Nada de ajiaco, coño... cubanos de hoy

Edgar London

Ajiaco cubano, caricatura Revista Zun ZúnLa culpa es del ajiaco, pienso, con esa metáfora nos jodieron a todos los cubanos. Claro que no digo nada, apenas asiento levemente mientras una estudiante con los nervios de punta defiende su examen profesional ante mí y otro par de profesores. No me creo mi propia imagen, insertada en este México remoto, con una corbata impensable en Cuba a mediados de abril; el gesto adusto porque así lo requiere la situación; las manos tranquilas mientras emito algún comentario que pretende ser adecuado, nada de ademanes superfluos; la facha al más puro estilo inglés, ni siquiera norteamericano, todo gris, todo líneas y cortes angulosos muy bien acomodados. Quizás ni mi madre me reconocería ahora. Pero soy yo, me digo. Aunque Heráclito opine lo contrario desde las aguas de su río. Cubano cien por ciento. Y cubano personalizado. Uno que se puede identificar entre otros once millones. Para mejores referencias con un número de carné de identidad único. Sin duda más viejo y algo más magullado por la vida que cuando tomé un avión hace seis años atrás, pero igual de cubano, capaz de reírme con chistes que en otras latitudes no entenderían y fanático por un equipo (azul) de beisbol como siempre he sido.

La estudiante pretende avalar algo similar. Desde la danza folclórica asume su identidad mexicana. Es la hipótesis de su tesis. Ya mencionó a los aztecas, sus ritos a veces fúnebres y siempre coordinados. Seguirá después con la burla a los españoles, bien disimulada en pasos de bailes, para atravesar los salones de gran pompa y las plazas de los mercados donde las muchachas extienden sus faldas y los hombres se alisan el bigote dispuestos a salir y cortejarlas. Sin necesidad de palabras. A puro taconazo. Boca cerrada y mirada aguda. Idéntico a la forma en que los indígenas soportaron los abusos de aquellos barbudos europeos. Son los mismos, me convenzo. Tengo un olmeca a cada uno de mis lados y una india preciosa dialogando algo que la convertirá en profesional de su carrera. No importa si la marca de su atuendo reza Burberry a la altura del cuello.

El primer dilema es que a nosotros ni indígenas nos dejaron. Tuvimos que evolucionar acoplando piezas. Un poco del viejo continente, un mucho de su homólogo negro, una pizca de Asia. Los cimientos de nuestra idiosincrasia son variados. Igualito a una casa levantada en período especial. Cierto pedazo de madera sacado de quién sabe dónde, algunos bloques robados, las tejas que olvidaron en nuestro trabajo, la plancha de plástico que nos vendió el vecino de al lado. La casa, nuestra nación, puede parecer endeble a ojos de terceros, pero es funcional. Nos da cobijo y lo más importante: nos asegura un lugar en el mundo. Armamos nuestro carácter con la pasión del español, la libertad del africano, la diligencia del chino, el desenfado del francés… estereotipos, sí, lo acepto (el único francés que he conocido no tenía nada de libertino, por su modo de ser podría pasar por las condiciones de un flemático inglés), sin embargo, esa supuesta rigidez cultural los define. Si de todo el mundo nos llegó nuestra condición de cubanos nada más justo que, cinco siglos después, nos esforcemos por devolverle al mundo un poco de lo que recibimos. Desde ese punto de vista la migración representa un gesto de agradecimiento, de compensación casi, justo, equilibrado, correcto inclusive, si el gobierno me permite tamaña herejía. Del mundo vinimos, al mundo regresamos.

Aunque eso sí, con nuestro pedazo de tierra incrustada en la planta de los pies y la personalidad lustrosa a la altura de la frente. Debería ser una excelente carta de presentación. De abajo hacia arriba. Mis suelas indican de dónde provengo, entre mis sienes te muestro cómo es que yo pienso. Sin embargo, no siempre las cosas funcionan así. Al final, una de las dos partes termina cediendo. Nadie me advirtió acerca de ese tributo. En el exilio no sólo te arriesgas a perder tus orígenes, sino tu propia esencia.

La primera vez me sucedió al borde de una fuente. Esperaba a una pareja de amigos que, tal cual suele ser costumbre entre cordilleras, llegaron bastante tarde. Recién había comprado un libro y con el aburrimiento achantado en un hombro y las diligencias del periodismo pesando en el otro, me había dedicado a leer, sin mucho entusiasmo, debo advertir. A su arribo, ella y él notaron de inmediato mi estado y la muchacha preguntó qué hacía. Imaginé a su favor que se trataba de una interrogante alrededor del título de la obra pues la actividad era obvia. No tuve tiempo de responder. Su novio se adelantó, irónicamente para reforzar lo evidente.

― Está leyendo ―dijo, y no supe qué añadir, ¿acaso “interpreto palabras”?

