Dios, Chávez, el Canalla y la responsabilidad con la libertad/h2>

Arturo González Dorado

Hugo Chávez, Fidel Castro, Ché Guevara, humor políticoTodo parece indicar que el presidente venezolano Hugo Chávez Frías tiene dentro de poco un encuentro definitivo con Dios o la Nada, y en cualquier caso le será muy difícil, aun cuando continúe por un tiempo más en este valle de lágrimas, presentarse como candidato en las elecciones del próximo octubre.

Con toda probabilidad, luego del tránsito de Chávez a la eternidad, el Socialismo del siglo XXI pasará definitivamente al estercolero de la historia, donde por cierto siempre ha estado, pero sin Chávez será un proceso natural, de simbiosis, de verdadero amor, casi religioso, como la putrefacción de un cadáver hediondo.  Lo semejante atrae lo semejante, reza el antiguo adagio hermético.  Será la natural extinción de una soberana tontería, que si no fuese por las desgracias que acarrea, quedaría como otra de las curiosas y dignas de reflexión locuras que a la humanidad le gusta realizar de tiempo en tiempo para darle sabor a la maldad, a la demencia y a su más arraigada y constante característica: la estupidez.

Esto es ciertamente una buena noticia, pero más allá de la satisfacción que produce a las personas normales el que otra gran patraña demencial ocupe su espacio natural, el estercolero de la historia, la enfermedad de Chávez ha traído un factor que invita a meditar en el destino y el esfuerzo humanos: el azar, o la voluntad divina, tal vez diferentes rostros de una misma realidad, entraron en acción para moldear la historia.

Chávez tiene mucho en que pensar mientras se prepara para el tránsito al otro mundo, pero sus reflexiones, que espero sinceramente le acerquen a la última realidad de la existencia, por más interesantes y nutritivas al alma que puedan ser, no son lo más importante para nosotros los cubanos.  El punto que a nosotros debe llamarnos a la reflexión es nuestra propia responsabilidad con el destino y la historia.

Lo divino, o el azar, han irrumpido en la historia, algo que pese al más obstinado pesimismo frente al silencio de Dios, comida diaria para nosotros los cubanos cuando vemos tamaña persistencia del mal en nuestro país, de vez en cuando sucede; como si la divinidad casi por cansancio, se acordara de sus hijos, de que es conveniente que al menos ocasionalmente interceda en la historia para paliar los desmanes de sus creaturas.  Tal vez se ha cumplido una maldición que muchos creen cierta: todo aquel que se acerca al Canalla tiene un fin trágico, el Canalla queda como el único sobreviviente de su larga aventura revolucionaria. Tal vez sea un castigo que el Canalla y sus secuaces deben sufrir en vida: ver como se siguen destruyendo todas sus maquinaciones y como sus aliados van cayendo inexorablemente, como al fin se queda absolutamente solo, frente a la destrucción y el desastre que su maldad y obcecación han traído.  Quizás por eso los chinos, duchos gracias a su milenaria filosofía en semejantes asuntos, se niegan a vincularse más a fondo con el Canalla y sus disparates y maldades tropicales.

El Canalla, no obstante, está habituado a esto; tiene una larga experiencia en el asunto; legión son ya los bandidos amigos del Canalla que han terminado muy mal o han muerto de manera natural.  El último fue su entrañable Gaddafi.  Pronto será el discípulo predilecto, el socialista del siglo XXI, Chávez.  El Canalla confía en que su buena estrella le sacará las castañas del fuego como ha sucedido siempre.  Confía más o menos conscientemente en que su natural aliado, el Príncipe de este Mundo, le permita expoliar y destruir con sus añagazas y carisma perverso a otro ingenuo o malintencionado creyente en sus dislates.  Por su parte, el resto de la pandilla que lo sigue en sus locuras y delirios confía plenamente en que el influjo del Canalla pueda nuevamente traer otro milagro para que sigan con sus bandolerismos, aberraciones y meticulosa destrucción del país y sus habitantes.

