El andamiaje de la felicidad costarricense

Uriel Quesada

Ron Guaro, Costa RicaEn el aeropuerto internacional Juan Santamaría de Costa Rica un enorme rótulo recibe al viajero.  El texto dice, Bienvenido al país más feliz del mundo.  No recuerdo la imagen del fondo,  pero a un lado se ve una botella de ron. La conexión que procura hacer la publicidad es evidente: alcohol y felicidad.  Hace unas semanas, la presidenta Laura Chinchilla trató en la ONU de vender esa misma idea de país para atraer inversiones.  Aquí hay otra conexión posible: la felicidad es política de estado y valida el rol del país en el contexto internacional, sobre todo podría ofrecer garantías a los inversores de que no van a encontrar ningún tipo de conflicto social.  A fin de cuentas, si uno está satisfecho con su vida no tiene razón para protestar.  De repente aparece otra nación excepcionalmente feliz: Bután.  No hay fotos de los mandatarios de ambos países juntos, quizás porque tanta felicidad podría resultar ofensiva para pueblos de naturaleza más triste.  Sea como esa, estar al frente de los rankings de felicidad viene de afuera, como si estuviéramos en una de esas relaciones de poder que crean categorías por las que uno, aún a su pesar, debe luchar.

En un cuento mío hago una reflexión irónica sobre el tema de los países dichosos. Hace unos años el poseedor indiscutible de tal distinción era Dinamarca. El prestigioso programa de investigación 60 Minutes le dedicó incluso una nota al tema. Había tomas de ciudades limpias y antiguas y un entrevista a un grupo de jóvenes, quienes además de contento rebosaban humor y orgullo.  En mi cuento cuestiono la posibilidad de medir y menos aún teorizar la felicidad.  Hay cosas que parecen dadas y no deberían deconstruirse. Hablar de lo que es la felicidad, establecer parámetros, aplicarles un modelo estadístico y validar ese modelo,  todos esos ejercicios tienen algo de siniestro, quizás porque matan la ingenuidad que podría pensar uno que acompaña a un ser auténticamente feliz. Sin embargo, no me ha quedado más remedio que aceptar mi error, pues cuando la felicidad se entiende como satisfacción de vida no solamente hay formas de realizar mediciones sino que, efectivamente, Costa Rica es uno de los países con índices más elevados en el mundo, aunque no necesariamente el primero.

Al mencionar la palabra “índice” revelo una de mis faltas placenteras y secretas,  la estadística. Aunque hace ya mucho tiempo que no ejerzo esa profesión aún guardo el gusto  por  sus posibilidades de análisis y por la rigurosidad en la que encapsula fenómenos en modelos de alguna (a veces mucha) fuerza predictiva.  En forma sencilla, si un indicador es una representación numérica de un evento particular, un índice es la combinación de varios indicadores para dar una idea de totalidad frente a la fragmentación de los eventos o indicadores individuales. La construcción del índice también permite ponderar el peso de cada indicador, por lo que se pueden discriminar los factores determinantes frente a aquellos que no tienen mucha importancia explicativa. Luego de esa breve disquisición entro al tema de fondo.  Un artículo de Mariano Rojas (FLACSO-México) y Maikol Elizondo-Lara (Merck-México) publicado en la revista Latin American Research Review muestra los resultados de aplicar un modelo econométrico a la pregunta de qué es y cuál alta es la satisfacción de vida de los costarricenses. El bienestar relevante, dicen Rojas y Elizondo-Lara, es aquel que las personas experimentan y depende de distintas áreas que las mismas personas definen.  Es decir, para construir un índice de felicidad se requiere indagar primero cuáles aspectos de la vida son significativos para las personas;  en segundo lugar se debe construir un índice a partir de las percepciones en cada uno de esos aspectos.   Me interesa en primer término señalar que  son los costarricenses de a pie (en este caso entrevistados por la Escuela de Matemáticas de la Universidad de Costa Rica en 2004, 2006 y 2008) quienes han definido las áreas de su vida que determinan lo que consideran ser feliz.  Un modelo válido, por lo tanto, se construye de abajo hacia arriba, no desde el punto de vista del poder económico o político sino desde el diario vivir de los ciudadanos.  Luego hay que tomar en cuenta que por las formas de recolección de los datos el modelo arrastra un rezago,  es decir el país que se reconoce hoy como feliz muestra los resultados de algunos años atrás, no de la realidad inmediata.

