"Cada vez me miro menos en los espejos literarios"

 

Entrevista al escritor español Luis Leante

Por Daniel Ruiz

Luis LeanteA pesar de su juventud, Luis Leante (Caravaca de la Cruz, Murcia, 1963) acumula un currículo literario más propio de un octogenario: diez novelas publicadas,  libros de relatos, varios libros juveniles y un buen número de premios, entre los que destaca especialmente el flamante Alfaguara, obtenido en 2007 y que le permitió la visibilidad definitiva y convertirse en un superventas tras 20 años de oficio silencioso y discreto. Ahora vuelve con Cárceles imaginarias (Alfaguara, 2012), una novela con formato de intriga histórica pero que en realidad esconde una historia de encuentros y desencuentros personales, sobre el trasfondo de la España convulsa de finales del siglo XIX y los turbulentos movimientos sociales que acompañaron al fin de la gloria colonial de nuestro país. El protagonista elegido para su historia –una historia, como es habitual en él, cosmopolita y viajera- es un anarquista sospechoso de su vinculación en los atentados de la procesión del Corpus del año 1986, que derivó en los procesos de Montjuic. Ajeno al ruido del “mundillo” literario, incómodo por carácter frente a las camarillas literarias, se considera sobre todo un creador, y desconfía de los escritores que, metidos en el papel de intelectuales, se dedican sobre todo a dictar doctrina. “A mí me gusta contar historias, nada más”, sostiene.

 

¿Cuántas veces le han preguntado eso de “cómo cambió su vida después de recibir el Premio Alfaguara de Novela”?

Creo que es la pregunta que más me han hecho en los últimos cinco años. Es imposible saber cuántas veces la he contestado. Pero todavía hoy, cuando saco la tercera novela en Alfaguara, me lo preguntan con cierta frecuencia. No es algo que me moleste, a pesar de lo cansino.

 

¿Qué queda en su literatura de 2012 de la literatura de sus inicios, hace casi 30 años?

Queda muy poco. Estilísticamente no me reconozco cuando leo lo que escribía en aquella época. Entonces mis referencias literarias eran la novela de posguerra y la Generación de los 50. Había una especie de tormento vital en lo que escribía, y creo que eso ha desaparecido. En cuanto a la forma, he evolucionado de un lenguaje clásico y algo afectado a una sencillez que, sin embargo, es el resultado de una mayor elaboración, aunque resulte contradictorio.

 

¿Sabría decirme algo que no haya cambiado en sus obras en todos estos años? ¿Algún elemento que sea común a todas ellas, o que al menos esté presente en todas?

Hay algunos temas a los que siempre acudo cuando cuento historias. A veces están tan mezclados con otras tramas, que no se ven, pero hay algunos pilares que se han repetido siempre: la obsesión por el pasado, los antihéroes, las pasiones que nos enajenan, el azar como motor de nuestras vidas, las relaciones con los padres. Creo que hay cinco o seis elementos que están ahí desde la primera novela.

 

Resulta difícil etiquetarlo, encasillarlo en ningún círculo o corriente. Incluso es escurridizo a la etiqueta generacional. ¿Qué opina de los cenáculos?

Supongo que será difícil etiquetarme porque a mí mismo me cuesta trabajo definirme literariamente. No me gustan las etiquetas de ningún tipo. En el fondo son cárceles imaginarias que te cierran muchos caminos interesantes. Y a mí me gusta identificarme con todos y con ninguno. No tengo nada en contra de los cenáculos. Cuando empecé a escribir, no tenía cenáculos a mano, aunque los seguía en la distancia con cierto deslumbramiento. Y cuando me salieron al paso ya habían dejado de interesarme. No tengo facilidad para las relaciones sociales, y eso me impide sentirme cómodo en cenáculos, capillas literarias y otros santuarios de la creación. En ese sentido soy feliz con mi papel de eremita.

 

Sigue viviendo en Alicante, y por tanto militando como escritor “de provincias”. ¿Nunca estuvo tentado de desplazarse a Madrid o Barcelona, centros donde se cuece toda la actividad literaria y cultural patria?

En realidad nunca he elegido mi lugar de residencia. Todo ha ido ocurriendo por casualidad. Estoy bien en Alicante, y no creo que haya ninguna ciudad en la que me encontrara mal. Madrid y Barcelona me gustan para ir de visita, pero nunca buscaría irme a vivir allí para sentirme en el centro de la actividad cultural. En los veinte metros cuadrados donde escribo cada día encuentro todo lo que necesito para sentirme escritor. No cambiaría esto por ningún cenáculo de la ciudad más literaria del mundo. Me gustan las periferias, siempre me han parecido más literarias.

