Poesía navarra de hoy

Jorge de Arco

Nueva poesía en el viejo reyno.
(Ocho poetas navarros)

Varios Autores
Hiperión. Madrid, 2011

 

 

Ocho poetas navarrosEn este 2012 que se acerca con paso firme a la primavera, se cumple el quinto centenario de la conquista del reino de Navarra por tropas españolas -enviadas por el rey Fernando y comandadas por el duque de Alba-, que acabó en 1512 con siete siglos de independencia.

Con tan notable efeméride de fondo, la editorial Hiperión acaba de dar a la luz esta antología, que reúne una amplia muestra del momento actual de la poesía navarra. Como no puede ser de otra manera, algunos medirán el volumen por el rasero de las ausencias -y no de las presencias-, pero como en toda compilación el criterio de selección es incompatible con la diplomacia literaria.

Consuelo Allúe se ha encargado de elegir y estudiar con rigor a los ocho autores incluidos, y brinda con su palabra esmerada y experta una espléndida oportunidad para adentrarse en el universo de tan diversas voces.

Jesús Munárriz -director del sello que acoge el florilegio-, firma una lúcida presentación, en la que aclara y recorre una parte importante de la historia de la poesía de Navarra. A través de sus palabras, sabemos que  no ha sido ésta una tierra de poetas y que es entrado ya el siglo XX, cuando comienzan a darse vates sobresalientes, como Ángel Gaztelu, Ángel Martínez Baigorri, Ángel María Pascual, Ángel Urrutia, Jesús Mauleón y Víctor Manuel Arbeloa.

Y refiriéndose al volumen que presenta, afirma: “A los ocho  aquí reunidos no les une una estética común, ni un planteamiento de escuela, ni mucho más que el hecho de ser navarros y escribir poesía (…) Todo ello nos presenta un panorama rico en originalidad y en diferencias, con voces en buena parte inhabituales en el contexto poético español”.

La selección establece como fecha tope inicial 1950, de modo que el más joven tiene 37 años y el mayor 57. Los propios poetas han tenido a bien escoger sus poemas, y la variedad geográfica natal de cada uno de los mismos resulta harto notable. Conforman la nómina -tal y como aparecen con criterio alfabético-: Daniel Aldaya, (1976), Marina Aoiz (1955), Javier Asiáin (1970), Fernando Luis Chivite (1959), Francisco Javier Irazoki (1954), Alfonso Pascal Ros (1965), Maite Pérez Larumbe (1962) y Alfredo Rodríguez (1969).

Es palpable el creciente tirón de esta hornada de autores, que a través de sus libros, recitales, participaciones en eventos dentro y fuera de España…, están dando una imagen renovada e ilusionante del actual momento creativo de la lírica navarra. -Cabe recordar, que dos años atrás, la revista de poesía “Piedra del Molino”, dedicó un amplio espacio al quehacer lírico de esta región y e incluyó, entre otros, a seis de los ocho poetas ahora antologados-.

El más joven, Daniel Aldaya, sorprende por su aguda hondura discursiva y su pulsión creadora, que sabiamente acomoda a su íntima identidad: “Hay una sombra de hombre cerca de mí/ y un hombre sin sombra que se me parece./ Hace tiempo que sospecho que son la misma persona/ y hace tiempo que dejé de buscarme/ en su unión imposible”. Javier Asiáin, sabe cómo aprovechar el torrente que mana de su corazón y convertirlo en materia cómplice, en exacta transparencia versal: “La Poesía es tan sólo eso:/ redimir con las palabras/ aquello que el dolor/ no expió con la culpa”.

La voz de Alfredo Rodríguez viene signada por un léxico sonoro, pleno de humanidad y carente de oropeles o innecesarios retorcimientos, y en ella sobresale la pureza del contenido: “Saber ser, cuando se quiere,/ perfecto cortesano./ La ciencia de los libros o la ciencia/ de la vida, qué más da,/ oh llaga del mundo,/ inmenso escenario”.  En Alfonso Pascal Ros, la música de la certidumbre va por delante y sus versos son disparos de realidad precisa y turbadora: “Le torturaron tanto que al final/ acabó siendo el que buscaban”.

Maite Pérez Larumbe acuesta sus párpados sobre la sed del destino y desde el fragor de su cromática mirada derrama su rotundo decir, no exento en ocasiones de ironía: “Si encontrara una lámpara,/ si pudiera pedir tres deseos,/ los dos primeros serían una menudencia,/ unas botas de montar y una sesión de spa, por poner un ejemplo”.  En Fernando Luis Chivite nace un cántico muy bien modulado, de sugerente narratividad, que pronto se convierte en solidario y cercano para el lector: “Guárdate siempre algo, cuida/ de tus imágenes/ y nunca te avergüences de lo que amaste/ por primera vez”.

El tacto femenino y batallador de Marina Aoiz, se torna mudanza y lucidez en su verbo (“Cada día hurgo con las uñas en la tierra a la búsqueda de una palabra-semilla”), que cabalga poderoso entre las veredas del tiempo, a la vez que “las yeguas/ de la niebla revolucionan el bosque y sus estrellas”. La poética prosa, finalmente, de Francisco Javier Irazoki  es “una fiesta de la libertad”, una continua sorpresa por donde se puede caminar de puntillas, o con los pies a ras de suelo -¿de cielo?- para no perder ni un ápice de su ingenio y de su sobriedad vivencial y literaria: “Todas las mañanas antes de empezar el día, miro durante varios minutos las flores plantadas delante de mi puerta. A los pies de las dalias unas hormigas recorren el tapiz de pétalos caídos. Con las derrotas que impone el tiempo ellas han construido su camino”.

En suma, una antología necesaria y muy recomendable, que se ovilla y se cobija muy cerca del corazón. Y del vivir.