Los complicados mundos narrativos de Cristina Rivera Garza

Por Amir Valle
Fotografía: Ernesto Escobar Ulloa

Cristina Rivera Garza. Foto: Ernesto Escobar UlloaRecuerdo que conocí a Cristina Rivera Garza en una lectura de un común amigo: el narrador Eduardo Antonio Parra, en la librería La Rayuela, de Berlín. Y recuerdo su amplia sonrisa. Y su afabilidad. Ya cuando volvimos a encontrarnos en el Primer Encuentro de la Palabra, en San Juan, Puerto Rico, yo había leído dos de sus novelas, precisamente porque Parra me dijo: “es buenísima escribiendo”.

Cristina Rivera Garza, considerada la más importante narradora de esa literatura que algunos llaman “de frontera”, nació precisamente en la frontera noreste de México, en Matamoros, en 1964 y esa territorialidad la ha llevado a repartir su vida entre México y Estados Unidos. Doctorada en Historia Latinoamericana, ha ejercido como profesora en varias universidades de estos dos países, y como ella misma ha confesado en varias entrevistas, escribe siempre en cualquiera de los dos sitios: gracias a ello ha obtenido los galardones mexicanos más prestigiosos y otros de relevancia internacional, como el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1997, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001, el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo 2001 y el Premio Internacional Anna Seghers 2005. Entre sus obras, la crítica destaca Nadie me verá llorar (Andanzas, 2000), Ningún reloj cuenta esto (Andanzas, 2002), La cresta de Ilión (Andanzas, 2002), Lo anterior (Andanzas, 2004) y La muerte me da (Andanzas, 2007) y ha sido traducida al inglés, portugués, alemán, italiano, e incluso al coreano. En la actualidad se desempeña como profesora de Creación Literaria en el Departamento de Literatura de la Universidad de California, en San Diego.

Cuatro novelas he leído de Cristina Rivera Garza: Lo anterior, Ningún reloj cuenta esto, Nadie me verá llorar y Verde Shangai. Y en esas cuatro obras he logrado percibir, en principio, una gran unidad y una gran diferencia. Unidad, en tanto el poder de la prosa de esta mexicana es absolutamente arrollador, seductor, y fluida como un río de aguas cristalinas y rumorosas, sin caer en facilismos; diferencia, en tanto cada uno de estos libros ofrece un escenario de complejidad dramática a partir de una muy singular mirada a la realidad vivida por Cristina, lo cual le permite crear mundos narrativos realmente complicados, a veces laberínticos, pero (y esto es lo más importante) con la posibilidad de que algo encuentre el hilo de Ariadna que sacará al lector de esos laberintos en los cuales nos perdemos aún cuando muchos de ellos casi forman parte de nuestra cotidianidad.

En Lo anterior, un hombre en el desierto, otro en un restaurante cualquiera, otro más enfrentado a la mujer que lo seduce y confunde y uno más en una terraza, van a conformar una multiplicidad de gritos psicológicos en tonalidades distintas del amor como esencia de todo;

En ningún reloj cuenta esto, libro de cuentos multiescenario por transcurrir entre distintas zonas del mundo, otra vez el amor es desflecado en hilachas finas para intentar entenderlo y conocer sus filos: un ser sin empleo amante de la filosofía y del absurdo, un deambulador de azoteas y cantinas, y un estudiante con las artes de Don Juan, en México; o un descendiente de alemanes en Nueva York, o un soñador que habita en una ciudad fronteriza, condenados a ese círculo del infierno que, también, puede nacer del amor;

En Nadie me verá llorar, donde se cuenta una historia de los años 20, un hombre terminan fotografiando a los locos en un manicomio mexicano y allí retrata a una mujer que cree haber conocido años atrás en un célebre burdel, de modo que ese encuentro le sirve de puente para rehacer, redescubriéndola, la desgarradora historia de una mujer, Matilda, que le hace también repensar su vida y su dependencia a las drogas;

Y en Verde Shangai, Marina Espinosa, casada con un médico prominente y dedicada a la vida doméstica va a encontrarse por obra del destino (un accidente automovilístico) con Xian, su alter ego, más libre, más misteriosa, más rebelde, pues luego del accidente abandona a su marido, se interna en un motel y comienza a buscar, a buscarse, a intentar develar su vida y otras vidas desempolvando cartas, escribiendo sobre sus propios miedos y luces, sombras y temores.

Vale la pena leerla, repito, o al menos debiera decir que al menos a mí me ha bastado con leer estos libros para saber que Cristina Rivera Garza es, como han dicho algunos críticos, una poderosa vidente de esas almas humanas que construye a sus personajes; dueña de una gran inventiva y poder de fabulación a partir de detalles mínimos de la vida cotidiana. Y reflexiva. Y profunda. Y amena. Una escritora que crea vicio. El vicio de perseguir sus libros. Porque seducen, como obra de arte, y hacen pensar, como obra de arte. Como siempre en literatura debería ocurrir.