 

Con Cárceles imaginarias vemos el plato cocinado. Me interesa saber cómo es la labor de cocina. ¿Cómo elige los ingredientes, de qué modo los prepara, cómo los sazona, cuánto es el tiempo de cocción?

Una novela va surgiendo muy poco a poco. La historia se fragua a lo largo de meses, a veces años, antes de empezar a escribir. Trabajo mucho en la estructura de la novela y en la manera en que la historia irá llegando al lector. Escribo sinopsis, tramas, división en capítulos. Pero al mismo tiempo voy creando los personajes como si fueran reales. Lo hago como si fuera un director de teatro delante de unos actores: los caracterizo, les doy unos rasgos físicos y morales, los visto y los doto de una biografía, incluso a los personajes secundarios. Cuando todo está en su sitio, comienzo la redacción de la novela. Trato de ajustarme al guión, y lo consigo casi siempre en el primer borrador. Pero en el segundo y el tercero voy introduciendo elementos nuevos que dan giros inesperados al planteamiento que tenía al principio.

 

El personaje central de la novela, Ezequiel Deulofeu, no es para nada un héroe arquetípico. Más bien habría que señalarlo como un tipo de antihéroe. Tiene un carácter, si no desnortado, sí algo dubitativo, desapasionado. En última instancia se ve obligado a actuar por circunstancias casuales o por impulsos. Una de las fortalezas de su literatura, pienso, es la construcción de personajes muy sólidos y fácilmente recreables, incluso aquellos que tienen una presencia fugaz en la trama. ¿Hay algún modelo literario o cinematográfico que haya inspirado a este personaje?

Deulofeu podría considerarse un tipo con aspiraciones a héroe que termina convertido en un antihéroe. Su entrega para unas cosas (las ideas políticas) contrasta con su apatía para otras (las relaciones personales). El personaje va llegando a todo de forma casual. Es un tipo que por una parte lucha para que la humanidad mejore, pero por otro lado no es capaz de hacer feliz a la gente que tiene a su alrededor. Sus aparentes principios lo llevan a una falta total de principios. Es una paradoja, pero no creo que sea disparatado. Tipos como Deulofeu andan sueltos por el mundo. Y a veces con mucho más poder que él. En el fondo el protagonista es víctima de sí mismo. Un perdedor con careta de ganador. Aunque resulte muy literario, el personaje está inspirado en personajes reales de los que he extraído la esencia para crear este pequeño “monstruo”. Por otra parte, es cierto que en todo lo que escribo trato de darles mucha fuerza a los personajes secundarios. Suelen ser los que sustentan a los protagonistas y en muchas ocasiones tienen más interés para mí que los propios protagonistas. Si algo de lo que escribo nos puede llevar a una reflexión, casi siempre viene de los personajes secundarios.

 

Ahora que la memoria histórica literaria parece haberse dormido sobre las páginas de la Guerra Civil y el Franquismo, ¿por qué dar el salto a los convulsos últimos años del siglo XIX español?

Literariamente es una época muy atractiva. Ese fin de siglo puso a prueba la madurez política de España. Y se demostró que lo que había era una terrible inmadurez. Me parece una época apasionante por lo que supuso de revolución en un país que llevaba anclado en una modorra política e intelectual desde hacía un par de siglos. Es como un volcán sobre el que se mueven los personajes tratando de vivir y de no ser devorados por las convulsiones políticas y sociales. Además, durante un siglo estuvimos viviendo las consecuencias de todo lo que se hizo mal, que no fue poco.

 

¿Qué obras literarias o históricas le han servido de referencia para la reconstrucción de ese paisaje sociopolítico finisecular tan característico?

Más que la literatura y la historia, mi mayor referencia ha sido la prensa de la época. He leído casi todos los periódicos que se publicaban en esos años en Barcelona. Por eso la importancia del mundo del periodismo dentro de la novela. En la prensa se sigue el pulso de la ciudad con más precisión que en los libros históricos. Las luchas entre los diarios de una y otra ideología, las publicaciones incendiarias de los anarquistas, las censuras del gobierno, que se llegaban a publicar con los tachones, todo eso ha sido una fuente muy rica. He leído bastantes libros de historia y menos de literatura. Pero me han resultado muy útiles las novelas de Ignacio Agustí, que no es sospechoso de ser anarquista, ni simpatizante de ninguna revolución.

 

Percibo cierta simpatía por el movimiento anarquista de finales del siglo XIX en España. La penetración del anarquismo en España sigue concitando el interés de los historiadores, ya que fue un hecho insólito que incluso se extendió durante el primer tercio del siglo XX, hasta llegar a la Guerra Civil. La mayoría de ambientes y de personajes anarquistas que retrata en el libro están tratados con cariño, frente a la representación del poder, que resulta normalmente antipática. ¿Comparte esta lectura?

