"Toda la literatura es trampa"

 

Entrevista al escritor español Miguel Barrero

Por Lorenzo Rodríguez

Miguel BarreroMiguel Barrero (Mieres, 1980) es uno de los escritores jóvenes más interesantes de nuestro panorama literario. Licenciado en Periodismo y columnista en el recién desaparecido La voz de Asturias. Autor de cuatro novelas dueñas de un estilo propio     –con eco a Marías–, Barrero nos regala con La existencia de Dios su mejor novela. 

La existencia de Dios. Miguel Barrero. Trea. 95 páginas. 12 euros.

 ¿Cómo se rememora una amistad perdida cuando ya es demasiado tarde para recuperarla? ¿Qué claves aporta la lectura del pasado desde el presente? ¿Es posible reflexionar sobre uno mismo, sobre lo que se es en el momento actual, a partir de aquello que se fue? La identidad, el distanciamiento y la pérdida, entre otras cosas, se dan cita en esta novela en la que lo biográfico se confunde con la ficción para retratar esos momentos en los que empezamos a dejar de ser inocentes.

La existencia de Dios es tu cuarta novela y a mí me parece la más lograda. No sé si compartes esta opinión.

No puedo compartirla porque, en primer lugar, nunca vuelvo a leer lo que escribo una vez que se publica; y, además, me cuesta mucho tomar perspectiva sobre mis propias obras. Sí puedo decir que tengo la impresión de que es la que más satisfecho me ha dejado, así que puede que eso signifique que, más que la mejor, es la menos mala. Lo que sí sé es que es la más rara, o la que más distancia abre respecto a lo que había escrito hasta ahora.

 

El narrador se llama Miguel Barrero y comparte muchos aspectos con el Miguel Barrero autor de la novela.

Tienen muchas cosas en común, pero también profundas discrepancias. Sobre todo porque el autor, sólo por el mero hecho de serlo, se inventa al narrador, que al final va dando forma a ese personaje que presenta como si fuera él mismo. No es nada nuevo. Supongo que todos los autores dejan algo de sí mismos en los personajes de sus novelas. Lo que ocurre en este caso es que esa identificación puede hacerse más evidente, pero eso no quiere decir que tenga un mayor poso de verdad. La ficción no deja de ser ficción. Y toda la literatura es trampa.

 

Para mí es una novela de autoficción, género que puso de moda Javier Cercas con Soldados de Salamina  y que otra vez está en auge.

Es verdad que Soldados de Salamina marcó un antes y un después, y también que esa novela, que a mí me parece espléndida, dio nuevos bríos en España a una forma de trabajar la ficción sobre la que puede que antes existiesen algunos prejuicios. La autoficción, no obstante, no es ningún descubrimiento. Si nos ponemos estupendos, cualquiera que se ponga a contar su vida está incurriendo en ella al recrear episodios pasados (y es imposible ser absolutamente fiel a los hechos, eso lo sabemos todos, por la sencilla razón de que tenemos que fiarnos de nuestra memoria, que es tramposa y suele deformarlo todo), pero es que, por otro lado, tendemos a ponernos trascendentes cuando se habla de autoficción, y a identificarlo con tendencias vanguardistas o posmodernas, sin tener en cuenta muchas veces que hay toda una tradición asentada en ese fabular sobre uno mismo: la misma tradición que movió a Dante a relatar su recorrido por los círculos del Infierno o que hizo que un presunto zagal sin oficio ni beneficio cogiese la pluma para ir desgranando lo que había sido su vida desde su mismo nacimiento a orillas del Tormes.

 

En la novela hay una mirada al pasado pero no es nada indulgente. De hecho, las palabras que le dedicas a Mieres, el pueblo donde naciste, son bastante duras. Te confieso que me molestan esas novelas en donde la infancia y la adolescencia aparecen como paraísos perdidos.

La memoria juega sucio, supongo que porque en un momento dado descubrimos que la vida es, en realidad, algo terrible y que no queda más remedio que dulcificar o exagerar ciertos momentos para no tener la sensación de que todo ha sido un fracaso. En la infancia descubres el mundo; en la adolescencia te das cuenta de que lo has descubierto, pero no eres capaz de entenderlo, y ese desconcierto se prolonga en el tiempo. A mí, al menos, me dura hasta hoy. Es tentador recordar la infancia y la adolescencia como parajes idílicos, pero la realidad es que no lo eran mientras transcurrían. Recordamos como entrañables momentos que en su día fueron espantosos, y sonreímos al evocar episodios que mientras sucedían resultaron ser verdaderamente vergonzantes. No veo mal que sea así; pero una reflexión seria acerca del pasado y de sus implicaciones en el presente (y creo que esta novela es, o pretende ser, eso mismo) no puede caer en indulgencias autoexculpatorias ni en el conformismo barato.

 

En un momento dado, el narrador cataloga a su generación como una generación perdida. Todas las generaciones dicen eso de sí mismas, pero la nuestra es la primera en mucho tiempo que va a vivir peor que la de sus padres.

Todas las generaciones se han sentido perdidas, pero hasta ahora todas tenían, más o menos, la impresión de que siempre cabía huir hacia delante porque había unas perspectivas serias de mejora. Ahora da la impresión de que el bienestar ha llegado (o quieren que llegue) a una especie de punto límite, y puede que eso tenga que ver con que en su día alguien decidió que nos creyésemos los reyes del mambo para que luego, al devolvernos a la realidad, pudiese disponer de nosotros a su antojo. Y lo peor de todo es esa resignación, ese conformismo, que parece impregnarlo todo. Es como si, tácitamente, hubiésemos acordado plegarnos a su juego, sin plantearnos que son ellos los que, fraudulentamente, dictaron las reglas.

 

Tus cuatro novelas indagan en nuestro pasado (la Guerra Civil, la posguerra, etc) y también comparten una extensión de nouvelle. ¿Cómo te planteas su escritura?

Espejo y Los últimos días de Michi Panero –que, en mi opinión, son las menos nouvelle de las cuatro– surgieron planificada y ordenadamente. Quiero decir que, cuando me puse con ellas, sabía (o, mejor dicho, intuía) lo que quería escribir y me había marcado un itinerario que, aunque sufrió variaciones a medida que hacía el camino, resultó más o menos certero. La vuelta a casa nació como un cuento corto que, finalmente, fue a más, y con La existencia de Dios ocurrió una cosa extraña: empezó como una distracción, un descanso en medio de la escritura de otra novela que se me había enquistado y que terminó malográndose, y fue ganando entidad poco a poco hasta convertirse en lo que es. He echado todo este coñazo para contestar que, a fin de cuentas, no sé resumir el modo en que me planteo mis propios procesos de escritura porque, en realidad, estos no obedecen a una finalidad ni a una metodología concretas. Se van modificando a cada paso, sin ningún tipo de rigor ni disciplina.

 

¿Qué estás escribiendo ahora?

La última vez que contesté a esa pregunta se me torció la novela con la que andaba. Claro que de aquella pequeña tragedia terminó saliendo La existencia de Dios, que creo que es mejor de lo que hubiera sido la que se quedó por el camino. Así que no sé si responderte o no. Por si acaso, permite que sea, por una vez, prudente.