"El silencio es tu navaja cuando escribís"

 

Entrevista a la narradora argentina Patricia Suárez

Por Amir Valle

Patricia Suárez, escritora argentina

Lo que más me asombró cuando leí el primer cuento de la argentina Patricia Suárez es su especialísimo sentido del humor, siempre presente, por cierto, en todos nuestros intercambios de mensajes, desde un lejano día en que le propuse tener una columna personal en esta revista. Y ahora, luego de conocerla un poco más, me atrevo a asegurar que su vida es tan especial como especial es ese desenfado que cualquiera puede encontrar si escribe su nombre en la barra de búsqueda de fotos del google; o como especial es su blog Discreto encanto donde he encontrado verdaderas rarezas literarias que ella busca por todos estos mundos posibles que hoy habitamos; o como especial es el hecho de que tenga el rarísimo mérito de ser la primera escritora latinoamericana con novelas escritas para teléfonos celulares cuando la compañía Movistar lanzó dos novelas suyas por SMS en el 2005 y el 2006.

Una mañana de marzo supimos que su libro de cuentos El árbol del limón había ganado el IX Premio Iberoamericano Cortes de Cádiz, y aunque para ella esto de los premios no es nada nuevo (ya tiene, entre otros, el Premio Monte Ávila dentro del Concurso Juan Rulfo 1997 en cuento para niños y el también importante Premio Clarín de Novela 2003), para nosotros fue una oportunidad única de ponernos a conversar de este libro y otros asuntos.

 

 El jurado del premio, entre otras razones, decidió seleccionar tu libro como ganador porque se trata de “un muestrario vario de la naturaleza humana contemporánea con sus anclajes en la realidad argentina”. Me gustaría que precisaras a los lectores de OtroLunes esas dos cuestiones: “muestrario de la naturaleza humana” y “anclaje en la realidad argentina”.

Como no sé qué habrá querido decir el jurado con estos términos, únicamente puedo conjeturar. Con ‘muestrario de la naturaleza humana’, supongo que se refiere a la variedad de los cuentos, hay todo tipos de personajes, y todos muy actuales y asimismo, el sexo es uno de los temas recurrentes en los cuentos: vivimos en una época hipersexuada. La divorciada que vuelve a encontrarse con su ex; flamantes amantes que hablan de sus prácticas amorosas con los anteriores; una actriz que debe practicar sexo oral al actor protagónico para obtener un papel, etc. Y con realidad argentina, infiero a que lo dicen porque todos los cuentos suceden en Argentina, y la mayor parte en Buenos Aires.

 

¿Qué diferencias hay entre este nuevo libro y tus dos anteriores libros de relatos Rata Paseandera (1998), y Esta no es mi noche (2005)?

Rata Paseandera es mi primer libro de cuentos y Esta no es mi noche uno de los últimos. Después de él vino Brindar con extraños que acaba de salir publicado–recibió un premio del Gobierno de San Luis, Argentina, en el 2010- y el nuevo El árbol de Limón responde un poco a la temática de este último, lo urbano, la dificultad para relacionarse con las personas, etc. Salvo, tal vez, que hay menos historias de niños. En El árbol de limón, hay muchos cuentos sobre la sordidez.

 

La evaluación del jurado también resalta que tu libro destacó entre las 450 obras presentadas por su excelente factura. Quisiera que hicieras memoria y me contaras la génesis de El árbol del limón. ¿Libro armado al azar luego de escribir los cuentos o pensado ya como libro desde el mismo comienzo? 

¡Ah! Qué buena pregunta. Bueno, creo que los libros de cuentos son como los libros de poemas. Al menos para mí. Escribís muchos cuentos y a los dos años o a los cinco años, cada libro exige su material. No podés –y estoy pensando en mis historias- poner en el mismo libro un cuento donde habla Anastasia Romanov en Moscú, y los otros 8 cuentos siguientes suceden en Portland, Seattle. La homogeneidad se la da la elección del material. No, nunca pienso en un libro antes de tener el libro.

 

Has publicado en los géneros poesía, cuento, novela para adultos y también en ese mundo tan específico y difícil que es la literatura infantil. ¿Qué diferencias encuentras, como creadora, entre estas, llamémoslas, “dos zonas” de la creación literaria?

Cada género tiene su goce y su dolor de cabeza.

-La literatura infantil es soberbiamente divertida, pero debes atenerte a las pautas del género. Contar, por hacer reír, que un Zorrito padece un cáncer terminal, es una crueldad.

-No tengo una técnica para escribir poemas (y no estoy segura de ser buena en ello). Sencillamente veo una imagen y lo intento. Una, dos, tres, cuatro veces. Vi unos pájaros carpinteros, hace poco, picoteando el blindex de la sala de espera de un aeropuerto. Escribí ese poema y no me convence. Volveré a intentarlo.

-El teatro es maravilloso. Porque tienes la idea, la imagen, la frase, el tema, los personajes. Y cuando tienes todo, hablan ellos solos. Sólo hay que sentarse y escribir. El teatro se resuelve escribiéndolo y se lo corrige con los actores.

-El cuento. Para mí es como andar en casa con pantuflas. Empecé hace casi 22 años, escribiendo cuentos. Y un buen cuento da un trabajo tremendo. A mí -¿a quién no?- me gusta escribirlos cuando estoy inspirada, cuando estoy muy conectada con aquello que voy a poner por escrito, que quiero contar. Pero a veces hay que pelear un poco, porque la materia se resiste. Eso es difícil: saber cuándo hay que seguir peleando y saber cuándo hay que abandonar. En eso reside el secreto de un buen cuento para un escritor. Para un lector, en su eficacia, en el sabor que, como un buen oporto, te deja en la boca después que lo tomaste.