De todos modos, el Canalla, no más Chávez acabó de darse cuenta de que el boleto para el más allá está listo y la cuestión de cuándo parte es solamente asunto de pequeños trámites burocráticos en la jerarquía celestial, no pudo permanecer en silencio ante semejante asunto, se apresuró a lanzar otra de sus idioteces disfrazadas de oráculo que el suele llamar reflexiones, para culpar a los americanos de lo que pueda pasar en Venezuela, y con su acostumbrado y terriblemente feo lenguaje, intentar decir lo de siempre, la mentira por la mentira, que todo está bien, que la revolución bolivariana está firme y que la oligarquía no podrá ganar.

El Canalla sabe perfectamente, como lo sabe el resto de los bandoleros que gobiernan en Cuba, y todo aquel que tenga un mínimo de inteligencia, que el futuro del dislate cubano no resulta muy halagüeño sin Chávez y sus petrodólares.  El desastre cubano, ese que el Canalla y compañía tan alegremente trajeron a su pueblo, se hará peor, si semejante cosa no es un pleonasmo de mal gusto, y de nuevo el país podrá verse abocado a la parálisis total, como ya sucedió cuando la Unión Soviética y demás socios comunistas se fueron del aire.

Pero el Canalla confía, pese a todo, en que algo pasará para que puedan seguir sobreviviendo.  De hecho la historia de la Revolución Cubana está marcada desde sus comienzos por azares increíbles.  Desde el asalto al cuartel Moncada, la expedición del Granma, la crisis de los mísiles, los atentados fallidos, el caso del niño náufrago Elián, el azar, Dios, o el demonio parecen hacerle las cosas más fáciles al Canalla.  No obstante, en cada uno de esos azares su voluntad fue al final lo decisivo.  Aun en los más grandes fracasos, como en el “desmerengamiento” del campo socialista, el Canalla confió en el destino, pero sobre todo actuó, fue el más astuto, el más genial, quien ganó, y quien pese a todo ya ha ganado.

De hecho, recientemente el Canalla y el canallita de su hermano han logrado un triunfo paradójico a primera vista: la plena complicidad de la iglesia católica, bajo la égida del Cardenal Jaime Ortega, con el gobierno.  Paradójico a primera instancia, pero no si se mira más profundamente.  Lo semejante atrae lo semejante, y la iglesia y el demonio son íntimos y viejos conocidos que se necesitan mutuamente.  Se puede decir que al fin han encontrado el acomodo natural, no olvidar que el Canalla es discípulo de los jesuitas, y el cardenal ahora ha optado por la opción más consecuente con su pequeñez de alma y cobardía:  pactó con el mal, o fue devorado por él, lo que para el caso es lo mismo.

Por algo es el Canalla, no un canallita, no una canalla más.  Cuando Chávez, quien no es más que un payaso, trata de imitarlo, toda la ridiculez y el absurdo de la estupidez desnuda quedan en total evidencia.  Y el que Chávez haya logrado mantenerse en el poder en Venezuela ganando elecciones, no es prueba alguna de su inteligencia, como si fue el caso del Canalla cuando engatusó a todo el mundo en los primeros años de la Revolución, sino de que el número de estúpidos en Venezuela es altamente preocupante, es una señal más de que la idiotez humana es mayoría.  El Canalla es irrepetible, y lo sabe.  Sabe que la suerte lo ha acompañado, pero sobre todo sabe que la masa aborregada y destruida que constituye la mayoría de la población cubana no es capaz de hacer nada por sí misma; que el egoísmo, la falta de grandeza, y la pequeñez de alma e ideas del exilio no ha sido capaz de unirse contra él y derrotarlo, y todo apunta a que no serán capaces de hacerlo por el momento. Como todo gran tirano es un gran conocedor del alma humana y sabe que la tontería, el odio disfrazado de amor por los pobres y sobre todo el resentimiento y la envidia de los mediocres, los fracasados, los acomplejados y los estúpidos de este mundo, necesita de alguien como él y es inagotable y eterno como la condición humana.

