Hombres haciendo de mujer

Armando de Armas

Carlos Montenegro, 1976En artículo anterior sobre Reinaldo Arenas hacíamos referencia al hecho de que, extrañamente, siendo el autor el más desembozado homosexual de las letras isleñas no pone a sus personajes al desempeño sodomítico mientras en prisión permanecen (como parece tampoco lo hizo el mismo autor cuando en el talego estuvo), y que en consecuencia, y sin piedad, los condena doblemente, a la pena carcelaria y a la abstinencia erótica, en tanto que uno de los más machos de las letras isleñas, acorde con el estereotipo establecido, Carlos Montenegro, quien fuera a dar con sus huesos a la cárcel tras haber dado muerte a navajazos a un hombre en el puerto de La Habana, y quien fuera sin lugar a dudas un tipo duro de pelar en vida, prosa y presidio, amigo juramentado por demás del temido ganster y mejor escritor Rolando Masferrer, vino a escribir nada menos que la novela Hombres sin mujer, 1938, cuyo tema no es otro que el del amor y la muerte entre presidiarios, o la muerte por amor entre presidiarios; un escándalo sin dudas en los pacatos predios literarios de su tiempo.

Lo cierto es que la novela de Montenegro va más sobre la violencia que sobre la homosexualidad, o mejor, va más sobre las relaciones homosexuales marcadas por la violencia que sobre la homosexualidad misma. Unas relaciones como relaciones de poder, de supeditación del  más débil bajo el más fuerte. Una donde los más débiles y agraciados terminan haciendo, muchas veces a su pesar, de hembras sino cabales al menos, sí, complacientes. Un sitio donde el oscuro objeto del deseo, nunca mejor empleado el término, se obtiene como derecho de conquista. Hablamos acá no de la cuadratura del círculo, sino del círculo como sustituto de la perpendicular, de la hendija en su perpendicularidad. Los viejos presidiarios de la isla aún suelen referirse a sus cofrades dados a la disipación sodomítica con este eufemismo: ¡fulano es enfermo a dormir sobre la espalda de sus compañeros! Compañero despojado acá de méritos revolucionarios, devenido camarada, de la misma cama, que presta la espalda para el dormir, disfrute del otro. El otro admirado, a veces envidiado, porque posee el poder, don de dormir sobre una espalda; de encajar espada en la baja espalda. Es sintomático que, tanto en la era republicana como en la castrista, la mayor parte de las reyertas, hechos de sangre y muertes ocurridas en las prisiones de la isla tienen su origen en peleas por la conquista no del vellocinio de oro, sino del oscuro objeto del deseo.

Montenegro tuvo una vida marcada por la violencia, la violencia lo lleva a la cárcel, la cárcel lo lleva a escribir, y el escribir lo lleva no a las fabulaciones, sino a retratar la realidad inmediata, la violencia carcelaria y el sexo, el sexo supeditado a la violencia carcelaria. Montenegro, nacido en Galicia en 1900 y muerto en Miami en 1981, fue además, como su amigo el temido Masferrer, un periodista de fuste, y como Masferrer, un militante comunista, y estuvo también, como Masferrer, en los infiernos de la Guerra Civil Española de 1936 del lado, claro, del bando republicano. En 1959, con el arribo de Fidel Castro al poder, Montenegro lo mismo que Masferrer, a pesar de haber sido ambos comunistas, o más bien por eso mismo, saben muy bien lo que les espera y deciden entre los primeros intelectuales cubanos poner pies en polvareda, noventa millas de por medio, y avecindarse en Miami. En el caso de Montenegro tras pasar por México y Costa Rica.

Pero Montenegro además se ganó el sustento en diversas latitudes y en diferentes oficios. Adolescente aún se alistó como grumete en un barco de cabotaje llamado el Julia, y a partir de ahí hizo vida marinera en diversas compañías de navegación y por diversos puertos de Centroamérica, México, Cuba, Estados Unidos y Canadá. La cárcel pareciera ser un sino, una constante en el escritor, pues estuvo preso en Tampico, en medio de la degollina que fue la Revolución Mexicana, acusado nada menos que de ser agente estadounidense y de tráfico de armas, y, en lo que pareciera ser también un sino, una constante en su vida, logra evadirse de la cárcel, y desempeñar luego numerosos oficios en México y Estados Unidos.