 

Es una pregunta muy socorrida pero que creo necesaria precisamente por la cantidad de géneros literarios en los cuales se mueve tu obra: ¿cómo es un día en la vida de la escritora Patricia Suárez?

Patricia Suárez y su hija¡Ja ja  ja! Mi día está atravesado por la crianza de mi hija. Ocuparme de la escuela, de la comida, llevar la ropa a la lavandería (no sé usar lavarropas y me resisto a saber). El resto, escribo. Pero no es tan fácil. Por ejemplo, tengo la autopropuesta de leer un libro por día, cosa que no siempre logro cumplir. Siento que leer es el mejor estímulo para escribir. Y leo antes de escribir, sino, no entro en materia. Y están esos días gloriosos en que las Musas bajan y los textos se escriben solos. Y están esos días en que tienes tu trabajo de periodismo, de corrección de los textos, de lectura de textos ajenos, de ir a dar una charla en un lugar, de encontrarte con el editor y cruzar siempre siempre los dedos. Y están, claro, los días más negros: esos en los que la imaginación está en la gatera, esperando por volver a florecer. Los días en que YA terminaste un texto y claro, no se puede estar escribiendo tooooodo el tiempo literatura. Hay que detenerse un poco. Esos días, me trepo por las paredes; son muy crueles para mí. Creo que soy mala esposa, mala madre y me torturo por no estar escribiendo.

Siento, cada vez más, que escribir es un placer lúdico, infantil, y que al no escribir, sos adulto y te enfrentás a la dura realidad que todos tenemos alrededor. Escribir es una forma de hacer más amable la realidad. En el sentido más propio de la palabra amable.

Me llama la atención que tu blog Discreto encanto es, también y de muchos modos, un muestrario de sociología donde puedes encontrarte desde un poema actual, un poema popular casi antiguo, consejos para escribir hasta reflexiones muy serias sobre asuntos de la vida cotidiana. ¿Por qué ese nombre: Discreto encanto? Y sobre todo, ¿qué diferencias te planteaste proponer para que tu blog tuviera ese toque de distinción y de intimismo que tiene?

Bien. El blog se llama Discreto encanto, por la película de Buñuel. El discreto encanto de la burguesía. Aquí, la burguesía no tiene lugar, pero sí los encantos discretos. No te darás una panzada de buena literatura leyendo algún post, pero sí una alegría discreta. Nació un año -2005, si no me equivoco- en que yo no podía dormir. Tenía insomnio y me la pasaba leyendo blogs ajenos. Era la época del boom del blog, donde la gente hacía una bitácora de sus experiencias sexuales, transgresoras o hasta literatura que en ese momento, por lo que fuera, era impublicable. Yo no quería contar nada de mí (voy a terapia desde hace mucho y se lo cuento a la profesional), quería subir textos literarios que no hubiera en la web. Al principio funcionó, pero al cabo de unos años, vine a descubrir que en la web está todo o casi todo. Así que me limito a hacer una selección de algo que me parece muy bello, o que deja una huella en mí, como textos de antropología. Cada tanto subo un texto mío, corregido y todo lo demás, una obra de teatro, un poema. Pero ya no es como antes con el blog, que la gente te comentaba qué le parecía. Ahora está el Facebook para eso. Y entonces el blog es como ese cuaderno de escritor o de pintor, donde se juntan los dibujos, las frases, los pensamientos.

 

Un dato curioso: generalmente cuando un autor quiere remarcar su territorialidad en una biografía escribe el nombre de la ciudad que habita. Sin embargo, tú, en todos los sitios, escribes: “San Telmo, Buenos Aires”. Más allá de que es el barrio donde vives, ¿hay algún objetivo más en esa precisión?

¿Y ahora que le agregué que vivo la mitad del tiempo en una ciudad y la otra mitad en otra? (Buenos Aires y Santa Fe). Supongo que la precisión es por si alguien me quiere encontrar, o por si algún otro considera que escribo mal y se trata, sí, del voseo argentino. Y porque San Telmo cautivó mi corazón.

 

Eres dramaturga y, como muchos creen, el teatro es, desde la antigüedad, algo así como la madre de todos los géneros, aunque lamentablemente se prefiera ver una puesta en escena antes que leer un texto teatral. ¿En qué sentidos ha influido la dramaturga que eres en esa Patricia Suárez que también escribe para niños, que escribe poesía y narrativa?

Soy una gran lectora de teatro, desde siempre. Y no una buena espectadora. Voy poco al teatro; temo mucho a la desilusión sobre textos que amo. Algo así me pasa con las películas que están basadas en textos literarios. Siempre hay una trascodificación de un género al otro. Y ambos productos no pueden ser idénticos, y aun cuando lo fueran, no es garantía de que sean buenos. O viceversa: Hitchcock hacía grandes películas con novelas mediocres. Pero el teatro fue y es generoso conmigo, y más allá del reconocimiento del público y el amor de actores y directores que llevan adelante una pieza, me dio la agilidad para el diálogo. En muchos sentidos, el oficio de dramaturgo te enseña a escuchar a la gente: cómo habla, qué dice, qué se calla. Y un buen dramaturgo es alguien que sabe que el silencio es más elocuente que la palabra. El silencio es tu navaja cuando escribís.

 

Finalmente, ¿Cuándo y dónde podemos encontrar El árbol del limón?

En la editorial Algaida, por el mes de agosto del 2012. Espero, deseo. Sobre todo si, como dicen los mayas, el mundo se terminará en diciembre del 2012, espero ver el libro editado.