Yo he tratado de mantenerme en una postura neutral hacia el anarquismo. Lo que es cierto es que la ideología anarquista, sobre el papel, es muy interesante. En algunos puntos tiene elementos en común con el cristianismo, lo que supongo que irritaría a mucha gente. Pero con el marxismo ocurre lo mismo. Son religiones sin Dios. Yo no simpatizo con ningún “ismo”. Lo que ocurre es que siento cierta antipatía hacia el poder. Y cuando el poder da paso al “abuso de poder” remueve mi conciencia y me sublevo de manera pacífica, es decir, a través de la literatura. En algunas ocasiones el terrorismo del Estado convirtió al anarquismo en una ideología romántica. Detesto cualquier tipo de violencia, pero especialmente la que viene de quienes la utilizan con una falsa legitimidad.

 

Me interesa mucho su posicionamiento como escritor que no se considera ningún intelectual, sino más bien un creador, un contador de historias. ¿Cree que ha habido demasiados malentendidos en torno a la figura del escritor?

Cada uno está en el derecho de reivindicar para sí lo que quiera. Otra cosa es lo que los lectores piensen sobre tu obra o sobre tus ideas. A mí me gusta contar historias, nada más. Un intelectual debe tener algo de lo que yo carezco. Para empezar en los últimos años hemos terminado por confundir al opinador profesional con un intelectual. A mí únicamente me interesa contar aquellas cosas que me inquietan, que necesito echar fuera para compartirlas y curarme de esas obsesiones. Pero convertir eso en una cuestión intelectual me parece tan pretencioso por mi parte como ridículo. Por alguna razón los escritores terminamos a veces considerando que están tocados de una gracia especial: talento, clarividencia, lucidez, sabiduría. Todo eso no tiene nada que ver con contar historias. Hay personas clarividentes, lúcidas, sabias y con talento que jamás han escrito un libro. Son caminos distintos que casi nunca se tocan. Si te gusta escuchar la radio, no significa que tu aspiración sea ser locutor. Y yo no quiero ser locutor.

 

Por su tendencia al exotismo y su querencia por las novelas “viajeras”, por su defensa del escritor como fabulador, por su gusto por las estructuras, por su condición de autor independiente e inclasificable, me resulta inevitable la comparación con Somerset Maugham. ¿En qué maestros y referencias se mira?

Cada vez me miro menos en los espejos literarios. He tratado de buscar mi propio camino, pero al final he llegado a la conclusión de que todos los caminos están ya muy trillados. Mi formación literaria es tan ecléctica, caótica y heterogénea que soy el resultado de las lecturas más dispares. Si dijera que soy hijo de Herman Melville, Raymond Chandler y García Márquez podría sonar extravagante. Pero es así, además de medio centenar de autores más que son un poso que se ha ido quedando ahí. Cuando me miro al espejo veo todo lo que he leído en los últimos cuarenta años.

 

¿Se siente ofendido si le tildan de “escritor escapista”?

No me ofende. Soy un escritor escapista y una persona escapista. Mi único compromiso es con la literatura. En lo demás, me gusta ser un Houdini. Me ofende más que me llamen intelectual.

 

La posteridad a estas alturas resulta un afán un tanto ingenuo. ¿Cómo le gustaría ser recordado?

En realidad, lo que me interesa es cómo me recordará la gente a la que quiero. Y me gustaría que me recordaran por lo que hice, y no por lo que escribí. Y en el mundo de la literatura me gustaría que me recordaran por lo que escribí, y no por lo que hice o dije.

 

Dígame una cosa buena y una cosa mala asociada a su experiencia en el mundo editorial como autor.

Una cosa buena: la gente tan interesante a la que he conocido. Mucha, la mayoría. Una cosa mala: las personas mezquinas con las que me he cruzado. Muy pocas, pero muy dañinas.

 

En su carrera como escritor, ¿se siente en deuda con alguien? Y no me refiero a los lectores, que esa sería la respuesta fácil…

Sí, me siento en deuda con los que creyeron en mí desde el principio, desde los veinte años. Los que aguantaron mis neuras literarias. Los que me animaban en los momentos de bajón. Los que no me trataron como un gilipollas cuando me pasaba veranos enteros encerrado en una habitación escribiendo historias que probablemente nunca leería nadie. Y en especial a mi madre, que durante muchos años me prestó el cuarto de la plancha para escribir y procuró que nadie me molestara cuando me encerraba allí.