Con sólo diecinueve años de edad es que el futuro autor mata a un hombre en una pelea en el puerto de La Habana, y por ello fue condenado a catorce años, ocho meses y un día de prisión en el Castillo del Príncipe, en el Reclusorio Nacional, y en la biblioteca de dicho sitio comenzó a estudiar con intensidad y a relacionarse con varios intelectuales y estudiantes revolucionarios, entre ellos a Pablo de la Torriente Brau, gente tan dada a la violencia como el mismo Montenegro. Por cierto que de la Torriente Brau, como Montenegro,  Masferrer y Lino Novás Calvo (gran escritor y amigo de los dos últimos), junto a todos los progres isleños que tuvieron pantalones, se fue a la Guerra de España a que los requetés de Francisco Franco Bahamonde le dieran por el envés. A Pablo de la Torriente Brau lo frieron en Majadahonda de un tiro en el pecho. Masferrer salió del matadero español cojo de un tiro en el carcañal. Montenegro escapó indemne, gracias a su suerte proverbial. A Novás Calvo casi lo fusilan en Madrid, no los franquistas sino los de su propio bando. Lo que si nunca logró Montenegro, ni Masferrer, ni Novás Calvo, ni ninguno de los progres isleños que tuvieron pantalones para pelear en España, fue la solidaridad del resto de los progres internacionales, menos de los españoles, una vez que Castro tomó el poder en La Habana y sin patria se quedaron. Ellos siguieron queriendo a los republicanos españoles pero los republicanos españoles no les quisieron más a ellos. Ellos nunca pudieron explicárselo porque en definitiva, razonaban, ellos eran víctimas de un dictador peor que Franco. No parecían entender que los republicanos españoles no estuvieron contra Franco porque fuera un dictador, sino porque no era su dictador, digamos que quizá, inclusive, hasta preferían uno que fuera peor, pero que fuera el suyo, de la zurda mano, digamos que al mismísimo Stalin.

Allí en el talego escribe Montenegro sus primeros cuentos y en 1924 logra publicar en la revista Renacimiento, órgano de la penitenciaría, y posteriormente accede a publicar en las páginas de la revista Social, donde además da a conocer algunas de sus poesías, y, en 1928, se alza por votación popular con el primer premio del concurso de la revista Carteles, con su relato El renuevo, después de lo cual numerosos escritores y amigos se interesaron por su obra y por su situación, y lograron gestionarle un indulto. Ya en libertad continúo escribiendo y en 1944 obtiene el Premio Nacional de Cuento Alfonso Hernández Catá, con su relato Un sospechoso.

Por irónico que parezca Montenegro fue un hombre con mujer, con suerte para las mujeres. Pues una dama, el amor de una dama, la periodista y escritora Emma Pérez, quien después llega a ser su esposa, resultaría clave para promover la campaña a favor del indulto que llevó a sacarlo de ese mundo sin mujeres y tras las rejas en el que se podría el pendenciero escritor. Pero, resultaba inevitable, Montenegro era el hombre para una novela, para una gran novela, para escribir Hombres sin mujer. Quizá no había, ni habrá, otro como él para dotar a las letras isleñas de dicho documento, documento como un monumento, monumento literario. Así, sin miedo, escribió, en un texto a manera de prólogo a esta obra: “No me interesa quien se sonroje o indigne por la lectura de estas páginas, mientras se considere ajeno a la realidad ominosa que divulgan: a su agitada moral de superficie opongo, en la medida de mi capacidad, el propósito auténticamente moral de desenmascarar la ignominia que supone arrojar el pudridero a seres que más tarde o más temprano han de regresar al medio común, aportando a éste todas las taras adquiridas; opongo también la desesperación de esos seres, su dolor humano y su inevitable regresión a la bestia; opongo el interés mismo de la humanidad”.

La novela (que es el drama sentimental, sexual, humano en suma, del negro Pascasio Speek) empieza con violencia y lujuria, violencia y lujuria exacerbadas por el encierro, la promiscuidad entre varones y la abstinencia obligada del acceso a la mujer, a la entrepierna de la mujer. “Y Valentín, el mulato loco, abandonando la actitud bélica, se llevó las manos a la cintura y comenzó a moverse deshonestamente, acosado por la lujuria. Sin cesar de moverse, empezó a decir palabras amorosas cargadas de obscenidad, hasta violentarse el sexo, y de súbito, lanzándose al centro del patio, alzó los puños al cielo y gritó estentóreamente:

 —¡Yo quiero comer ganllinan blanca! ¡Ay! ¡Ganllinan blanca!

 (…) Miró de reojo. Estaba bien que el chocho de don Juan le dijera animal, pero que aquel quídam de Candela se metiera con él todos los días llamándole yegua o cosas por el estilo, no estaba dispuesto a soportarlo. Ya se lo había dicho otras veces, amenazándolo con romperle un hueso. Esta vez se levantó decidido a todo, mientras, en el extremo del patio, Candela se hacía el disimulado.

 Pascasio caminó hasta él y, plantándosele delante, le espetó con tono reconcentrado:

—Oye, ¡tu madre! Yeguas se les dice a los afeminados.