En el caso de Costa Rica (y la encuesta antes mencionada) se indagó el grado de satisfacción en las siguientes áreas o dominios de vida: la situación económica, la situación laboral, la comunal (servicios públicos), la amistad (relación con amigos y vecinos), la disponibilidad de tiempo libre para actividades de ocio, la situación familiar (relaciones con la pareja e hijos) y las relaciones con el resto de la familia. Finalmente se preguntó por una evaluación general.  Cada entrevistado escogió un valor entre 1 y 7, siendo 1 “Extremadamente insatisfecho” y 7 “Extremadamente satisfecho”. El valor medio que reportan Rojas y Elizondo-Lara es 5.5, es decir “Satisfecho”, el cual en una traducción mercadotécnica un tanto arbitraria se entendería como “Feliz”. Más relevante es, sin embargo, el análisis de los dominios individuales.  De acuerdo con los investigadores los aspectos de vida con el mayor nivel de satisfacción son el familiar, tanto por las relaciones con la pareja e hijos como por las relaciones con el resto de la familia,  y la amistad. El dominio con el valor más bajo es el comunal (servicios públicos).  Ninguno de los dominios, sin embargo, llega al nivel que refleje profunda insatisfacción.

Rojas y Elizondo-Lara añaden elementos para sofisticar el análisis. Sin embargo para nuestros efectos sería mejor adelantar algunas conclusiones del estudio. 1) Aunque el ingreso es un factor determinante para el explicar el grado de satisfacción de los costarricenses,  son más importantes las relaciones familiares y de amistad. 2) Las mujeres tienen menor satisfacción que los hombres en los planos económico y laboral. 3) La satisfacción de vida se incrementa con la edad, pero no de manera sostenida. Quienes se encuentran en sus treintas y cuarentas experimentan menos satisfacción que los jóvenes o las personas más adultas. 4) Entre el año 2004 y el 2008 se aprecia una tendencia a la baja en el nivel de satisfacción general.  A esas conclusiones yo agregaría algunas aclaraciones a lo que se ve en los medios.  Una sería que el título “País más feliz del mundo” no alude a un espíritu acrítico o alienado de las personas sino a condiciones de vida muy concretas e identificables, así como a la autopercepción de los entrevistados.  Otra conclusión es que ser un “país feliz” es un término relacional, es decir representa una posición en una escala o ranking, y no nos dice que todo es perfecto en dicho país. Dado que el valor medio en Costa Rica es 5.5 en una escala de 7 muestra que todavía hay mucho camino por andar.  Una tercera conclusión se referiría al rol de los factores económicos. El ingreso promedio en Costa Rica no es alto, y la gente no necesariamente está contenta con ello. Lo que el estudio muestra es la importancia que los ticos ponen en otros aspectos de su diario vivir, lo cuales compensan en el modelo la insatisfacción en el ámbito económico.  Finalmente, la más importante de las conclusiones para mí sería el uso de la información y del lugar de Costa Rica en los rankings de satisfacción de vida.  Estos modelos ayudan a orientar la política pública.  Para Costa Rica, por ejemplo, señalan el grado de insatisfacción con los servicios que las personas reciben. Esa área merece reflexión y acciones concretas, pero hasta el momento pareciera que se han ignorado.  Ser el país más feliz de mundo implica una seria responsabilidad para la clase gobernante, pero si por la prensa se puede juzgar una actitud,  todo indica que la administración del país no pasa de lo cosmético y que más bien utiliza estos estudios para confundir al país y presentarle al mundo una imagen frívola que perpetúa estereotipos.