Los libros y los días

Por Temístocles Roncero

El pasado 23 de abril (Día del Libro ¡ya es casualidad!) cumplí ochenta años. Siento incurrir en el tópico, pero mentiría si no dijera que todo este tiempo se me ha pasado volando, que ha desaparecido de entre mis manos con la misma rapidez de una gota sobre la tierra sedienta. Recordé La familia, de Ettore Scola, en donde el personaje interpretado por Vittorio Gassman, que también celebra su octogésimo cumpleaños al final de la película, dice con voz en off: “Y así he llegado a los ochenta años. Son muchos, son pocos. Puede resultar la edad más hermosa”. Un broche optimista para una historia empapada de tristeza. Una leve caricia al espectador. Hay algunas películas (muy pocas) que logran superar a los libros. Y no me estoy refiriendo a las adaptaciones, sino a aquellas películas cuya hondura y fuerza narrativa consiguen llevarte más adentro que la gran literatura, iluminar recodos que ésta no alcanza. Creo que La familia sería un buen ejemplo de esta sublime categoría; también el Ladrón de bicicletas y Centauros del desierto. Pero no tengo esta sección para hablar de cine –aunque el celuloide regocija mi ánimo desde pequeño–, sino para hacerlo de literatura; en realidad, seamos francos, yo aquí puedo escribir sobre lo que me dé la gana.

El otro día, como venía diciendo, fue mi cumpleaños. Soplé las velas rodeado por Elisa, mi única hija, Isleni y Daniel, la asistenta que limpia en casa y que con frecuencia me escamotea libros (los vende en la librería de saldo de aquí abajo y con ellos se saca un magro sobresueldo) y su pequeño hijo, respectivamente, y Mateo y Solutor, mis dos amigos del alma. También recibí varias llamadas de amigos y parientes y, entre todos, consiguieron hacerme pasar un buen día, experimentar la extraña sensación de no sentirme solo. Eché en falta los abrazos y caprichos de algún nieto, de ese nieto que no tengo y que participa en la vida desde algún lejano sueño.

Iñaki UriarteMe regalaron algunos libros, un Kindle (aparato que en cuanto se marcharon tiré a la basura) y un pez luchador.

Iñaki UriarteAl pez lo he bautizado con el nombre de Borges. Me dio la idea Iñaki Uriarte, que tiene una gata que se llama igual. Uriarte es un vasco que hace diarios. El primer volumen recoge desde 1999 a 2003, y el segundo desde 2004 a 2007. Su lectura me ha hecho muy feliz. Uriarte escribe con elegancia e ironía, y, a lo largo de sus experiencias y reflexiones, descubrimos a un ser humano inteligente, a ese amigo lúcido que todos quisiéramos tener. Este elogio de la ociosidad (en palabras del joven filósofo Muñoz Barrallobre; por cierto, no te pierdas su Alegría trágica, precioso ensayo que puedes comprar en la página de Bubok) lo publica Pepitas de calabaza, editorial de Logroño “con menos proyección que un cinexín”.

 

Antonio Muñoz MolinaAntonio Muñoz Molina es un virtuoso de la prosa. Intelectual honrado, sus artículos me gustan mucho, aunque reconozco que sus novelas me cansan y rara vez las termino. Creo que hice una excepción con El jinete polaco porque se desarrollaba en Mágina, localidad jiennense vecina de Admorum, aunque reconozco sus bondades. Sin embargo, a Muñoz Molina las distancias cortas le sientan muy bien, como podemos comprobar en Nada del otro mundo, recopilación de catorce cuentos escritos durante treinta años.

Elvira LindoDe tonos y registros variados (tiene cuentos humorísticos y fantásticos, elementos inusuales en su dilatada obra), este conjunto de historias me parece sobresaliente. Para que todo quede en familia, paso a recomendar Lugares que no quiero compartir con nadie de Elvira Lindo, una suerte de guía sobre Nueva York, amena y muy bien escrita, que hará las delicias de cualquier lector que busque pasear por las calles de la capital del mundo. Ambos libros se encuentran en Seix-Barral.

 

Cormac McCarthyMe entusiasma La carretera de Cormac McCarthy. Novela apocalíptica, cruce narrativo entre Shakespeare, Faulkner y La Biblia que cosechó un gran éxito de crítica y público, pero creo que antes me quedo con Meridiano de sangre, quizá porque fue la que me descubrió a su autor. Ahora se publica El Sunset Limited, una intensa obra de teatro protagonizada por dos personajes (Blanco y Negro) que debaten sobre la existencia de Dios y el derecho al suicidio.

Javier GutiérrezPublicada en Mondadori, la misma editorial que también saca Un buen chico de Javier Gutiérrez, tercera novela de este madrileño al que no conocía de nada y al que a partir de ahora seguiré con atención. Narración lírica y violenta que te atrapa desde la primera línea y ya no te suelta hasta llegar al final. Su estructura fragmentaria, que mezcla distintas líneas temporales, te empuja a querer saber qué está pasando, a querer abrir todas las puertas.

 

Martín SoteloPor cierto, otra novela de un chico joven que no te debes perder, Bailes de medio siglo (Nocturna) de Martín Sotelo. Historia de un crimen que destapa otro crimen. Urdida con prosa cuidada y  resonancias de Onetti, el autor debuta en la literatura con una novela talentosa y llena de sugerencias.

 

Fernando AramburuFernando Aramburu es uno de los escritores españoles que más me gustan. Creo que aquí ya he hablado de él, y no es cuestión de repetirse. Ahora ha ganado el VII Premio Tusquets con Años lentos, una novela que indaga en la infancia de aquellos vascos de los años 60. La historia, que oscila entre lo narrativo y lo metaliterario (se incorporan apuntes de cómo el narrador va gestionando el material que posee: los caminos a seguir y las dudas que lo asaltan en su dura travesía, así como algunos recuerdos), es un hermosa muestra de cómo la memoria y la literatura no ejercen de compartimentos estancos, sino que se abrazan y contaminan. Resulta redonda la historia del primo que, envenenado por un cura de ideología nacionalista, decide formar parte de ETA. Es aquí donde Aramburu alcanza sus mejores páginas, pues el odio, el miedo y el posterior arrepentimiento que experimenta el personaje lo sentimos como algo nuestro.

 

Decía Nietzsche que la ventaja de tener buena memoria es que uno disfruta de las cosas como si fueran la primera vez. Me acuerdo de esta frase al observar a Borges dar vueltas y vueltas en su pecera, removiendo siempre la misma agua, sin llegar nunca a ningún sitio, y me muerde la idea de que la vida de Borges y la mía son una cosa bastante similar.