Fue entonces cuando agregó a modo de axioma una frase que desde entonces, en sus más disímiles variantes, me ha acompañado en el extranjero como un insecto molesto y cariñoso.

― Los cubanos leen mucho.

Error. Los cubanos no leemos mucho. Yo leo mucho (y quizás ni tanto). Ya han de imaginar que no hubo réplica de mi parte. Tampoco, días después, cuando alguien recitó que “a los cubanos les gusta caminar” porque yo lo hacía frecuentemente. Recordé las protestas de mi padre por tener que recorrer a pie algunas cuadras. Otra vez, error. En ocasiones (más de las deseadas) muchos cubanos tienen que caminar, soy yo quien lo hace por placer. Sospeché que mi identidad comenzaba a disolverse para representar a la de todos los cubanos. Sentí franca aprensión. Era una responsabilidad muy grande. ¿Qué tal si mañana me sorprendían sacándome un moco? “Hábitos cubanos”, dirían. Y podía ser peor. Lo supe una noche que me ofrecieron café y, amablemente, decliné la oferta. ¿No dijiste que eras cubano?, me preguntó la anfitriona, taza en mano y una cara de “no me lo creo”. ¡Uf!, no se trataba siquiera de cuidar la imagen de mis compatriotas sino de mantener la imagen que las revistas turísticas venden de nosotros.

A pesar de ello, me sentía orgulloso de marcar un punto y aparte por donde quiera que mis pasos me guiaran. Gustoso troqué nombre por nacionalidad. “Ahí viene el cubano”. “Adiós, cubano”. Y conjeturé que así debió sentirse Martí en Tampa. Lo confieso, jamás me sentí más cubano que en el extranjero.

El brusco despertar ocurrió en una visita a mi propio país. Entre antiguos amigos con quienes compartía. El comentario (crítica disfrazada) se deslizó a partir de una frase mexicana coloquial, pudo ser “de volada”, “mero mero” o cualquier otra que escapó de mi boca y ahora resulta intrascendente. “Oye, no te hagas el charro que estás en Cuba”, me increparon. Entonces comprendí. Cuando más cubano te sientes, más extranjero te ven.

Asegura la estudiante que viste Burberry que los estadounidenses no tienen cultura propia, (reconozco que en mis devaneos mentales he perdido parte de su exposición), que ellos son el resultado de una fusión impuesta por indios, ingleses, franceses y hasta mexicanos. ¿Aceptaría el Consejo de Estado cubano esa versión gringa del ajiaco? ¿Y por qué carajo les llamo “gringos” y no imperialismo yanqui, como me enseñaron? Me remuevo incómodo en el asiento. La estudiante hace una pausa. Teme que le pregunte algo y yo temo que algo malo me esté sucediendo. Le hago señales con una mano para que continúe.

Regreso a la metáfora del ajiaco. Desde niño he escuchado decir que los cubanos somos esa mezcla racial, cultural… curiosamente no política, en ese punto nos impusieron un radicalismo unitario. ¿No puedo añadirle al caldero donde nos cocemos una porción de música norteña, algunas frases en inglés, par de tacos, tres películas de Bollywood (que me encantan) y la naturaleza aséptica de los japoneses con la que intento armonizar mis textos? ¿O estamos obligados a nutrirnos de las sempiternas raíces con que alguien nos marcó? Coincido con Salman Rushdie cuando asevera que “las zapatillas, las hamburguesas, los vaqueros y los vídeos musicales no son el enemigo”.

El cubano está en mí, así como yo formo una millonésima parte de eso que llaman “cubano”. Puedo vestir a la moda europea o bailar huapango. Nada de eso disminuirá mi condición. Al mismo tiempo, amparo mi identidad. Todos los cubanos no somos amantes de Fidel Castro. Tampoco todos los cubanos lo aborrecemos. Y si reniego al café es porque lo conozco, sé de su sabor amargo y soy capaz de recitar cien leyendas al respecto. Para los libros de historia queda muy bien la aportación de nuestras raíces. Mas hay quien olvida que nuestra flora ha crecido e insiste en vernos igual que antaño. Nuestra identidad es dinámica. El cubano de hoy no es el cubano de hace un siglo atrás. Y si de ajiaco se trata, aportémosle a lo que ya existe algo de neoliberalismo, globalización, pensamiento liberal, economía de mercado, robo de cerebros y muchos ingredientes más impensables para los europeos que displicentemente cruzaron los mares con el fin de esclavizarnos. Se equivocan quienes pretenden conquistar el presente desde las visiones folclóricas del pasado. Al presente hay que imponérsele con sus propias armas. Más que cubanos, somos cubanos de hoy, estemos donde estemos y hablemos el idioma que hablemos. Sonrío con mi acierto. La muchacha de la danza intuye en mi sonrisa un gesto de aprobación para su tesis. Pobrecita… ella también se equivoca.

4 de mayo de 2012