10 de abril de 1985

Del libro: Cruce de peatones

Alejandra Costamagna

Cruce de peatones reúne el lado menos difundido del trabajo de Alejandra Costamagna, cuyo nombre más bien asociamos a las ficciones que ha venido publicando desde “En voz baja”, su bella novela de 1996. Y también podría ser ese el título de esta recopilación, pues aquí no hay gritoneos ni redobles de tambores: con sobriedad, gracia y un incontestable sentido del detalle, Costamagna ilumina convincentemente las vidas que narra, y esto vale incluso para cuando aborda episodios autobiográficos.
Las crónicas, entrevistas y perfiles que conforman este valioso libro demuestran que una de las mejores escritoras chilenas de las últimas décadas es también la autora de una admirable obra periodística.

Alejandro Zambra

 

Cruce de peatones, Alejandra CostamagnaHemos sincronizado los relojes con El diario de Cooperativa. Nos juntamos a las 7:55 a.m. en Plaza Ñuñoa, en las puertas del boliche donde, no hace mucho, probamos la malta con huevo y nos ha empezado a gustar la cerveza. Nuestros hígados todavía son resistentes. Tenemos entre quince y diecisiete años, fumamos cigarros, hemos probado la marihuana y comido queque de marihuana incluso, y nos han dado unos ataques de risa incontrolables. Nuestros padres nos han prohibido ir a las tomas, pero aquí estamos. En las puertas de un liceo industrial con más hombres que mujeres, atentas al grito pelado que llegará en cualquier minuto. “¡Adentro, compañeros!”, escuchamos a las ocho en punto y obedecemos. Compañeros y compañeras, estudiantes de colegios públicos y privados, nos tomamos el Liceo Industrial Chileno Alemán de Ñuñoa. Saltamos las rejas, corremos, cerramos las puertas con cadenas y candados, abrimos las mochilas y repartimos los panfletos que aluden al escaso financiamiento del Estado en la educación. Pero también al derecho de elegir centros de alumnos democráticos, a la rebaja del pasaje escolar al diez por ciento histórico y su extensión al Metro o a la gratuidad de la Prueba de Aptitud Académica. Los alumnos del liceo nos han estado esperando y ahora hacen lo suyo: bajan al patio, rayan los muros con spray, sacan pancartas gigantes. Los profesores están retenidos en una sala y hay estudiantes en el techo. Todo está alborotado, pero lindo. Aunque lindo no es la palabra. Todo está en nuestras manos: eso nos parece entonces. “Seguridad para estudiar, libertad para vivir”, escribe alguien en un muro. Y más abajo: “¡No a la municipalización!”. Una consigna que no sabemos, no podemos imaginar, que veintiséis años más tarde y sin dictadura en nuestras espaldas, seguirá intacta. Esa mañana de 1985 cantamos, gritamos “y va a caer y va a caer”, hasta que cae la primera bomba lacrimógena. La esquivamos. Pero a la cola viene otra y otra y otra, y el patio se transforma en un concentrado de gases y no podemos respirar y nunca hemos sentido esto. Nos acordamos en un pestañeo del terremoto ocurrido hace poco más de un mes. Sentimos, eso sí, un pánico distinto. Nos ahogamos. Corremos como ratones envenenados, de un lado a otro. Se acabó el entusiasmo: nos tapamos la boca con pañuelos o chalecos, nos ayudamos unos a otros, caemos al suelo, creemos perder la conciencia. O la vida. Escuchamos los llamados de los carabineros por altoparlantes. Que nos rindamos, ordenan, que van a entrar. Hay una pausa. Entre la humareda vemos que los dirigentes salen a dialogar con los uniformados. Después de un rato lo consiguen: saldremos del liceo y no nos detendrán. Ese es el acuerdo. Pero ocurre exactamente lo contrario: cerca de las once de la mañana salimos y nos agarran de las parcas, nos tironean de los chalecos o directamente de las mechas y nos meten a esos carros que llamamos celulares. No tenemos celulares, teléfonos celulares, en esa época. Ni Facebook ni Twitter ni YouTube existen. Ni correo electrónico siquiera. Confiamos en que los compañeros que no entraron a la toma difundirán la noticia. Que llamarán a la radio Cooperativa, al Codepu, a la Codeju, a la Vicaría de la Solidaridad, si es necesario, que correrán la voz entre ellos. Uno de los dirigentes escucha que un paco le susurra a otro: “A estos pendejos hay que puro degollarlos”. Han pasado solo diez días del degollamiento de Manuel Guerrero, José Manuel Parada y Santiago Nattino, luego de que los dos primeros fueran secuestrados en las puertas del Colegio Latinoamericano de Integración, en Santiago. Nos dicen que a las niñas nos llevarán a la cárcel de mujeres. Nos aterramos. Pero nos hacemos las choras y ni se nos nota el miedo. No sabemos dónde estamos. Nos bajan a un sótano y nos desvisten, nos sacan fotos, nos toman las huellas digitales, nos preguntan de todo. Después nos vuelven a subir al carro, ya vestidas, y nos llevan a la 1ª Comisaría de Santiago, en la calle Santo Domingo. Son las ocho, nueve, diez de la noche de ese 10 de abril de 1985. Van llegando nuestros familiares a buscarnos. En algún momento nos empiezan a llamar de a una, nos van soltando. Estamos machucadas, pero vivas para contarlo. En la radio escuchamos al ministro de educación, Horacio Aránguiz. Asegura que no habrá más tomas en el país. Que nunca más habrá una toma, ni un paro ni una marcha. Que esto se acabó. No imagina el ministro, no puede imaginarlo, que veintiséis años más tarde, con otro terremoto en la memoria reciente y una pila de gobiernos posdictatoriales, no solo habrá tomas, marchas y paros, sino que el movimiento estudiantil brotará como la buena yerba, la de la risa incontrolable, y que hará despertar a un país sincronizado de esquina a esquina.

 [2011]