Ideología versus Literatura

Antonio Álvarez Gil

Caricaturista: Molina

 

En varias ocasiones me he referido a las dificultades que aparecen en el camino del escritor cubano cuando éste de repente se ve viviendo en tierra ajena. Hoy quiero regresar al tema, aunque desde una perspectiva diferente. En las condiciones del mundo actual, la expresión “en tierra ajena” puede representar tanto un lugar geográfico como un área ideológica. Gracias al avance de la informática y las comunicaciones, hoy en día uno es capaz de hacerse oír en casi cualquier rincón del mundo. Pero puede también vivir aislado, ignorado y hasta sumido en el ostracismo más absoluto en su propio país. Esa “tierra ajena” pueden ser España o Suecia, pero también –y de qué modo- Cuba. Me explico: Tierra ajena es cualquier tierra en la que a tu semilla le cuesta germinar. Para lograr algún resultado con ella hay que trabajar el triple y cuidarla mucho más de lo que los demás cuidan la suya; es necesario dedicarle horas extras y estar pendiente todo el tiempo de su desarrollo. En tierra ajena todo es más difícil, tanto si se trata de cosechar un fruto como de publicar libros y seguir siendo escritor. En tierra ajena vivió el patito feo, y vivieron también Tsvetáyeva, Brodsky o Pasternak, así como Reinaldo Arenas, Lezama Lima y tantos más. Y en tierra ajena viven unos cuantos escritores cubanos de las últimas generaciones, incluso algunos que residen en la Isla y expresan públicamente lo que piensan sobre el régimen de gobierno totalitario que impera en su país.

El problema para ellos (para nosotros) está en que ese régimen se considera generalmente de izquierdas. Y en la división internacional del trabajo y las ideas, la derecha se ha especializado en crear riquezas materiales, en tanto que a la izquierda se le dan mejor los asuntos de humanidades y de ideas. Por eso es tan difícil encontrar banqueros pobres y escritores ricos, si bien es cierto que a veces algunos de estos últimos se las arreglan para jugar en ambos clubes. Pero son los menos. Esta es, en mi opinión, la causa primigenia de los problemas que enfrenta el escritor cubano en el exilio. No importa que el individuo en cuestión simpatice con los más débiles y los desheredados de la sociedad, que en su mente habiten las ideas del progreso, la igualdad y el mejoramiento humano, que no sea capaz de hacer dinero como un hombre de negocios y viva toda su vida en un modesto apartamento de alquiler. Da igual que sea bondadoso y desinteresado, que sonría todo el tiempo y ayude a las ancianitas a cruzar la calle. Si está en contra del régimen –supuestamente de izquierdas- que gobierna en su país, si lo está de veras y lo dice alto y claro, es un tipo de quien se ha de desconfiar. ¿Por qué?

El mundo del libro está dirigido por seres humanos, y éstos se relacionan y agrupan con arreglo a determinados gustos, creencias o afinidades ideológicas. No es raro que aquí los sentimientos extraliterarios primen sobre los otros, ni que a menudo decidan el destino de las obras y de sus autores. En un demarcación geográfica como Europa, tan dividida siempre entre dos áreas de ideas enfrentadas, la definición sociopolítica del escritor puede tener una importancia vital. Como he dicho antes, la Cultura en general, y la Literatura en particular, están en manos de las fuerzas de izquierda. En este contexto, al escritor cubano que se manifiesta de manera explícita en contra del gobierno de su país le resulta un poco más difícil contar con la gracia de quienes siempre han defendido la pertinencia histórica de la revolución de Fidel Castro, catalogándola sin más como un fenómeno social de izquierdas. ¿Pero lo es? Tratar de esclarecerlo sería tema para un trabajo más amplio que el presente. En todo caso, pienso que es tal vez por ello que buena parte de la fortuna del escritor cubano en la arena mundial –con sus excepciones, claro está- depende del modo en que este juzgue lo que ha ocurrido durante los últimos cincuenta y dos años en su tierra. Si el escritor –aun si vive fuera de la Isla- mantiene una actitud comprensiva o, en todo caso, de bajo perfil crítico hacia la revolución cubana y su régimen –a imagen y semejanza de la izquierda europea- disfrutará, probablemente, de ciertas cotas de comprensión y apoyo por parte de los estamentos que deciden la vida y los milagros del libro y sus autores en el entorno continental, español e incluso hispanoamericano.

Me imagino que a muchos de mis compatriotas les habrá ocurrido –en mayor o menor medida- algo de lo expuesto aquí. Como es lógico, cada cual es libre de contar o callar sus experiencias. Yo podría citar varios ejemplos de la mía. Me limitaré, no obstante, a uno solo: En mayo de 2003 viajé a España para participar como invitado en una reunión de escritores de nuestro ámbito lingüístico. No era la primera vez que lo hacía, pues los organizadores solían tenerme siempre en cuenta. Entre otras actividades, ese año habían organizado una mesa redonda dedicada a la libertad de prensa en América Latina. Asistí a ella como parte del público. Los periodistas del panel exponían la situación de varios colegas reprimidos por las dictaduras en los países de nuestro continente. Como ya no había dictaduras en la región, quedaba un solo preso, creo recordar que en Chile. Ellos, no obstante, pedían solidaridad para con él y comprensión para los otros, aunque fueran historia. El tema me pareció muy interesante, sobre todo porque habían pasado tan sólo dos meses desde la llamada “Primavera Negra en Cuba”. Como se sabe, en esa ocasión las autoridades del país detuvieron a un nutrido grupo de periodistas de la prensa independiente en la Isla. No es ocioso recordar que fueron acusados de mercenarios al servicio de una potencia extranjera, y que las condenas para algunos de ellos llegaron hasta los 25 años. La mayoría, por cierto, salió de prisión no hace mucho tiempo, gracias a la mediación de la Iglesia Católica y el gobierno de España. Eran, pues, aquellos días.

Como es natural, yo esperaba alguna mención a lo que acababa de ocurrir en mi país. Sin embargo, no hubo la más mínima referencia a ello. Cuando los panelistas terminaron su exposición, el moderador concedió la palabra al público. Yo levanté la mano y pregunté si los cubanos no formábamos parte de Latinoamérica, o si el gobierno de la Isla no se consideraba una dictadura auténtica. Los integrantes del panel, que no esperaban algo así, me miraron sorprendidos, sin ocultar su malestar. No obstante su reacción, yo seguí hablando. Les espeté si no sabían que hacía apenas dos meses un nutrido grupo de periodistas cubanos habían sido juzgados en un proceso sin garantías y condenados a severas penas de cárcel por el solo hecho de escribir artículos y publicarlos en los medios donde podían colocarlos, es decir, fuera de su patria. Ellos respondieron diciendo que apoyaban a cualquier periodista que sufriera represión en Latinoamérica, con independencia del país donde esto ocurriera. Repliqué con una pregunta que era más bien retórica, ¿por qué entonces no mencionaban a mis compatriotas? En lugar de dar una respuesta concreta, los panelistas repitieron sus argumentos, usando los mismos términos generales que antes, y yo confirmé mis sospechas de que era yo quien desafinaba en aquel coro.

¿Cómo acabó todo? Pues como siempre: bien para unos cuantos y mal para otros muchos. Los periodistas del panel terminaron su exposición y se fueron a continuar la tertulia en un bar que había por allí. Sus colegas de Cuba siguieron presos durante mucho tiempo y un servidor regresó a casa y jamás ha vuelto a ser invitado a ese foro de escritores.