Formas de leer Canción de tumba

Edmundo Paz Soldán

Canción de tumba, de Julián HerbertHace tres meses que leí Canción de tumba y desde entonces quiero escribir sobre esta novela de Julián Herbert. Lo quiero hacer sobre todo para transmitir mi entusiasmo por un libro que no se me va de la cabeza. El problema con Canción de tumba es que hay muchas maneras de abordarla y no me he podido decantar por ninguna. Es un problema de los que vale la pena tener, uno de exceso y no de defecto. Podría decir muchas cosas sobre este libro, porque su lectura me ha enriquecido de diversas maneras, pero no quisiera dejar nada afuera, y eso es difícil en una columna.

Podría abordar el libro a partir del retrato devastador de una madre. Antes de leer Canción de tumba leí El desierto y su semilla, de Jorge Barón Biza, y me llamó la atención la coincidencia: dos novelas poderosas que tienen a la madre como eje del relato. En ambos casos, la madre aparece como una figura sufriente: en El desierto y su semilla, una mujer a la que su esposo le ha arrojado ácido en la cara; en Canción de tumba, una mujer que alguna vez encarnó el placer –era prostituta–, pero que el lector encuentra por primera vez en un hospital: está a punto de morir de leucemia. Dos mujeres postradas, y la relación que se entabla con dos narradores hijos, dedicados a ellas pero a la vez no dispuestos del todo a convertir esa entrega en una causa de vida. Se trata de dar cuenta del dolor pero también de la rabia y la frustración.

Podría escribir sobre la forma maestra en que Herbert va abriendo el foco de su narrativa, convirtiendo un retrato íntimo en la representación de la vida pública nacional. En Herbert, la gota de agua da cuenta del universo: la historia del niño y su madre puta es la de una falsa familia, y “La única Familia bien avenida del país radica en Michoacán, es un clan del narcotráfico y sus miembros se dedican a cercenar cabezas… En esta Suave Patria donde mi madre agoniza no queda un solo pliego de papel picado. Ni un buche de tequila que el perfume del marketing no haya corrompido. Ni siquiera una tristeza o una decencia o una bullanga que no traigan impreso, como hierro de ganado, el fantasma de un AK-47”. Largas citas, porque la prosa de Herbert es muy citable (en vez de una reseña, debería escoger cinco citas, y ya).

Podría escribir sobre cómo Canción de tumba es un relato que reflexiona sobre el arte de construir relatos. Le llaman a eso metaliteratura, pero aquí no al servicio de un solipsismo que aburre sino como estrategia para evadir el culto del dolor y el patetismo mismo de la historia. Una estrategia narrativa para contar mejor la historia. El dolor está ahí, siempre presente, y mejor no insistir en él. Discutamos la técnica, el estilo, la voz, porque así estamos hablando de lo mismo: la forma es el fondo.

Podría escribir sobre cómo esta novela me ha hecho pensar en el gran momento de la literatura mexicana actual. En menos de un año he descubierto a Valeria Luiselli (Los ingrávidos), Carlos Velázquez (La marrana negra de la literatura rosa) y Julián Herbert. Sus obras son diversas, sofisticadas, tienen mucho riesgo y nada de solemnidad; en ellas el lenguaje chispea y el español se llena de anglicismos, neologismos, coloquialismos y todo lo que sirva para renovarlo. Libros muy contemporáneos con vocación de clásicos.

Vale más que renuncie a reseñar Canción de tumba y simplemente escriba: léanla. Me irá mejor así.