Versiones de la soledad, según Janette Becerra

Elidio La Torre Lagares

Doce versiones de soledad, Janette BecerraLas inequívocas tensiones de la cultura de la espectacularización literaria resultan siempre en gradaciones cualitativas que no siempre se advierten al ojo. El lector, sin duda, falla en prejuicio en base al nombre del autor. Mas, sin duda, siempre agrada rescatar una cómoda soledad como la de Janette Becerra.

Nadie escribe como ella. No anda en modas o movimientos (si alguno) literario. En su lugar, la editora, poeta, narradora e investigadora ha venido cruzando la literatura puertorriqueña sin fuegos artificiales o conspiraciones fraternales. Eso sí: en su calma de tejedora de relatos, Janette Becerra seguramente merece que se incorpore ya de una vez a la gran producción literaria hispanoamericana.

A Janette la conozco, incluso, de compositora de canciones para Willie Colón y Rubén Blades, y por su amistad con mi hermano y agent provocateur profesional, Javier Ávila. Pero la conozco más por sus poemas y cuentos, el mejor colofón para una amistad que, más allá de ser lazo entre colegas, es literaria.

Recuerdo, al final de aquella junta en la que acordamos crear una colección de poesía joven para la Editorial de la Universidad de Puerto Rico (en la cual yo era Director de Edición), que pensé en dos nombres: Noel Luna y Janette Becerra. Ambos padecían del mismo mal: eran poseedores de varios reconocimientos literarios, gozaban del favor crítico y académico, pero ninguno de los dos contaba con una publicación que le imprimiera presencia en el libro mayor de la literatura puertorriqueña. De Noel, ya escribiré luego; pero de Janette, al cursarle la llamada de invitación, y para mi sorpresa, me contestó: «Pero yo no tengo libro de poemas, solo poemas sueltos». Dos o tres segundos más tarde, llegó mi respuesta: «Pues armamos uno». De ahí nació Elusiones, su primer (y hasta ahora, único) libro de poemas de Janette Becerra.

Luego de diez años y después de varios premios literarios de carácter internacional, Becerra publica su primera colección de cuentos titulada Doce versiones de soledad (Callejón, 2011). Y me llegó así, como llegan las mejores cosas de la vida: sin anunciarse, tranquilo, solitario en el estante de libros de una cadena de farmacias. Mas, acontecimiento es.

Doce  versiones de soledad es un libro variado en acercamientos narrativos, en donde al menos media docena de cuentos han sido premiados previamente y, por supuesto, escritos sin pensar el uno en el otro como unidad. No obstante, el ingenio reina y Janette Becerra, que hila fino, ingenia un cuerpo textual en el cual recoge el tema de la soledad como si fueran doce cuentos peregrinos. O como los doce relatos que Harry Bailly anuncia en los Cuentos de Canterbury. Como doce marcas de tiempo.

La soledad siempre es tiempo.

El estilo de Becerra se aparta de cualquier pretensión narrativa de innovar el lenguaje o revertir las formas. El tejido semántico nos delata, por supuesto, sus posibles lecturas (todos los nacidos entre los ’60 y los ’80, hemos utilizado la palabra “parsimonia” en algún momento; pero también asoma Borges y Cortázar, sus deudas con el Boom). Son relatos invitan a una lectura inteligente, poética, y dejan la sensación de que nos han contado algo. Mas el logro mayor es de hacer de la soledad de los doce protagonistas una soledad compartida con la del lector. Es la soledad, precisamente, como la niebla de O’Neill en Long Days Journey into Night, ese otro personaje silente que hila el libro.

Impresionante es el primer relato, “Afición por los terrarios”, finalista en el XXII Premio Internacional de Narración Breve de la UNED 2011, en Madrid. Aquí el narrador me maravilla con su fijación científica, algo nerdy, al convertirse en un ensayo de dios disponiendo su obra sobre la biología del terrario. “El problema mayor que confronta el artista de terrarios es que, una vez alcanzado el equilibrio idóneo, el panorama puede tornarse aburrido”, admite el narrador. El cuento entonces evoluciona como una alegoría de todo aquello que comienza a parecernos uniforme y repetido. Lo que no progresa, muera, dijo William Blake. “Afición por los terrarios” esconde lo que queramos nombrar, desde vidas privadas de insatisfactorio matiz hasta la pérdida de Dios.

En “El Sastre”, Segundo Premio en IX Premio Internacional de Relato Corto Encarna León 2010, nos presenta un personaje suskindiano y a la vez nos rememora aquel relato de Steven Millhauser, “Historia de la moda”. En la historia de Becerra, Palmiro se decide a confeccionar un traje milagroso y camaleónico que anticipara y encubriera la imperfección corporal de la hermosa Delfina, cuya débil constitución ósea va obrando en deformidad. Con dominio de las secuencias narrativas y la capacidad descriptiva de un alquimista apalabrado,  el cuento nos entrega el placer esencial de la ficción: crearnos mundos e historias que, a la larga, son la mitología de nuestros miedos y deseos.

En cuentos como “La reconciliación”, no sólo se vuelve a la casa materna de la infancia de la personaje principal en un intento por cruzar las grietas de la memoria, sino que también parece querer reconciliarse con el relato de la rularía del cual han venido huyendo muchos de los coetáneos de Becerra, y que prefieren la narración que es estría por los espacios urbanos. En ese sentido, la enfermedad del Alzheimer que reverbera en el personaje de Eugenia funciona como metonimia de la incapacidad de agregarse al pasado reciente en la medida que sustituye sus recuerdos por aquellos del pasado remoto.

Y esto es sólo una cuarta parte de un libro que maravilla y abastece al más exigente epicúreo literario.

Sin embargo, la soledad predominante en todos cuentos es la del creador, el palabrista, el artífice de las palabras que va llenando los espacios con palabras ante la inefable realización de que, en efecto, somos seres discontinuos en el tiempo, y la literatura, esa gran metáfora de todo, nos crece como las uñas a los dedos. Así nos aferramos a las carnalidades del espacio para sentirnos, quizás, menos solos.

Hablando de tiempo: ya es hora de invadir la soledad de Janette Becerra.