Cuando el escritor se convierte en su materia literaria

José Luis Muñoz

Diario de Invierno, Paul AusterAlguien, una buena amiga,  tuvo la brillante idea de regalarme Diario de invierno, la última novela de Paul Auster, un autor americano por el que siento un enorme aprecio, aunque no lo conozca. Aprecio como escritor, y como persona. Puedo apreciar al Bukowski escritor, pero difícilmente me habría ido con él a tomar una copa. Auster, además, es un tipo de gran presencia física, buena planta (debe rozar el metro noventa), cercano y no se le va atormentado, adjetivo que parece no poder disociarse de la buena literatura.

Sabía, antes de empezar la última novela de Auster que, curiosamente, llega primero al lector hispanoparlante que al anglo, que tendrá todavía que esperar unos meses, que ese libro me iba a gustar especialmente, que me iba a sentir identificado con las reflexiones de Auster, porque Diario de invierno, título que define perfectamente la novela, es una confesión del miedo al envejecimiento que experimenta el escritor cuando comprueba que pierde agilidad mental y física, que se ha hecho mayor sin darse cuenta, algo que advierte de golpe, de un día para otro, y por eso escribe, para exorcizar ese temor, convertirlo en literatura y vomitarlo de su interior, confiando que otros lectores, o autores, estarán también en ese momento, en el invierno de sus vidas, y se sientan identificados con él.

Diario de invierno está maravillosamente escrita, sin pretensiones ni artificios, desprende sinceridad en cada uno de sus párrafos, es literatura confesional y Auster se convierte en carne literaria al hablar sobre sí mismo, sobre sus experiencias de todo tipo, infantiles, sexuales, amorosas, literarias, cinematográficas, gastronómicas que le han ido modelando hasta ser quien es. Habla con infinita ternura, por ejemplo, de una joven prostituta de la que se enamora, pero ya no vuelve a ver más. También de unas molestas purgaciones y ladillas. De su mujer, a la que quiere sin fisuras y de la que nunca se separa, y de su hija. Y del miedo que le produce no levantarse un día, no despertar de ese sueño nocturno, porque habrá dejado de existir.

Casi todos los escritores, sin excepción, en sus novelas, de una u otra forma, impostando voces, acaban hablando de sí mismos a través de sus personajes. Pero en Diario de invierno, un Auster nada impostado, cercano, diáfano, humano, se convierte en el protagonista de su novela, y convierte en extraordinaria literatura ese recordatorio de su vida. Hay un capítulo, por ejemplo, que lo emplea en relacionar sistemática las casi cuarenta casas y apartamentos en los que ha vivido y que también conservan su eco. Las casas también son su vida, las paredes guardan su sombra, los suelos resuenan con sus pasos.

Inevitablemente, cuando leo a Auster, pienso en Vila-Matas (con quien el norteamericano mantiene una excelente amistad y, además, ambos son de la misma generación), porque el barcelonés, al que traté durante unas pocas horas en Palma de Mallorca en una ocasión, habla una y otra vez de sí mismo en su inclasificable obra literaria que bascula entre la narrativa y el ensayo, es él, casi siempre, el sujeto de sus libros, emboscado levemente en sus protagonistas enfermos de literatura, infestados por el virus de las letras.

Diario de invierno no es un epitafio, aunque su párrafo final lo acerque a él. Auster, como Vila-Matas (que estuvo en trance de morir hace unos años, y esa grave crisis vital actuó de revulsivo en su literatura), vivirá seguramente un buen montón de años, como el barcelonés, y regalará a sus lectores  excelentes páginas literarias, y seguro que el último libro del norteamericano entusiasmará hasta a los más jóvenes que se acerquen a él, porque la literatura, cuando es buena, ni tiene género ni edad, pero sin duda esta novela confesión llegará más, con mucha más intensidad, será interiorizada, por un lector que también entre en el invierno de su vida. Y esa es una razón extraliteraria por la que la novela de Auster me ha emocionado.