sin tantas complicaciones ni “descargas” ideológicas, materiales que sólo pretenden entretener sin propiciar inquietudes o análisis de tipo social o cultural. Porque para eso, en principio, fueron hechos.

En resumen, siguiendo al pie de la letra los sempiternos lineamientos, no hay por qué censurar el documental Sin Título. Pero la realidad, como casi siempre, se da de narices con la lógica (censurado está). Así que por lo menos en lo personal a mí me queda una Interrogante (así, parafraseando al propio X): si esa política de programación no es capaz de defender una obra como Sin Título, ¿no estará acaso caduca, no va siendo hora de cambiarla, puesto que ha pasado su momento y su circunstancia histórica? ¿No deberá ser cambiada? No es nuestra decisión, y tal parece que ST irá a formar parte del enorme cementerio de elefantes que adorna las vitrinas del audiovisual cubano. Por lo pronto vale recordar que esa política de programación se diseñó para servir al pueblo, y no para convertirlo en esclavo de unas disposiciones que pueden ser (y son) interpretadas de maneras retrógradas para escamotearle lo que quiere ver, lo que necesita ver, lo que tiene que ver. No sería la primera vez que el guardián de la seguridad, el bienestar y la honra del pueblo se excede en el celo protector, y toma decisiones a espaldas de aquel a quien debe servir, al punto de escamotear importantes fragmentos de libertad. Sólo recordemos, por ejemplo, a Eduardo Galeano cuando nos cuenta que  en 1953, al estallar la protesta obrera en la Alemania comunista, los trabajadores se lanzaron a las calles y los tanques soviéticos (el “amigo generoso y protector”), se ocuparon de callarles la boca. Entonces Bertolt Brecht propuso:-¿No sería más fácil que el gobierno disuelva al pueblo y elija otro?

Del Autor

DC Kelday
Bajo este seudónimo nos escribe un destacado escritor y crítico cubano residente en la isla, perteneciente a las más recientes promociones de las letras cubanas. Su decisión responde al temor de recibir represalias a su carrera literaria y personal debido a las fuertes críticas que lanza al totalitarismo cubano a través de sus escritos.