Por eso pese a que Chávez se va en un viaje sin retorno y el Canalla y el resto de la banda no tienen muchas opciones, confían en que como siempre no tienen enemigos a su altura.  Confían en que no tendrán una fuerza capaz de obligarlos a ceder, saben que a los cobardes no se les respeta, y que a los fracasados se les mira con lástima, cuando se les mira; saben que a los que mendigan se les ofrece caridad en el mejor de los casos, y saben que en el fondo no han podido ser derrotados, porque frente a ellos no tienen una fuerza con la voluntad, la inteligencia y la capacidad de hacerlo.  Incluso en los más graves momentos cuando el azar o Dios entran en acción, sus enemigos son incapaces de asumir la iniciativa, y de unirse para lograr un objetivo común.  La realidad es que excepto el pequeño grupo de valientes que en Cuba dan todo por la libertad, no hay una alternativa sólida, viable y esperanzadora de futuro para el país, y que estos valientes no tienen ninguna posibilidad real de tomar el poder, ni la organización ni los recursos para hacerlo, y los exiliados, quienes hace rato debían tenerlo, para vergüenza suya y satisfacción del Canalla, tampoco lo tienen.  La realidad es que la condición de la mayoría de los cubanos es la de los cobardes que se niegan a tomar la responsabilidad en sus manos, fracasados como nación, incapaces de aunarse para acabar de destruir un cadáver apestoso que hace rato sobrepasó su natural tiempo de vida, cobardes y desmoralizados, envilecidos que en el mejor de los casos esperan el milagro, y aunque el milagro llegue, ya llegó en el 1991 cuando se derrumbó el comunismo, muy probablemente llegue de nuevo cuando Chávez se vaya del poder, la pequeñez, la mediocridad de alma y mente, la miseria moral y material, resultados naturales de la gran labor del Canalla y de esa pesadilla llamada comunismo, nos les permita hacer mucho.

Sin embargo la historia no está escrita.  La acción humana la guía, la voluntad humana la hace.  El Canalla es una prueba fehaciente de esto, una y otra vez logra ganar ante circunstancias muy difíciles, logra que el azar se le pliegue, y que cuando lo golpee, no lo destruya.  El Canalla no sólo confía en su buena estrella, sino que tiene el tesón y la fuerza de los grandes hombres, aunque puedan ser monstruos.

La espera, que es casi siempre la opción de los cobardes, ha traído otra vez un imponderable: el Canalla y compañía no tienen muchos más recursos de donde sacar para mantener su desastre.  Y sin embargo, el tesón, la tozudez, la maldad y la habilidad continúan estando de su lado.  Su conocimiento del alma humana sigue funcionando, y los otros, los que deben asumir la acción y actuar, no pueden, no quieren o no saben cómo hacerlo de forma que realmente obligue a los cambios.

Pero la esencia de la responsabilidad no desaparece porque la mediocridad y la desidia, la bajeza y la maldad sean la norma.  Queda siempre como lo más importante, como la elección ineludible que define la condición humana.  La enfermedad de Chávez nos lanza al enfrentamiento desnudo y descarnado con la opción radical de ser humanos, y de ser cubanos: la elección por el bien, o la rendición ante el mal.  Podemos asumirla, o seguir en el fracaso. Podemos al menos cambiar en algo el triunfo absoluto del Canalla, o reconocer francamente que somos incapaces de derrotarle, y que la mentalidad del esclavo, del cobarde, la condición de pueblo pequeño, indigno de merecer el respeto de la historia, nos ha poseído.  Podemos intentar crear un frente único, una propuesta de nación con verdadero poder y viabilidad, o simplemente seguir dentro del juego del mal.

Dios o el azar de nuevo han actuado, ahora toca a los hombres, a los cubanos, asumir su libre albedrío:  actuar para cambiar las cosas, asumir la responsabilidad como seres humanos y nación o seguir siendo los perdedores.  Ahí está la cuestión.