 Levántate, que te voy a partir las narices.

Candela se rió:

—Está bien, mi tierra! No se ponga bravo por eso, todo el mundo sabe que usted es un varón y…

 —Levántate, si no quieres que te parta esa boca de chayote de una patada. Te quiero enseñar a que respetes a los hombres (…) Pascasio no se contuvo más. Retrocedió de un salto y agarró a Candela por el cuello de la guerrera, lo levantó del suelo y le clavó el puño en plena boca.

—Esto le hago yo a los degradados como tú.

Por efecto del golpe, Candela se había ido contra la pared, y ya se disponía a responder el ataque, cuando vio entrar en el patio al brigada del Orden Interior, que dijo:

—¿Qué ocurre aquí?

—Nada, brigada Basilio —contestó Candela, reponiéndose—; estábamos jugando de manos.

—El juego de manos ya saben lo que trae. Está bien, ¡ahuequen!

 Pascasio, aún sin control, se movió indeciso, pero el temor de verse envuelto en un enredo sodomita lo decidió a aceptar aquella solución. Echó a andar hacia la cocina, donde ya se sentían ruidos de peroles y de poleas y, preocupado, se mezcló con los compañeros que lo habían precedido en la faena”.

Más adelante en un descarnado diálogo entre presidiarios se aprecia el desespero y el desajuste por la falta de mujer, desespero y desajuste  que conduce a la transmutación, alquimia presidiaria mediante, de un cuerpo por otro, del cuerpo femenino por el cuerpo masculino. A falta de pan, ya se sabe, casabe.

“Dicen que ha entrado una clase de rubito que parte el alma. Bueno, yo lo vi; es una verdadera lea. Ya Manuel Chiquito lo está trabajando y le mandó cigarros y una lata de leche; anda contando por ahí que recibió una carta de la madre del muchacho, recomendándoselo.

—Tal vez sea cierto, Cayohueso.

—¡No fastidies! Lo que sucede es que está bronqueado con la Chambelona, y como no puede vivir sin mujer…

—Mire, compay, ése no es más que un pasmador. Levanta la pieza que otro se va a comer. Acuérdese de la Viudita, de Alma Guajira: una se le corrió con el Colombiano y a la otra se la está trajinando Santinguanzo”.

Luego la narración entra en el ojo de la tormenta del drama de Pascasio, un hombre serio como se les llama a las rara avis que allí se niegan al tráfago sodomítico, drama que no consiste en otra cosa que en el reblandecimiento que muy a su pesar se va produciendo en el alma, en el alma y en el cuerpo de un hombre que se sabe distinto a la ralea presidiaria, que cometió un acto criminal obligado quizá por las circunstancias, pero que no es un criminal, y que se ve ahora atenazado por las dudas, por la soledad, la incomprensión, la violencia, la conspiración, la dureza de sentimientos, y las burlas, crueles, de quienes en desgracia como él, no tienen ni asomo de solidaridad, sino ensañamiento deliberado para precipitarlo no ya a la sodomía, sino a la muerte, o a la sodomía como muerte. Todo un mundo interno, intenso, devenir, conflicto de la conciencia obscurecida que la maestría de Montenegro nos muestra:

“Los dos, Pascasio y la Morita, fueron a pasar al mismo tiempo, y la puerta estrecha los unió, sintiendo Pascasio el cuerpo del adolescente estremecerse todo a su contacto. Se miraron. En lo profundo de los ojos del muchacho le vio aún la obstinación apasionada de antes, cuando no quiso ceder el paso. Éste habló en voz baja, rápidamente:

—Qué, ¿aún quieres que me aparte? Fui un tonto. Ahora cállate, que tú no sabrás defenderte”.

Y más adelante de la narración, no con la Morita, pero sí con Vicente, ocurre lo que, como en el antiguo teatro griego, parece ineluctable:

“Se veía al borde del oprobio, mezclado con él sin saber cómo salvarse; sin tener a su lado una voz amiga. ¡Nada! Y ahora, el que lo había empujado a la desgracia, el instrumento que había elegido su propia indefensión para convertirlo en un guiñapo, le hablaba y ponía en su voz inflexiones tiernas y protectoras a la vez. ¿Sería posible que no tuviera razón? ¿Habría cometido una villanía? ¿Qué le había hecho a él la Morita? En cambio, ¿no le hablaba, no le aconsejaba, cuando acababa de desfigurarlo todo? ¿No le decía cosas con aquella misma boca que su puño había destrozado, manchada aún de sangre? ¿No era aquella la primera voz amiga que oyera en mucho tiempo? ¡Y sus compañeros de trabajo le tenían advertido que intentaría desprestigiarlo!

No pudo terminar la frase; el brazo de Pascasio lo había envuelto y atraído hacia sí, confundiendo las dos bocas. Andrés no opuso resistencia alguna; cerró los ojos abandonándose, hasta que Pascasio, asombrado de lo que hacía, lo soltó.

Entonces el muchacho repitió lo que había comenzado a decirle:

—Estás loco, pero eres un hombre”.

Al final, también como en la tragedia griega, paso a paso de la mano de las Parcas, arriba el desenlace:

“Andrés, con la guerrera desabotonada, corrió hacia Pascasio y fue a decirle algo, pero no tuvo tiempo; quedó detenido de súbito, con la palabra en la garganta y los ojos humedecidos mirando hacia Pascasio, que con toda la fuerza de su brazo y de su salvajismo le había hundido en el cráneo el extremo cortante de la llave.

 Manuel Chiquito corrió lanzando gritos. Andrés se mantuvo en pie una fracción de segundo, de nuevo trató de decir algo, y cayó a los pies de su agresor, que lo miró con los ojos dilatados por el horror (…) Le puso el dorso de la mano al reflejo blanco del acero y las venas cortadas dejaron escapar la sangre, que se extendió por la plataforma. Se miró la herida con los ojos extraviados. Aún tenía aferrada la llave; la intentó tirar lejos de sí, pero los músculos se le habían agarrotado y no pudo soltarla. Entonces la miró con terror, extendiendo el brazo para apartarla mientras gritaba:

—¡Tú fuiste! ¡Tú lo mataste!

En el sinfín la cinta de acero no era más que un destello blanco donde difícilmente se precisaba la velocidad. Acercó al filo la muñeca de la mano que sostenía la llave, y la hoja penetró en la carne llegando al hueso y arrancándole al aparato una nueva voz desconocida, a la vez que la velocidad se amortiguaba.

Sujetóse a la plataforma mientras la hoja terminaba de serrar el hueso, y la mano separada de la muñeca se aflojó soltando la llave. Entonces se apartó del sinfín dando rugidos con el muñón en alto”.

Montenegro dejó varios escritos inéditos, entre ellos la novela El mundo inefable donde narra sus antiguas peripecias en la cárcel mexicana de Tampico. Su obra va sobre lo oscuro porque en lo oscuro giró, como en un enloquecido tiovivo, el mundo que le tocó vivir. Pero el mundo de Montenegro pudiera ser más oscuro, inclusive, de lo que conocemos. Contaba el escritor y periodista estrella de la antigua revista Bohemia, Bernardo Viera Trejo, 1931-2008, que Montenegro no sólo habría matado al hombre de la pelea en el Puerto de La Habana, sino que tras salir de la cárcel, casado y con hija, en defensa del honor de esa última, se vio involucrado en un lío con un inmigrante argentino que trabajaba en la imprenta del mismo diario en que el escritor lo hacía y que, tras varios y vanos intentos por ser desagraviado (parece que era empecinado el inmigrante), un domingo al amanecer, cansado Montenegro del diálogo frustrado, se le apareció al sudamericano, que estaba solo en los bajos del periódico, y que, sin mediar palabras, le asestó un golpe en la cabeza con una de las prensas de plomo u otro objeto contundente. Aseguraba Vierita, como también se le conocía, que al otro día los diarios de la capital daban cuenta del hallazgo de un inmigrante argentino encontrado muerto entre las aguas del Río Almendares. Luego el escritor Rogelio Llopis, 1926-2006, amigo de Montenegro y Masferrer en aquella Habana de vida y gatillo alegre, vino a confirmar como cierta la historia para agregar, oculto tras la espesa nebulosa del humo del cigarro inundando su diminuto apartamento de Miami, entre montones de libros y frente a su infaltable botella de Wiskey, con una mirada socarrona e inquietante, pero hubo más, mucho más, Montenegro como Masferrer, era un duro, un tipo de hombre que ya se extinguió.

No estaríamos seguros de saber si las declaraciones de Viera y Llopis apuntan a los hechos, o si lo hacen a los hechos hinchados por la leyenda, esa que para bien o mal acompaña a los autores malditos, a los hombres que rompen reglas y trazan rumbos en cualesquiera de los ámbitos del acontecer humano. Pero lo que sí parece estar fuera de toda duda es que Carlos Montenegro, como Miguel de Cervantes en el siglo XVI, ese otro maldito, pasó por la experiencia extrema de la violencia en la calle, la cárcel y la guerra, y que, como el autor del Quijote, estuvo siempre bajo sospecha en una sociedad de seres que, huyendo de la oscuridad de lo distinto, suelen no sólo rechazar a los individuos de su índole, sino encerrarlos, para perderse después como mariposas enceguecidas a la restallante luz de la normalidad del mediodía en punto.